derechos digitales
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#UN75: “En lo sucesivo, la ONU debe seguir proporcionando acceso a través de plataformas virtuales”
En conmemoración del 75º aniversario de la fundación de las Naciones Unidas (ONU), CIVICUS está teniendo conversaciones con activistas, personas defensoras y profesionales de la sociedad civil acerca de los roles que la ONU ha desempeñado hasta ahora, los éxitos que ha conseguido y los desafíos que enfrenta de cara al futuro. CIVICUS conversa con Laura O’Brien, Oficial de Incidencia en la ONU de Access Now, una organización de la sociedad civil que se ha propuesto la misión de defender y extender los derechos digitales de los usuarios en riesgo en todo el mundo. Access Now lucha por los derechos humanos en la era digital mediante una combinación de apoyo técnico directo, labor política integral, incidencia global, apoyo financiero a nivel de base, intervenciones legales y encuentros tales como RightsCon. ¿En qué medida la Carta fundacional de la ONU resulta adecuada en la era de internet?
Durante años la sociedad civil ha animado a la ONU a modernizar sus operaciones para mantener su relevancia en la era digital. En 2020, la ONU se encontró con una dura realidad. La organización internacional se vio obligada a llevar a cabo la mayor parte de su trabajo en línea, al tiempo que intentaba llegar de forma significativa a la comunidad mundial y avanzar en la cooperación internacional en medio de una crisis sanitaria global, el racismo sistémico, el cambio climático y el autoritarismo creciente. Conmemorar el 75º aniversario de la ONU mediante un retorno a su Carta fundacional - un documento centrado en la dignidad inherente al ser humano - no podría ser más crucial.
La Carta de las Naciones Unidas fue redactada mucho antes de que existiera internet. No obstante, su visión global sigue siendo consistente con el carácter universal de internet, que en el mejor de los casos permite crear sociedades del conocimiento sin fronteras basadas en los derechos humanos fundamentales, al tiempo que amplifica la necesidad de reducir los riesgos, no solo por medios soberanos, sino también mediante la cooperación internacional. Guiada por los principios de la Carta de las Naciones Unidas, la Declaración sobre la conmemoración del 75º aniversario de las Naciones Unidas se compromete acertadamente a mejorar la cooperación digital en todo el mundo. A través de este compromiso formal, las Naciones Unidas finalmente prestaron atención al impacto transformador que las tecnologías digitales tienen sobre nuestra vida cotidiana, allanando el camino – o mejor, como lo expresó el Secretario General de las Naciones Unidas, estableciendo una “hoja de ruta” - para guiarnos a través de las promesas y peligros de la era digital.
Si bien los líderes mundiales reconocieron la necesidad de escuchar a “los pueblos”, tal como se recoge en el preámbulo de la Carta de las Naciones Unidas, la sociedad civil continúa recordándoles a esos mismos líderes que deben escuchar más activamente. Dada su misión de ampliar y defender los derechos humanos fundamentales de todos los individuos, la sociedad civil sigue siendo una fuerza clave para avanzar en la rendición de cuentas de todas las partes involucradas y garantizar la transparencia de procesos multilaterales que a menudo son opacos.
¿Qué desafíos ha enfrentado en sus interacciones con el sistema de las Naciones Unidas y cómo los ha manejado?
Comencé a trabajar en mi rol de representación externa, en calidad de Oficial de Incidencia en la ONU de Access Now, pocos meses antes del confinamiento por el COVID-19 aquí en Nueva York. En ese sentido, debí navegar en mi nuevo rol los retos que enfrentaba la sociedad civil en ese momento: ¿cómo asegurarnos de que los actores de la sociedad civil, en toda su diversidad, participen de forma significativa en los debates de las Naciones Unidas a medida que la ONU desplaza sus operaciones al ámbito virtual? En ese momento temíamos que las medidas de excepción utilizadas para luchar contra la pandemia pudieran ser utilizadas para restringir el acceso de la sociedad civil y sus oportunidades de participación en los foros de las Naciones Unidas. De modo que nos movilizamos. Varias organizaciones de la sociedad civil, entre ellas CIVICUS, trabajaron juntas para establecer principios y recomendaciones para la ONU de modo de asegurar la inclusión de la sociedad civil en los debates de la organización durante la pandemia y en lo sucesivo. Esto nos ayudó a trabajar juntas para presentar una posición unificada en relación con la importancia de la participación de las partes interesadas y para recordar a las Naciones Unidas que debía establecer protecciones adecuadas para garantizar plataformas en línea accesibles y suficientes salvaguardas para proteger la seguridad de quienes participan en forma virtual.
¿Qué es lo que actualmente no funciona y debería cambiar? ¿De qué manera está trabajando la sociedad civil para lograr ese cambio?
El año 2020 fue un año de humilde autorreflexión crítica a nivel tanto individual como colectivo. Ahora, más que nunca, el mundo se está dando cuenta de que el modelo estadocéntrico no nos conducirá a un futuro esperanzador. Los problemas que enfrenta una parte del mundo tienen consecuencias para todo el mundo. Las decisiones que tomemos ahora, en particular en lo que respecta a las tecnologías digitales, repercutirán sobre las generaciones futuras. A medida que el mundo se recupere de los acontecimientos de 2020, necesitamos que los líderes mundiales aprovechen las lecciones aprendidas y continúen participando en esta reflexión crítica. La solución de los problemas globales requiere de una acción interdisciplinaria que respete y proteja a personas portadoras de derechos procedentes de entornos diversos e intersectoriales. Sencillamente, no podemos seguir operando ni abordando estas cuestiones desde arriba hacia abajo. De hecho, amenazas tales como la desinformación suelen originarse en la cúspide.
En todo el mundo la sociedad civil se está movilizando al frente de campañas globales que buscan sensibilizarnos acerca de los problemas que enfrentamos actualmente y su repercusión sobre las generaciones futuras, mientras que abogan por la rendición de cuentas en foros nacionales, regionales e internacionales. Desde la condena de los cortes de internet de #KeepItOn hasta el cuestionamiento de la implementación de programas de identidad digital en todo el mundo de #WhyID, estamos trabajando para informar, supervisar, medir y proporcionar recomendaciones de políticas que respeten los derechos, sobre la base de nuestras diversas interacciones con las personas que están en mayor riesgo.
¿Cuáles son, en su opinión, las principales debilidades del actual sistema multilateral global, y qué lecciones pueden extraerse de la pandemia de COVID-19?
El sistema multilateral global debe dejar de funcionar y de abordar los problemas mundiales en forma inconexa. Esto requiere no solamente un multilateralismo mejor conectado en red - en todo el sistema de las Naciones Unidas, tanto en Nueva York como en Ginebra, e incluyendo a las organizaciones regionales y las instituciones financieras, entre otras organizaciones - sino también un abordaje de los problemas mundiales desde una perspectiva más interdisciplinaria. Por ejemplo, las investigaciones disponibles sugieren que más del 90% de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (SDG) se vinculan con los derechos humanos internacionales y el trabajo. Por lo tanto, es necesario proteger los derechos humanos para alcanzar los SDG. ¿Por qué, entonces, los actores internacionales siguen planteando los SDG únicamente en relación con los debates sobre el desarrollo y no en relación con los derechos humanos?
Se pueden extraer de la pandemia muchas lecciones para promover una cooperación internacional más inclusiva. En 2020, las Naciones Unidas tomaron conciencia de los beneficios de la conectividad a internet: llegar a más voces diversas en todo el mundo. Gente que debido a un sinfín de barreras normalmente no puede acceder físicamente a las plataformas de las Naciones Unidas con sede en Ginebra y Nueva York, ahora pudo contribuir significativamente a los debates de las Naciones Unidas vía internet. Sin embargo, al mismo tiempo el funcionamiento en línea también hizo que las Naciones Unidas reconocieran oficialmente el grave impacto que representan los aproximadamente 4.000 millones de personas que siguen desconectadas de internet. Esas personas pueden sufrir discriminación en la red, experimentar diversas barreras debido a las brechas digitales y a la insuficiencia de recursos de alfabetización digital, o permanecer desconectadas a cause de la imposición de cortes selectivos del servicio de internet.
En lo sucesivo, la ONU debe seguir proporcionando acceso a sus debates a través de plataformas virtuales accesibles. Así como la ONU están construida para facilitar las interacciones entre los Estados, el mundo se beneficiaría si hubiera espacios igualmente seguros y abiertos para que la sociedad civil se conecte. Lamentablemente, demasiadas comunidades continúan siendo marginalizadas y vulnerables. La gente a menudo sufre represalias cuando alza la voz y difunde sus historias a través de las fronteras. Nosotros nos esforzamos por crear ese tipo de foro civil abierto con la RightsCon - la principal cumbre mundial sobre derechos humanos en la era digital - y otros eventos similares. En julio de 2020, RightsCon Online reunió a 7.681 participantes de 157 países de todo el mundo en una cumbre virtual. Los organizadores superaron barreras de costos y acceso mediante la puesta en marcha de un Fondo de Conectividad que proporcionó apoyo financiero directo para que los participantes pudieran conectarse y participar en línea. Estas reuniones deben considerarse una parte integral no solo de la gobernanza de internet sino también de la concreción de los tres pilares de las Naciones Unidas - desarrollo, derechos humanos y paz y seguridad - en la era digital. Cuando se lleva a cabo de manera inclusiva y segura, la participación en línea ofrece la oportunidad de ampliar el número y la diversidad de participantes en la plataforma y elimina las barreras y limitaciones de recursos relacionadas con los viajes.
En términos generales, la comunidad internacional debe aprender las lecciones de 2020. Debemos trabajar de manera solidaria para promover una cooperación internacional abierta, inclusiva y significativa a fin de lograr un futuro próspero para todos y todas.
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INNOVACIÓN: “Las estructuras y prácticas usuales de derechos humanos ya no son óptimas ni suficientes”

CIVICUS conversa con Edwin Rekosh, cofundador y socio director de Rights CoLab, sobre los efectos en la sociedad civil del surgimiento de infraestructuras digitales y la importancia de la innovación y los derechos digitales. Rights CoLab es una red multinacional de colaboración que busca desarrollar estrategias audaces para impulsar los derechos humanos en los campos de la sociedad civil, la tecnología, las empresas y las finanzas.
¿Qué hace Rights CoLab?
Rights CoLab produce estrategias experimentales y de colaboración para abordar los desafíos actuales en materia de derechos humanos desde una perspectiva sistémica. En particular, investigamos y facilitamos nuevas formas de organizar el compromiso cívico y de aprovechar los mercados para lograr un cambio transformador.
Vemos en los cambios que están ocurriendo fuera del espacio filantrópico tradicional una oportunidad para impulsar el compromiso cívico. Por ejemplo, nos interesan los modelos organizativos que están surgiendo en el campo de la empresa social, donde pueden generarse ingresos de actividades comerciales para mantener las operaciones. También nos interesa el uso de la tecnología para reducir costos y alcanzar los objetivos de la sociedad civil sin necesidad de una estructura organizativa formal, por ejemplo, a través de una página web o una aplicación. Además, estamos explorando el cambio generacional que está ocurriendo respecto de la forma en que la juventud percibe sus carreras: cada vez son más numerosos los y las jóvenes que buscan una vida laboral que combine objetivos profesionales sin ánimo de lucro y con ánimo de lucro. Creemos que es imperativo desarrollar formas más eficaces de colaboración, especialmente a través de las fronteras, las perspectivas profesionales y los terrenos de experiencia.
Entre los desafíos que tratamos de abordar está el resurgimiento del autoritarismo y la política populista, que ha reforzado el énfasis en la soberanía nacional y la demonización de las organizaciones de la sociedad civil (OSC) locales, percibidas como agentes de valores e intereses extranjeros antagónicos. También tratamos de abordar las cambiantes realidades geopolíticas que están socavando la infraestructura de derechos humanos construida en el último medio siglo, así como los legados a largo plazo de la dinámica de poder colonial. Y queremos desarrollar nuevos enfoques para frenar el impacto negativo sobre los derechos humanos del creciente poder corporativo, especialmente bajo las formas que se han visto agravadas por la pandemia.
¿Qué fue lo que les inspiró a fundar Rights CoLab?
La decisión de fundar Rights CoLab se basó en la comprensión de que el campo de los derechos humanos ha llegado a una etapa de madurez, llena de desafíos que plantean interrogantes respecto de estructuras y prácticas que se han vuelto convencionales, pero que posiblemente hayan dejado de ser óptimas o suficientes.
Yo era un abogado de derechos humanos que había pasado de ejercer el derecho en un gran bufete a trabajar para una organización de derechos humanos en Washington, DC. La experiencia que tuve gestionando un proyecto en Rumanía a principios de los años ‘90 transformó por completo mi forma de ver los derechos humanos y mi rol como abogado estadounidense. Trabajé codo a codo con OSC locales, desempeñando entre bambalinas un rol clave de apoyo e interconexión de la sociedad civil, poniendo a las OSC en contacto entre sí y acercándolas a los recursos, e impulsando la implementación de otras estrategias basadas en la solidaridad.
Poco después, fundé y luego presidí PILnet, una red mundial de abogados de interés público y del sector privado dentro del espacio de la sociedad civil. Más o menos cuando decidí dejar ese rol, me estaba comenzando a enfocar en el cierre del espacio cívico que veía que estaba ocurriendo a mi alrededor, y que afectaba especialmente al trabajo que estábamos haciendo en Rusia y China. Me reconecté con Paul Rissman y Joanne Bauer, los otros dos cofundadores de Rights CoLab, y empezamos a comparar nuestras apreciaciones, preocupaciones e ideas sobre el futuro de los derechos humanos. Los tres creamos Rights CoLab como una forma de continuar la conversación, examinando los desafíos actuales en materia de derechos humanos desde tres perspectivas muy diferentes. Queríamos crear un espacio donde pudiéramos continuar ese diálogo e incluir a otras personas para fomentar la experimentación con nuevos enfoques.
¿En qué medida ha cambiado en los últimos años el terreno de la sociedad civil como consecuencia del surgimiento de infraestructuras digitales?
Ha cambiado muchísimo. Una de las principales consecuencias del surgimiento de la infraestructura digital ha sido la ampliación de la esfera pública en varios sentidos. El papel de los medios de comunicación está menos limitado por las fronteras y hay mucha menos intermediación vía control editorial. Esto representa tanto una oportunidad como una amenaza para los derechos humanos. Los individuos y los grupos pueden influir sobre el discurso público con menos barreras de entrada, pero, por otro lado, la esfera pública ya no es regulada por los gobiernos de forma predecible, lo cual erosiona los mecanismos tradicionales de rendición de cuentas y vuelve difícil garanteizar un terreno de juego parejo para el mercado de las ideas. La tecnología digital también permite que la solidaridad se exprese a través de las fronteras de forma mucho menos restringida por ciertas limitaciones prácticas del pasado. En resumen, aunque el surgimiento de las infraestructuras digitales supone nuevas amenazas para los derechos humanos, las herramientas digitales también ofrecen oportunidades.
¿Cuán centrales para el trabajo de la sociedad civil son los derechos e infraestructuras digitales?
En muchos sentidos, los derechos digitales son secundarios a las estructuras, prácticas y valores de la sociedad civil. La sociedad civil se deriva intrínsecamente del respeto a la dignidad humana, el espíritu creativo de la acción humana y la política de la solidaridad. Los modos en que las personas se organizan para relacionarse con el mundo que les rodea dependen principalmente de valores, capacidades y prácticas orientadas socialmente. La tecnología digital solo proporciona herramientas, las cuales no poseen intrínsecamente ninguna de esas características. En ese sentido, la tecnología digital no es necesaria para la organización de la sociedad civil, ni tampoco es suficiente. Sin embargo, las tecnologías digitales pueden mejorar la organización de la sociedad civil, tanto mediante el aprovechamiento de algunas de las nuevas oportunidades inherentes a la infraestructura digital emergente como mediante el aseguramiento de los derechos digitales que necesitamos para evitar las consecuencias negativas que dicha infraestructura puede tener sobre los derechos humanos.
Estamos esforzándonos por identificar perspectivas de sociedad civil que puedan ayudar a abordar estas cuestiones. Un ejemplo de ello es Chequeado, un medio de comunicación argentino sin fines de lucro que se dedica a verificar el discurso público, contrarrestar la desinformación y promover el acceso a la información en las sociedades latinoamericanas. Chequeado, que toma la forma de una plataforma tecnológica y una aplicación, logró adaptarse rápidamente para responder a la pandemia de COVID-19 desarrollando un tablero de verificación de datos que pudiera disipar la desinformación sobre los orígenes, la transmisión y el tratamiento de la COVID-19, así como combatir la desinformación conducente a la discriminación étnica y al aumento de la desconfianza en la ciencia. Es decir, si bien es esencial comprender los usos potenciales de la tecnología digital, también lo es mantener la atención en ciertos elementos que tienen poco que ver con la tecnología en sí, tales como los valores, la solidaridad y las normas e instituciones basadas en principios.
¿Cómo promueve RightsColab la innovación en la sociedad civil?
Impulsamos la innovación en la sociedad civil en varias dimensiones: en la forma en que se organizan los grupos de la sociedad civil, incluidas sus estructuras básicas y modelos de ingresos; en el modo en que utilizan la tecnología; y en los cambios que necesita el ecosistema de la sociedad civil internacional para mitigar los efectos negativos de las contraproducentes dinámicas de poder procedentes del colonialismo.
Respecto de las dos primeras dimensiones, nos hemos asociado con otros nodos de recursos para crear conjuntamente un mapa geolocalizado de estudios de casos que ilustren la innovación en materia de formas organizativas y modelos de ingresos. Para esta creciente base de datos de ejemplos hemos desarrollado una tipología centrada en las alternativas al modelo tradicional disponibles para los grupos de sociedad civil de base local, es decir, las alternativas a la financiación benéfica transfronteriza. Junto con nuestros aliados, también estamos desarrollando metodologías de formación y estrategias de comunicación que buscan facilitar una mayor experimentación y una más amplia adopción de modelos alternativos para estructurar y financiar las actividades de la sociedad civil.
Nuestro esfuerzo para mejorar el ecosistema de la sociedad civil internacional se basa en un proyecto de cambio sistémico que hemos lanzado bajo el nombre de RINGO (“Reimaginando la ONG internacional”, por sus siglas en inglés). Un punto clave del proyecto RINGO es la intermediación entre las grandes OSC internacionales y los espacios cívicos más locales. La hipótesis es que las OSC internacionales pueden ser una barrera o un factor habilitante de una sociedad civil local más fuerte, y que la forma en que el sistema está organizado ahora -con los roles principales concentrados en el norte y el oeste del planeta- necesita ser replanteada.
RINGO incluye un Laboratorio Social con 50 participantes que representan un espectro amplio de OSC de distintos tipos y tamaños, procedentes de una diversidad de geografías. A lo largo de un proceso de dos años, el Laboratorio Social generará prototipos que podrán ponerse a prueba con la intención de transformar radicalmente el sector y la forma en que organizamos la sociedad civil a nivel global. Esperamos extraer valiosas lecciones de los prototipos que puedan reproducirse o reformularse e implementarse en mayor escala. Ya hay muchas buenas prácticas, pero también hay disfuncionalidades sistémicas que siguen sin ser abordadas. Por eso buscamos prácticas, estructuras y procesos nuevos y más transformadores. Si bien no perseguimos una utopía, sí pretendemos lograr un cambio sistémico. De ahí que el proceso de indagación a través del Laboratorio Social sea vital para profundizar en los problemas de fondo que paralizan el sistema, avanzando más allá de prácticas paliativas y superficialmente atractivas.
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ONLINE CIVIC SPACE: ‘We shouldn’t expect tech giants to solve the problems that they have created’
As part of our 2019 thematic report, we are interviewing civil society activists and leaders about their experiences of backlash from anti-rights groups and their strategies to strengthen progressive narratives and civil society responses. CIVICUS speaks to Marek Tuszynski, co-founder and creative director of Tactical Tech, aBerlin-based international civil society organisation that engages with citizens and civil society to explore the impacts of technologyon society and individual autonomy. Founded in 2003, in a context where optimism about technology prevailed but focus was lacking on what specifically it could do for civil society, Tactical Tech uses its research findings to create practical solutions for citizens and civil society.Some time ago it seemed that the online sphere could offer civil society a new space for debate and action – until it became apparent that online civic space was being restricted too. What kinds of restrictions are you currently seeing online, and what's changed in recent years?
Fifteen years ago, the digital space in a way belonged to the people who were experimenting with it. People were building that space using the available tools, there was a movement towards open source software, and activists were trying build an online space that would empower people to exercise democratic freedoms, and even build democracy from the ground up. But those experimental spaces became gentrified, appropriated, taken over and assimilated into other existing spaces. In that sense, digital space underwent processes very similar to all other spaces that offer alternatives and in which people are able to experiment freely. That space shrank massively, and free spaces were replaced by centralised technology and started to be run as business models.
For most people, including civil society, using the internet means resorting to commercial platforms and systems such as Google and Facebook. The biggest change has been the centralisation of what used to be a distributed system where anybody was able to run their own services. Now we rely on centralised, proprietary and controlled services. And those who initially weren’t very prevalent, like state or corporate entities, are now dominating. The difference is also in the physical aspect, because technology is becoming more and more accessible and way cheaper than it used to be, and a lot of operations that used to require much higher loads of technology have become affordable by a variety of state and non-state entities.
The internet became not just a corporate space, but also a space for politics and confrontation on a much larger scale than it was five or ten years ago. Revelations coming from whistleblowers such as Edward Snowden and scandals such as those with Facebook and Cambridge Analytica are making people much more aware of what this space has become. It is now clear that it is not all about liberation movements and leftist politics, and that there are many groups on the other end of the political spectrum that have become quite savvy in using and abusing technology.
In sum, changes are being driven by both economic and, increasingly, political factors. What makes them inescapable is that technology is everywhere, and it has proliferated so fast that it has become very hard to imagine going back to doing anything without it. It is also very hard, if not impossible, to compartmentalise your life and separate your professional and personal activities, or your political and everyday or mundane activities. From the point of view of technology, you always inhabit the same, single space.
Do people who use the internet for activism rather than, say, to share cat pictures, face different or specific threats online?
Yes, but I would not underestimate the cat pictures, as insignificant as they may seem to people who are using these tools for political or social work. It is the everyday user who defines the space that others use for activism. The way technologies are used by people who use them for entertainment ends up defining them for all of us.
That said, there are indeed people who are much more vulnerable, whose exposure or monitoring can restrict their freedoms and be dangerous for them – not only physically but also psychologically. These people are exposed to potential interceptions and surveillance to find out what are they doing and how, and also face a different kind of threat, in the form of online harassment, which may impact on their lives well beyond their political activities, as people tend to be bullied not only for what they do, but also for what or who they are.
There seems to be a very narrow understanding of what is political. In fact, regardless of whether you consider yourself political, very mundane activities and behaviours can be seen by others as political. So it is not just about what you directly produce in the form of text, speech, or interaction, but also about what can be inferred from these activities. Association with organisations, events, or places may become equally problematic. The same happens with the kind of tools you are using and the times you are using them, whether you are using encryption and why. All these elements that you may not be thinking of may end up defining you as a person who is trying to do something dangerous or politically controversial. And of course, many of the tools that activists use and need, like encryption, are also used by malicious actors, because technology is not intrinsically good or bad, but is defined by its users. You can potentially be targeted as a criminal just for using – for activism, for instance – the same technologies that criminals use.
Who are the ‘vulnerable minorities’ you talk about in your recentreport on digital civic space, and why are they particularly vulnerable online?
Vulnerable minorities are precisely those groups that face greater risks online because of their gender, race or sexual orientation. Women generally are more vulnerable to online harassment, and politically active women even more so. Women journalists, for instance, are subject to more online abuse than male journalists when speaking about controversial issues or voicing opinions. They are targeted because of their gender. This is also the case for civil society organisations (CSOs) focused on women’s rights, which are being targeted both offline and online, including through distributed denial of service (DDoS) attacks, website hacks, leaks of personal information, fabricated news, direct threats and false reports against Facebook content leading to the suspension of their pages. Digital attacks sometimes translate into physical violence, when actors emboldened by the hate speech promoted on online platforms end up posing serious threats not only to people’s voices but also to their lives.
But online spaces can also be safe spaces for these groups. In many places the use of internet and online platforms creates spaces where people can exercise their freedoms of expression and protest. They can come out representing minorities, be it sexual or otherwise, in a way they would not be able to in the physical places where they live, because it would be too dangerous or practically impossible. They are able to exercise these freedoms in online spaces because these spaces are still separate from the places where they live. However, there is a limited understanding of the fact that this does not make these spaces neutral. Information can be leaked, shared, distorted and weaponised, and used to hurt you when you least expect it.
Still, for many minorities, and especially for sexual minorities, social media platforms are the sole place where they can exercise their freedoms, access information and actually be who they are, and say it aloud. At the same time, they technically may retain anonymity but their interests and associations will give away who they are, and this can be used against them. These outlets can create an avenue for people to become political, but that avenue can always be closed down in non-democratic contexts, where those in power can decide to shut down entire services or cut off the internet entirely.
Is this what you mean when you refer to social media as ‘a double-edged sword’? What does this mean for civil society, and how can we take advantage of the good side of social media?
Social media platforms are a very important tool for CSOs. Organisations depend on them to share information, communicate and engage with their supporters, organise events, measure impact and response based on platform analytics, and even raise funds. But the use of these platforms has also raised concerns regarding the harvesting of data, which is analysed and used by the corporations themselves, by third-party companies and by governments.
Over the years, government requests for data from and about social media users have increased, and so have arrests and criminalisation of organisations and activists based on their social media behaviour. So again, what happens online does not stay online – in fact, it sometimes has serious physical repercussions on the safety and well-being of activists and CSO staff. Digital attacks and restrictions affect individuals and their families, and may play a role in decisions on whether to continue to do their work, change tactics, or quit. Online restrictions can also cause a chilling effect on the civil society that is at the forefront of the promotion of human rights and liberties. For these organisations, digital space can be an important catalyst for wider civil political participation in physical spaces, so when it is attacked, restricted, or shrunk, it has repercussions for civic participation in general.
Is there some way that citizens and civil society can put pressure on giant tech companies to do the right thing?
When we talk about big social media actors we think of Facebook, Twitter, Instagram and WhatsApp – three of which are in fact part of Facebook – and we don’t think of Google because it is not seen as social media, even though it is more pervasive, it is everywhere, and it is not even visible as such.
We shouldn’t expect these companies to solve the problems they have created. They are clearly incapable of addressing the problems they cause. One of these problems is online harassment and abuse of the rules. They have no capacity to clean the space of certain activities and if they try to do so, then they will censor any content that resembles something dangerous, even if it isn’t, to not risk being accused of supporting radical views.
We expect tech giants to be accountable and responsible for the problems they create, but that’s not very realistic, and it won’t just happen by itself. When it comes to digital-based repression and the use of surveillance and data collection to impose restrictions, there is a striking lack of accountability. Tech platforms depend on government authorisation to operate, so online platforms and tech companies are slow to react, if they do at all, in the face of accusations of surveillance, hate speech, online harassment and attacks, especially when powerful governments or other political forces are involved.
These companies are not going to do the right thing if they are not encouraged to do so. There are small steps as well as large steps one can take, starting with deciding how and when to use each of these tools, and whether to use them at all. At every step of the way, there are alternatives that you can use to do different things – for one, you can decentralise the way you interact with people and not use one platform for everything.
Of course, that’s not the whole problem, and the solution cannot be based on individual choices alone. A more structural solution would have to take place at the level of policy frameworks, as can be seen in Europe where regulations have been put in place and it is possible to see a framework shaping up for large companies to take more responsibility, and to define who they are benefiting from their access to personal information.
What advice can you offer for activists to use the internet more safely?
We have a set of tools and very basic steps to enable people who don’t want to leave these platforms, who depend on them, to understand what it is that they are doing, what kind of information they leave behind that can be used to identify them and how to avoid putting into the system more information than is strictly necessary. It is important to learn how to browse the internet privately and safely, how to choose the right settings on Google and Facebook and take back control of your data and your activity in these spaces.
People don’t usually understand how much about themselves is online and can be easily found via search engines, and the ways in which by exposing themselves they also expose the people who they work with and the activities they do. When using the internet we reveal where we are, what we are working on, what device we are using, what events we are participating in, what we are interested in, who we are connecting with, the phone providers we use, the visas we apply for, our travel itineraries, the kinds of financial transactions we do and with whom, and so on. To do all kinds of things we are increasingly dependent on more and more interlinked and centralised platforms that share information with one another and with other entities, and we aren’t even aware that they are doing it because they use trackers and cookies, among other things. We are giving away data about ourselves and what we do all the time, not only when we are online, but also when others enter information about us, for instance when travelling.
But there are ways to reduce our data trail, become more secure online and build a healthier relationship with technology. Some basic steps are to delete your activity as it is stored by search engines such as Google and switch to other browsers. You can delete unnecessary apps, switch to alternative apps for messaging, voice and video calls and maps – ideally to some that offer the same services you are used to, but that do not profit from your data – change passwords, declutter your accounts and renovate your social media profiles, separate your accounts to make it more difficult for tech giants to follow your activities, tighten your social media privacy settings, opt for private browsing (but still, be aware that this does not make you anonymous on the web), disable location services on mobile devices and do many other things that will keep you safer online.
Another issue that activists face online is misinformation and disinformation strategies. In that regard, there is a need for new tactics and standards to enable civil society groups, activists, bloggers and journalists to react by verifying information and creating evidence based on solid information. Online space can enable this if we promote investigation as a form of engagement. If we know how to protect ourselves, we can make full use of this space, in which there is still room for many positive things.
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