derechos de las mujeres

 

  • ¡Las defensoras de los derechos de las mujeres deben ser puestas en libertad de inmediato y sin condiciones!

    Dr. Awwad bin Saleh al Awwad

    Presidente de la Comisión de Derechos Humanos de Arabia Saudí

    Estimado Dr. Alawwad:

    Nuestras organizaciones siguen sumamente preocupadas por la detención arbitraria a la que continúan sometidas desde 2018 defensoras de los derechos de las mujeres como Loujain al Hathloul, Nassima al Saddah, Samar Badawi, Nouf Abdelaziz y Miyaa al Zahrani. Varias de ellas sufrieron tortura, violencia sexual y otros malos tratos, sin tener acceso a un recurso efectivo.

    Nuestra preocupación es compartida de forma extensa y sistemática por la comunidad internacional. La alta comisionada de las Naciones Unidas para los derechos humanos ha pedido reiteradamente la libertad de las defensoras de los derechos de las mujeres desde que fueron detenidas a mediados de 2018.[1] En el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, alrededor de 40 Estados de todo el mundo han pedido en reiteradas ocasiones al Reino de Arabia Saudí la libertad inmediata de todas las personas detenidas por ejercer sus derechos fundamentales y, en concreto, por defender los derechos de las mujeres.[2]

    El Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer ha interactuado en reiteradas ocasiones con las autoridades saudíes y ha pedido la libertad de Al Hathloul y de todas las defensoras de los derechos de las mujeres y ha expresado su enorme preocupación por las condiciones de reclusión de Al Hathloul. Al Hathloul está en huelga de hambre como protesta por la privación de su derecho a tener contacto periódico con su familia. El secretario general de la ONU ha expuesto también los casos de detención de Al Hathloul y de Badawi en sus informes anuales sobre cooperación con la ONU.[3]

    Los procedimientos especiales de la ONU, por su parte, han instado en reiteradas ocasiones al Reino a que ponga en libertad a las activistas mediante diversas comunicaciones y comunicados de prensa.[4] Al mismo tiempo que acogieron con satisfacción algunas reformas del sistema de tutela masculina, subrayaron que estos cambios positivos eran consecuencia de años de incansable defensa y esfuerzo de numerosas personas defensoras de los derechos humanos y de los derechos de las mujeres en Arabia Saudí, muchas de las cuales seguían detenidas, cuya libertad inmediata reclamaron.

    Durante el Examen Periódico Universal (EPU) de Arabia Saudí de noviembre de 2018, Arabia Saudí recibió al menos 22 recomendaciones en las que se pidió la libertad de defensores y defensoras de los derechos humanos, defensoras de los derechos de las mujeres incluidas, y que se garantizara un entorno seguro y propicio para que llevaran a cabo su trabajo.

    La Comisión de Derechos Humanos de Arabia Saudí declaró en su informe de marzo de 2020 que “el Reino de Arabia Saudí viene haciendo progresos constantes en cuanto a reformas consecutivas y revisiones de leyes y normativas con vistas al empoderamiento y habilitación de las mujeres”. La libertad inmediata e incondicional de todas las defensoras de los derechos de las mujeres sería una prueba definitiva de la voluntad política del gobierno saudí de mejorar la situación de los derechos humanos.

    Las informaciones de los medios de comunicación sobre la “clemencia” de las autoridades saudíes para quienes defienden los derechos de las mujeres sugieren que estas personas han cometido delitos; sin embargo, reiteramos que están detenidas arbitrariamente debido a su activismo pacífico. Las autoridades saudíes deben poner en libertad inmediata e incondicional a todas las defensoras de los derechos de las mujeres, retirar los cargos formulados contra ellas y poner fin a todos los actos de hostigamiento e intimidación contra sus familiares y a la prohibición de viajar de estos.

    Atentamente,

    1. ACAT-France
    2. ALQST for Human Rights
    3. Americans for Democracy & Human Rights in Bahrain
    4. Amnesty International
    5. Bahrain Institute for Rights and Democracy (BIRD)
    6. CIVICUS
    7. Coalition Tunisienne Contre la Peine de Mort
    8. CODEPINK
    9. Democracy for the Arab World Now (DAWN)
    10. English PEN
    11. Equality Now
    12. European Saudi Organisation for Human Rights
    13. FIDH, in the framework of the Observatory for the Protection of Human Rights Defenders
    14. Freedom Initiative
    15. Gulf Centre for Human Rights
    16. Human Rights Watch
    17. Humanists International
    18. International Service for Human Rights (ISHR)
    19. MENA Rights Group
    20. Nachaz Dissonances
    21. No Peace Without Justice
    22. Organisation against Torture in Tunisia
    23. PEN International
    24. Project on Middle East Democracy (POMED)
    25. Renewal Forum for Citizenship and Progressive Thought- Tunisia
    26. Saudi American Justice Project
    27. Scholars at Risk
    28. The B Team
    29. The Lebanese Council to Resist Violence Against Woman (LECORVAW)
    30. The Tunisian League for Human Rights Defence
    31. Urgent Action Fund for Women's Human Rights
    32. Vigilance for Democracy and the Civic State
    33. Women's March Global
    34. World Organisation Against Torture (OMCT), in the framework of the Observatory for the Protection of Human Rights Defenders

     

    [1] Por ejemplo: en mayo de 2018, julio de 2018, septiembre de 2018, marzo de 2019, febrero de 2020, septiembre de 2020.

    [2] En marzo de 2019 por iniciativa de Islandia, en septiembre de 2019 por iniciativa de Australia, en septiembre de 2020 por iniciativa de Dinamarca, y por Países Bajos en nombre de los países de la BENELUX en junio de 2020.

    [3] En septiembre de 2019 y septiembre de 2020.

    [4] En un comunicado de prensa de junio de 2018 y una comunicación de la misma fecha, un comunicado de prensa de octubre de 2018 y una comunicación de la misma fecha, y en comunicaciones de febrero de 2019, agosto de 2019, septiembre de 2019 y junio de 2020.

     

  • ‘In response to anti-right narratives, we need to support one another in all of our diversity’

    Sahar MoazamiAs part of our 2019thematic report, we are interviewing civil society activists and leaders about their experiences of backlash from anti-rights groups and their strategies to strengthen progressive narratives and civil society responses. CIVICUS speaks to Sahar Moazami, OutRight Action International’s United Nations Program Officer. Sahar is trained as a lawyer specialising in international human rights law. Primarily based in the USA, OutRight has staff in six countries and works alongside LGBTQI people across four continents to defend and advance the human rights of LGBTQI people around the world. Founded in 1990 as the International Gay and Lesbian Human Rights Commission, it changed its name in 2015 to reflect its commitment to advancing the human rights of all LGBTQI people. It is the only LGBTQI civil society organisation with a permanent advocacy presence at the United Nations Headquarters in New York.

    OutRight is unique in that it has a permanent presence at the United Nations (UN). Can you tell us what kind of work you do at the UN, and how this work helps advance the human rights of LGBTQI people around the world?

    OutRight is indeed uniquely placed. We are the only LGBTQI-focused and LGBTQI-led organisation with UN ECOSOC (Economic and Social Council accreditation) status focusing on the UN in New York. Prior to 2015, when we formalised the programme as it exists today, we would do UN work, but with a focus on human rights mechanisms in Geneva and a more ad-hoc participation in New York, such as making submissions on LGBTQI issues to human rights treaty bodies with civil society partners in specific countries or bringing speakers to sessions and interactive dialogues.

    In 2015 we reviewed our strategic plan and realised that we were uniquely placed: we are based in New York, we are the only LGBTQI organisation here with ECOSOC status, there are a number of UN bodies here in New York, and there is a bit of a gap in LGTBQI presence. So we decided to shift our focus, also taking into consideration that we work with a lot of great colleagues overseas, like ILGA (the International Lesbian, Gay, Bisexual, Trans and Intersex Association), which is permanently based and has staff in Geneva, or COC Netherlands, which has easier access than us to Geneva mechanisms. So it made sense, given that we had great colleagues working in Geneva and we were the only ones based here, to try and make sure we were using our resources constructively and thus covering all spaces. As a result, we now focus specifically on the UN in New York, which is quite an interesting landscape.

    While there are 47 states at a time that are actively engaged with the Human Rights Council in Geneva, all states that are UN members have a permanent presence in New York, throughout the year. This creates an opportunity for continuous engagement. We are part of an informal working group, the UN LGBTI Core Group, which includes 28 UN member states, the Office of the High Commissioner for Human Rights, and Human Rights Watch, alongside OutRight Action International. This group provides the space to do LGBTQI advocacy throughout the year and gives us direct access to the 28 member states involved. We work in the UN LGBTI Core Group to identity and take advantage of opportunities for promoting LGBTQI inclusivity and convene events to increase visibility. While we also engage with other states, the Core Group provides a specific space for the work that we do.

    In addition to year-round engagement with member states, there are a number of sessions that are of particular interest: the UN General Assembly, the Commission on the Status of Women (CSW) in March and the High-Level Political Forum on the Sustainable Developments Goals in July. In all of these forums we provide technical guidance to UN member states on using inclusive language in resolutions and outcome documents and we host events with Core Group and non-Core Group member states relevant to topics and themes discussed in these forums, with the aim of increasing LGBTQI visibility and inclusion. Throughout the year we also work on the Security Council, as members of the NGO Working Group on Women, Peace and Security.

    Every December we hold our own flagship programme, in which we support between 30 and 40 activists from all around the world to come and undergo training on UN mechanisms in New York, and take part in numerous meetings with UN officials and bodies, and member states.

    The impact that our work has on people’s lives depends on our ability to leverage the status that we have to open doors. We use the access we have via our ECOSOC status to get our partners into spaces otherwise not available to them and to support them in their advocacy once they are there. So many things happen at the UN that have an impact on our lives, yet it is a system that is difficult to explain. It is easier to show activists the various UN mechanisms, how they work and how activists can use them to further their work.

    Being able to open spaces, bringing information and perspectives into the conversation and then getting the information that we are able to gather back to our partners on the ground so they can use it in their advocacy – that is what I am most proud of in terms of the real impact of our work on people’s lives.

    Over the past decade there have been sizeable advances in recognition of the human rights of LGBTQI people. Have you experienced backlash from anti-rights groups that oppose these gains?

    I think we are seeing significant progress. Over the past year, a number of countries passed or began to implement laws that recognise diverse gender identities and expand the rights of transgender people, remove bans against same-sex relations and recognise equal marriage rights to all people regardless of gender or sexual orientation. At the same time, and maybe in reaction to these gains, we are experiencing backlash. We are witnessing the rise of right-wing nationalism and anti-gender movements targeting gender equality and advocating for the exclusion of LGBTQI people and extreme restrictions on sexual and reproductive health and rights. This has led to a rise in queerphobic, and especially transphobic, rhetoric coming from political actors and, in some cases, attempts to roll back progress made to recognise the diversity of gender identities.

    The CSW is a good example of a space that has undergone regression, particularly regarding the rights of LGBTQI people. What we saw during its latest session, in March 2019, was a very vocal and targeted attack against trans individuals. The anti-gender narrative was present in side events that were hosted by states and civil society groups both at the UN and outside the UN.

    Do you think these groups are part of a new, more aggressive generation of anti-rights groups? Are they different in any way from the conservative groups of the past?

    I wouldn’t say they are so new, and they certainly did not come out of nowhere. Such narratives have been around in national discourse for quite a while. What seems new is the degree to which the right-wing groups promoting them have become emboldened. What has emboldened them the most is that powerful states are using their arguments. This anti-gender narrative has penetrated deeply and is reflected in negotiations and official statements. During the 73rd Session of the UN General Assembly, for example, representatives of the USA attempted to remove the word ‘gender’ from numerous draft resolutions, requesting to replace it with the term ‘woman’. And at the 63rd Session of the CSW, a number of delegations negotiating the official outcome document, including from Bahrain, Malaysia, Russia, Saudi Arabia and the USA, attempted to remove or limit references to gender throughout the document, proposing instead narrow terms reinforcing a gender binary, excluding LGBTQI – and especially trans persons – from the CSW's guidance to states on their gender equality efforts.

    So clearly the anti-rights discourse is not coming from fringe right-wing CSOs or individuals anymore, but from heads of state, government officials and national media platforms, which give it not just airtime, but also credibility. As a result, anti-rights groups feel increasingly free to be more upfront and upright. I don’t know if they are really increasing in popularity or if people who have always held these views are also emboldened by leaders of nations who are using the same rhetoric. Maybe these right-wing populist leaders just opened the door to something that was always there.

    But I think there is one change underway in terms of the kind of groups that promote anti-rights narratives. In the past it was clear that these were all religion-based organisations, but now we are seeing secular and non-secular groups coming together around the narrative of biology. Some of them even identify as feminists and as human rights defenders but are particularly hostile toward trans individuals. Of course, there are some groups that are clearly hijacking feminist concepts and language, attaching them to new interpretations that are clearly forced, but there are also groups that actually consider themselves to be feminists and believe that trans individuals should be expelled from feminist spaces.

    Either hypocritically or out of some sort of conviction, these groups are using feminist language to further their goals. And they are using the same rhetoric against abortion rights and the rights of LGBTQI people. They are well-funded. They have plenty of resources and supporters. Of course, plenty of people stand vocally in support of abortion rights, sexual health and education, and the human rights of LGBTQI people, but what I am trying to emphasise is that the anti-rights forces are mobilising people differently and are able to amplify their message in a way that makes them very dangerous.

    From our perspective, they are mobilising against the rights of certain people – but that is not the way they frame it. They are not explicit in using the human rights framework against certain categories of people. Rather they claim to be upholding principles around, say, the freedom of religion, the rights of children, or women’s rights. They depict the situation as though the rights of some groups would necessarily be sacrificed when the rights of other groups are realised; but this is a false dichotomy. Human rights are universal as well as indivisible.

    How can progressive rights-oriented civil society respond to help resist these advances?

    I think there are different tactics that we could use, and we are already using. There is an argument to be made against responding to things that are said by anti-gender and anti-rights groups. Faced with this challenge, different people would have different responses, and I can only speak from my personal background and for my organisation. I think that these are false narratives and we shouldn’t engage with them. We need to be more proactive. Rather than engaging, we should focus on ensuring that all the work we do is truly collaborative and intersectional, and that we acknowledge each other and support one another in all of our diversity.

    People who really uphold feminist values agree that the root of gender inequality is the social construction of gender roles and norms, and that these constructions produce personal and systemic experiences of stigma, discrimination and violence. Those of us who believe this need to continue mobilising our narratives to fight against structural barriers to equality. The fact that some anti-rights groups are using a bogus feminist rhetoric is no reason to abandon feminism, but rather the opposite – we need to embody the version of feminism that is most inclusive, the one that is truer to its principles. We cannot accept their claim that they speak for all of us. We need to reclaim feminism as our own space and reject the terms of the debate as they are presented to us.

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  • ‘La sociedad civil progresista debe reclamar para sí la defensa de la vida’

    Maria Angelica Penas DefagoEn el marco de nuestroinforme temático 2019, estamos entrevistando a activistas, líderes y expertos de la sociedad civil acerca de sus experiencias y acciones ante el avance de los grupos anti-derechos y sus estrategias para fortalecer las narrativas progresistas y la capacidad de respuesta de la sociedad civil. En esta oportunidad, CIVICUS conversa con María Angélica Peñas Defago, especialista en temas de género, profesora e investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones (CONICET) de Argentina, basada en la Universidad Nacional de Córdoba, y coautora del recienteinforme del Global Philanthropy Project, ‘Conservadurismos religiosos en el escenario global: Amenazas y desafíos para los derechos LGBTI’.

    ¿Piensas que los grupos anti-derechos han aumentado su actividad en los últimos tiempos?

    En primer lugar, habría que definir qué son los últimos tiempos, cuánto para atrás nos remontamos, y en qué contexto nos situamos, porque en América Latina la situación varía de país en país. En el caso de Argentina hemos visto a lo largo del tiempo - y no solamente en el último año, durante el cual se discutió en el Congreso un proyecto de ley de interrupción voluntaria del embarazo –reacciones contra los progresos de la agenda de los derechos de las mujeres y las personas LGBTQI. Si bien es cierto que en los últimos años los grupos anti-derechos se han visibilizado y unido más entre ellos, en gran parte en respuesta a los avances en temas de derechos sexuales y reproductivos conseguidos, hace décadas que están presentes, coaccionando nuestras agendas. En Argentina hace más de 20 años promueven activamente acciones de litigio contra todo intento de política pública de salud sexual y reproductiva o vinculada con esos derechos. En la provincia de Córdoba, donde vivo, estos esfuerzos han sido muy exitosos en las primeras instancias judiciales, pero los fallos favorables a estos grupos acabaron siendo revertidos en instancias superiores de la administración de justicia.

    En lo que se refiere a acciones callejeras, ya ha habido en el pasado reacciones fuertes de estos grupos, incluyendo marchas en todo el país, por ejemplo contra el matrimonio igualitario, que se aprobó en 2010 en Argentina. Los mismos grupos volvieron a manifestarse en contra de la legalización del aborto en 2018. Al mismo tiempo ha habido una nueva embestida contra la educación sexual en las escuelas, una batalla de larga data. La educación sexual fue implementada mediante una ley de 2006 que aún sigue siendo resistida. Durante el debate sobre el aborto los grupos anti-derechos fingieron promover la educación sexual como alternativa al aborto, pero luego de que el proyecto de ley de interrupción voluntaria del embarazo fue rechazado en el Senado volvieron a la carga contra la educación sexual.

    Lo que hay en curso es una rearticulación conservadora y desde esa rearticulación creo que se han vuelto más visibles en el último tiempo. Si bien también han emergido nuevos actores dentro de la sociedad civil, el fenómeno central en el actual contexto sociopolítico es la rearticulación que se está produciendo en los campos político y económico. Esto se observa, por ejemplo, en las alianzas articuladas en Colombia en torno del referéndum de 2016 por el proceso de paz, así como en Brasil, con la elección de Jair Bolsonaro como presidente en 2018.

    En Colombia, durante la campaña conducente al plebiscito, las fuerzas contrarias a los acuerdos aseguraban que si ganaba el ‘sí’ se impondría la llamada ‘ideología de género’; en Brasil se multiplicaron durante la campaña electoral las noticias falsas que decían que el PT promovía la pedofilia e intentaba ‘convertir’ a los niños en homosexuales o transexuales.

    De diferentes maneras, el fenómeno se observa también en Argentina, donde se ha producido una convergencia entre los principales actores de oposición a la agenda progresista, y en particular a la agenda de los derechos sexuales y reproductivos.

    ¿Crees que se trata de grupos puramente reactivos, cuya razón de ser es frenar los avances de la agenda progresista?

    En mi experiencia, efectivamente así es. En mi trabajo he monitoreado algunos congresos de grupos autodenominados ‘pro-vida’ y analizado sus acciones en los espacios regionales y globales, y sobre todo en la Organización de Estados Americanos y las Naciones Unidas, y es evidente que están perdiendo la hegemonía en lo que se refiere a formatos familiares y roles sexuales, y ellos lo saben. Estos grupos están reaccionando frente a lo que perciben como un retroceso. Su reacción está siendo coordinada no solo a través de la agenda temática de los derechos sexuales y reproductivos, sino también a través de una agenda política y económica nacionalista, neoliberal y en algunos casos fascista.

    El fenómeno Bolsonaro es un buen ejemplo de reacción ante una agenda pluralista en materia de moral sexual y derechos sexuales y reproductivos. El avance de esta agenda pluralista funcionó de agente aglutinante para una agenda política conservadora más amplia. En el marco de la reacción contra los progresos en materia de derechos sexuales y reproductivos, otros actores están aprovechando para imponer sus propias agendas conservadoras, por ejemplo en torno del tema migratorio. Hay algunos actores nuevos, sobre todo los que se suman desde otros campos - político, económico, religioso -, pero muchos de los que están adquiriendo mayor visibilidad son los mismos de siempre, que ahora están unificando agendas que solían discurrir en paralelo y de maneras menos coordinadas.

    ¿Cuáles son las tácticas que estos grupos han utilizado para hacer avanzar su agenda?

    El litigio contra los derechos sexuales y reproductivos ha sido una herramienta importante a lo largo de más de tres décadas. En Argentina, estos grupos han litigado, entre otras cosas, contra la administración de contracepción de emergencia y para frenar la aplicación de los protocolos para abortos no punibles. En Argentina el aborto es legal desde 1921 en los casos de violación, inviabilidad del feto, o peligro para la vida o la salud de la mujer; sin embargo, estos sectores han intentado impedir el acceso oportuno y seguro a este derecho.

    Para la parte de la sociedad civil que trabaja en el área de los derechos de las mujeres, estos grupos siempre han estado allí. Pero el litigio, en ocasiones, es bastante silencioso, y posiblemente escapara al conocimiento de la sociedad civil más amplia. Muchas veces todo quedaba en el terreno de la justicia y los servicios de salud. Lo cual no obstaba para que tuviera efectos muy fuertes, porque las decisiones judiciales en materia de salud sexual y reproductiva producen miedos, dudas y parálisis en los prestadores de salud, que son sujetos clave para el acceso a esos derechos.

    La presencia actual de grupos anti-derechos no es novedosa para los grupos feministas y LGBTQI, pero puede que sí lo sea para otros sectores de la sociedad civil, incluidas las organizaciones de derechos humanos, que en el último tiempo los ven actuando más intensamente a través de la ocupación del espacio callejero y la creación de alianzas políticas partidarias, arenas claves de disputa en las democracias contemporáneas. Estos grupos están tratando de resignificar lo público, intentando mostrarse como mayoría, y de este modo están ganando visibilidad pública. En este terreno, una de sus estrategias más exitosas pasa por el uso de mensajes y simbologías coordinados. La campaña ‘Con mis hijos no te metas’, por ejemplo, usa las mismas frases y eslóganes, e incluso los mismos símbolos y colores, no solamente en toda América Latina, sino incluso más allá. Lo hemos visto en Europa del Este, en Italia, en España. Hacen un intenso uso de redes sociales para que estas estrategias y simbologías viajen, sean compartidas y nos lleguen repetidamente desde distintas latitudes.

    Si las posiciones anti-derechos tienen mayor visibilidad es porque los actores que las impulsan, en su mayoría actores religiosos, han un adquirido un protagonismo en el espacio público que hace 20 años no tenían. Las iglesias evangélicas, al igual que las católicas, son plurales y heterogéneas en su conformación. Pero en gran parte de América Latina, diversas iglesias evangélicas de las ramas más conservadoras están liderando los procesos políticos de resistencia a los derechos sexuales y reproductivos, en algunos casos en alianza con las jerarquías católicas y en otros con discrepancias e incluso con rupturas.

    A diferencia del litigio, la estrategia de ocupar la calle requiere de apoyo en grandes números. ¿Piensas que estos grupos están ganando popularidad?

    El fenómeno sociopolítico que han generado estos grupos no es menor. No se trata simplemente de campañas y eslóganes, sino que tienen una inserción profunda en el territorio. Para entender lo que está pasando en el terreno religioso y de la resistencia contra los avances en materia de derechos sexuales y reproductivos es necesario tomar en cuenta el contexto socioeconómico y el modo en que operan estas iglesias a nivel territorial, en conexión con las poblaciones a las que movilizan.

    En Argentina, una sociedad muy movilizada políticamente, la movilización callejera ha sido largamente utilizada por estos grupos, no es una novedad. Lo novedoso es la masividad de la convocatoria. Hace 30 años, o más, estos grupos ya se movilizaban, pero no existían las redes sociales. Los modos de comunicación y convocatoria han cambiado al mismo tiempo que lo ha hecho el campo religioso frente a los avances de los derechos sexuales y reproductivos. Las iglesias evangélicas han crecido en toda la región, y dentro de ellas los que más han crecido han sido los sectores conservadores.

    Por otro lado, creo que entender cómo opera el contexto neoliberal de precarización general de la vida es clave para entender este fenómeno. En el contexto sociopolítico del Estado neoliberal, con la retirada del Estado de sus funciones básicas, muchos actores religiosos han pasado a realizar tareas y a proveer servicios que corresponden al Estado. En algunos sitios, como en los Estados Unidos, la Iglesia Católica lleva décadas prestando servicios a ciertos grupos, por ejemplo a los migrantes, que el Estado no ofrece. En América Latina, es impresionante el rol de las iglesias evangélicas en el terreno de la asistencia y la contención relacionada, por ejemplo, con las adicciones. Los sectores evangélicos están creciendo exponencialmente porque están asistiendo a comunidades que están siendo relegadas por el Estado. Los pastores evangélicos desempeñan roles centrales en las comunidades, están activos en las políticas de asistencia, de adicciones, de salud, de educación, y son centrales a la hora de convocar a la movilización - en parte, además, porque muchos de ellos son miembros de esas comunidades. Viven en los mismos barrios y mantienen vínculos estrechos con las personas que integran sus iglesias.

    De modo que no estamos ante una mera batalla de narrativas. Los discursos que debemos enfrentar están enraizados en las prácticas de las comunidades de base, y muchas de las convocatorias se realizan desde las iglesias. El llamado desde el púlpito es importante, porque para muchas personas que están excluidas la iglesia es indispensable. En países con altísimas tasas de pobreza, para mucha gente la iglesia es el único lugar de pertenencia y amparo que queda cuando tanto el Estado como el mercado la han excluido, y no tienen acceso a trabajo, educación o salud. Más allá del hecho de que la religiosidad sigue siendo un aspecto central de la identidad de muchas personas, la pertenencia y la idea de comunidad no son una cuestión menor en el contexto de la precarización y la individualización extremas que suponen los modelos económicos, políticos, sociales y culturales del neoliberalismo.

    ¿Qué puede ofrecer frente a esto la sociedad civil progresista?

    La sociedad civil progresista tiene mucho para ofrecer, porque se centra en la disputa y la generación de modos de vida vivibles, ricos, plurales, basados en la solidaridad y el apoyo mutuo. No creo que haya una receta única, porque se trata de movimientos muy diversos. Hay movimientos feministas y LGBTQI que trabajan desde el pluralismo religioso, disputando la idea del monopolio de la fe, y son espacios muy ricos de lucha y de pertenencia. Las religiones, todas ellas, tienen espacios plurales, democráticos y horizontales, que muchas organizaciones aprovechan para dar una batalla por los sentidos. Otras organizaciones tienen experticia en la creación de mensajes, y desde allí contribuyen. Pero esta batalla no tiene lugar solamente, ni principalmente, en las redes sociales, ya que no todo el mundo tiene siquiera acceso a internet. La disputa por el sentido es fundamental tanto en las redes sociales como fuera de ellas, como se observa en torno del rótulo ‘pro-vida’ que se auto-imputan muchos grupos anti-derechos. Los grupos de mujeres y LGBTQI que trabajan a nivel de base lo referencian continuamente, con el interrogante: ¿cuánto vale mi vida si no tengo acceso a un trabajo, al reconocimiento de mi identidad, a la protección de mi salud, si la vida que se me ofrece no es una vida digna? La sociedad civil progresista debe reclamar para sí la defensa de la vida, entendida como vida digna, plenamente humana.

    Para ofrecer esta respuesta, la sociedad civil progresista necesita aliarse con otros actores que comparten los valores del pluralismo, la libertad y la igualdad. La agenda feminista plural, inclusiva, no esencialista y decolonial es una buena base sobre la cual articular alianzas con múltiples actores que antes no eran convocados por el feminismo, para poder disputar sentidos no solo en el terreno retórico, sino también en la realidad concreta. El feminismo popular representa un regreso a lo real, a lo que los principios implican para el día a día de la gente. Si hablamos del aborto, por ejemplo, debemos centrarnos en las consecuencias de la legalidad o la ilegalidad de esta práctica sobre la realidad cotidiana de las personas gestantes, de las familias y las comunidades. La religiosidad y la fe son una parte importante de la vida de las personas, y el movimiento feminista, o al menos una buena parte de él, está trabajando desde esa realidad.

    Contáctese con María Angélica través de su perfil deFacebook y encuentre sus trabajos enResearchGate.

     

  • ‘People cannot stay on the sidelines when their rights are being taken away’

    Uma Mishra Newbery1As part of our 2019 thematic report, we are interviewing civil society activists and leaders about their experiences of backlash from anti-rights groups and their strategies to strengthen progressive narratives and civil society responses. CIVICUS speaks toUma Mishra-Newbery, Interim Executive Director of Women’s March Global, a network of chapters and members mobilising to advance women’s rights around the world. Women’s March Global was formed to give continuity to the momentum of theJanuary 2017 mobilisations, when millions of women and allies in the USA and around the world poured out on to the streets to make themselves seen and heard. Its vision is one of a global community in which all women — including black women, indigenous women, poor women, immigrant women, women with disabilities, lesbian, queer and trans women, and women of every religious, non-religious and atheist background — are free and able to exercise their rights and realise their full potential.

    You recently witnessed anti-rights groups in action at the United Nations’ Commission on the Status of Women. Are we seeing a new generation of more aggressive anti-rights groups active at the global level?

    I don’t think this is new. These groups have always been around, always in the background. But there is a massive resurgence of anti-rights groups underway. Following changes in political leadership in some countries, including the USA, they have become more vocal and more deeply involved. And they have become much more strategic and better coordinated. If we look at the funding of these groups, it is coming from very well-established family foundations that are deliberately working to undermine women’s rights. But they are doing it under the disguise of gender equality.

    During the 63rd session of the United Nations (UN) Commission on the Status of Women (CSW), held in March 2019, the Holy See organised a side event under the title ‘Gender Equality and Gender Ideology: Protecting Women and Girls’. On the surface, this could appear as super progressive – they are trying to give the impression that they are promoting women’s rights. But you walk into the event and it’s extremely transphobic, as they outrightly reject the concept of gender identity and insist on biological sex, therefore refusing to consider trans women as women. They claim to know better what it means to be a woman and what all women feel and need, and this brings them to condone violence against trans people and reject sexual and reproductive rights.

    The way these groups have morphed and shifted, I think they have become more deliberate in the ways they show themselves in public. They have also become more sophisticated and are using information and communication technologies, as resistance movements always have, in order to organise and disseminate their views.

    Why do you think they are trying to appear to be progressive and who are they trying to fool?

    One would hope that they were trying to fool the UN, which should filter out hate groups, but truth be told, the UN still lets the National Rifle Association (NRA) keep its ECOSOC (UN Economic and Social Council) status, and the NRA actively lobbies against any trade treaty regulating weapons – weapons that are killing people in the USA at an astonishing rate. The UN should understand that these groups exist to undermine democracy and human rights – but more than ever, the UN has become biased on this issue. At the same time there are grassroots organisations that are being denied accreditation in unprecedented numbers – and these are all organisations working on issues that powerful states don’t want to see brought to the forefront.

    So I don’t think they are trying to fool anybody – at this point, they don’t really need to.

    You mentioned the foundations that support these anti-rights groups. Why are all these foundations providing funding?What is there in it for them?

    We have to look at the web of interests that keep these groups active within these spaces, because there are a lot of political and monetary interests keeping them at the UN and within the CSW space.

    If we look at, say, the Heritage Foundation in a space such as CSW, speaking out against what they call gender ideology, what is their point there? Digging deeper, we find that the Heritage Foundation was funded by the Dick and Betsy DeVos Family Foundation. And Betsy DeVos is currently the Trump administration’s Secretary of Education. She and her family are very deeply embedded within the US government, and they have their own political interests back in Michigan, where they are from. What Betsy DeVos has done in Michigan, essentially destroying the public education framework, is deeply troubling. We need to go through all these layers to understand why these groups exist, how sophisticated they are and why they are so difficult to remove.

    How are these groups affecting progressive civil society, in general, and specifically at forums such as CSW? How do they create disruption?

    We are currently seeing the phenomenon of governments working together to deny women’s rights, as opposed to the situation a few decades back, when collaboration among various development players, including states and their aid agencies, civil society organisations (CSOs) and grassroots groups, led to a widening of these rights.

    These new regressive partnerships are very clear at the UN. While some states continue to challenge sexual violence in conflicts, for instance, you have other member states – including the US government – that have shifted and now threaten to reject anti-rape measures because the language in the documents includes terms and considerations related to sexual and reproductive health. These states are working together to strip women – and not only women – of their rights.

    In this context, progressive CSOs are singled out as the ones speaking up against regressive governments and depicted as if they were the ones trying to undermine democracy. These delegitimising attacks against CSOs open up the space for further attacks. They are a signal for anti-rights groups, which are increasingly emboldened as a result of what their governments are doing. When your government is literally saying ‘we don´t care about women´s sexual and reproductive rights, we don´t care about what women experience as a result of conflicts – conflicts that we finance’, anti-rights groups hearing this know they are being given free rein to exist and act openly in these spaces. It’s exactly the same with white supremacists, in the USA and in other countries around the world. These groups are emboldened by a public discourse that gives a green light for fascists, racists and white supremacists to step forward. And this is exactly what they are doing by entering civil society space.

    As well as being emboldened by governments that promote their ideas, do you think anti-rights groups are also emboldened because they are becoming more popular among the public? If so, why do you think their narratives are resonating with citizens?

    They are possibly becoming more popular too – what once seemed like fringe ideas, or too politically incorrect positions to state aloud, are now becoming mainstream.

    As for why this is happening, at the risk of sounding like a ridiculous cliché, I think it is because it is easier for people to hate than to love. When we talk about human rights what we are saying is that, at a very basic level, every single person on this planet should have the same human rights. This is a message that everyone should be able to step behind. But of course, many of those who have held power for hundreds of years and benefited from patriarchy and white supremacy are going to try to defend what they see as their right to continue exercising that power. This includes governments as well as anti-rights non-state groups.

    This was apparent at that panel organised by the Holy See at CSW. The Holy See is an active, very vocal state at the UN. We reported live on their event on Twitter, and you cannot imagine the way we were trolled online. Anti-rights groups accused us of promoting trans rights over women’s rights. But we are an intersectional organisation: we understand that forms of oppression are interconnected, and so by fighting for trans women’s rights we are fighting for all women’s rights, in the same way as by fighting for women’s rights we are fighting for the rights of all people. Because the fight for the most marginalised is a fight for us all. But how can you explain this to people who have had their rights so protected, who have lived in such privilege for so long?

    Is there something that progressive civil society could learn from the ways anti-right groups are pushing their narratives?

    We definitely need to be able to work together towards a common purpose the way they do, and use social media for progressive purposes as cleverly as they are using them to undermine human rights. In many countries, Facebook is undermining democracy. In Myanmar, the genocide of the Rohingya people was incited on Facebook, and how long did it take Facebook to ban Myanmar’s military? In New Zealand, the Christchurch shooter tried to spread footage of the shooting live on Facebook, and how long did it take for Facebook to take it down?

    As civil society, we know that if we don’t actively use the tools that are being used by other groups and governments to undermine human rights, then we are failing. We have to work in a coordinated way, in coalitions. In the past, CSOs have tended to compete for funding – we need to really get better at sharing resources, being collaborative and bringing our strengths to the table.

    We are trying to move in that direction. Recently, we worked in Cameroon with one of our strategic partners, the Women’s International League for Peace and Freedom, on social media training for peace. In this case, we focused on enabling social media campaigns to promote voting for politicians who support women’s rights and human rights.

    For our Free Saudi Women Coalition we have partnerships with six other CSOs, CIVICUS included, and we work actively as a coalition. The wins that we have had have been the result of working together. For instance, in mid-2018 the government of Iceland obtained, for the first time ever, a seat on the UN Human Rights Council, and went on to lead a joint initiative that publicly called on Saudi Arabia to improve its human rights situation. The joint statement that Iceland delivered on behalf of 36 states was a direct result of behind-the-scenes advocacy by a civil society coalition.

    What do you think progressive civil society needs to keep up the fight?

    I think that people need to understand that CSOs have always been on the ground, that they have always worked at the very grassroots level to hold governments accountable and to push forward human rights agendas. People need to know that 90 per cent of the time there is a high level of coordination that goes on behind the scenes and that CSOs are furiously working to push forward. But many people don’t see all the behind-the-scenes work. And in a lot of places, we cannot be very explicit and provide too many details about our advocacy work, because for security reasons we cannot reveal the names of activists or journalists.

    People need to understand that, in the fight for human rights, grassroots activists and organisations, as well as bigger CSOs, are doing really important and necessary work and more than ever need real support from them. We need people to get invested at the grassroots level. People cannot stay on the sidelines when their rights are being taken away. If your government is taking away your rights, you need to get involved before it’s too late. If you live in a free and stable democracy you have a duty to use your voice and speak up on the human rights abuses happening around the world. This work needs all of us at the table.

    Get in touch with Women’s March Global through itswebsite and Facebook page, or follow@WM_Global and@umajmishra on Twitter.

     

  • ‘People have power, even if they don’t usually feel like they do’

    Ahead of the publication of the 2018 State of Civil Society Report on the theme of ‘Reimagining Democracy’, we are interviewing civil society activists and leaders about their work to promote democratic practices and principles, the challenges they encounter and the victories they score in doing so. CIVICUS speaks to Linda Kavanagh, spokesperson of the Abortion Rights Campaign, in the aftermath of the historic vote that repealed the eighth amendment of Ireland’s Constitution. Passed in 1983, this constitutional amendment recognised equal rights to life to an ‘unborn’ and a pregnant woman, banning abortion under any circumstances.

    See also our interview with Ivana Bacik, Irish Senator and campaigner for abortion rights.

    1. The vote in favour of repealing the eighth amendment of the Irish Constitution exceeded 66 per cent. Did you see it coming?

    We had lots of surprises – we certainly never saw 66 per cent coming. We thought it would be hard win, slightly over 50, 55 per cent at the most. We also thought that the people who were not really engaged would just stay home and not make what they surely considered a tough choice. But with close to 70 per cent, turnout was the third highest ever for a referendum.

    Just so it is clear, it wasn’t our choice to go to a referendum, and I would never recommend it if it can be avoided. It is really tough, and while we won, it was a hard win, as people had to expose themselves and their stories. It was also expensive. But it was the only way to do this, as the amendment was in the Constitution.

    2. What was the state of public opinion when the process started?

    It is not easy to put a date to the beginning of the process. For my organisation, the Abortion Rights Campaign, it began in 2012. We started work in reaction to two major incidents around abortion rights that took place in Ireland in 2012. In the summer of that year, Youth Defence, a very militant anti-choice organisation, put up billboards all around Dublin, saying that abortion hurt women, stigmatising women who had had abortions, and saying lots of things that weren’t true. The protests that took place in reaction to this campaign were the biggest pro-choice demonstrations in a long time. This time, we were also organising online, on Facebook and Twitter, and this made it easier to get information out, so the protests were quite large. The first March for Choice, held in September 2012, gathered a couple of thousand people, which was no small feat at the time. It was the biggest in about a decade.

    A month later, Savita Halappanavar died. Savita was pregnant and died because she was refused an abortion. She had been told she was going to have a miscarriage and there was a risk of infection but, according to the law, doctors were not allowed to intervene until her life was at imminent risk. This was a real wake-up call and put us under the global spotlight. Soon afterwards, in January 2013, the Abortion Rights Campaign began its work.

    But none of this happened out of the blue; it was the result of decades of activism. And of course, the Abortion Rights Campaign was just one among many groups rallying for repeal. But Savita’s death was a turning point: many young people started their journey when it happened. From then on, the Marches for Choice got bigger and bigger every year and at some point, we figured out that we had to call a referendum to repeal the eighth amendment and push for political change. We had been agitating for a while, marching in the streets and getting bigger and stronger, and in the meantime, other terrible things that happened strengthened the view that change was necessary, including a horrific court case involving a young brain-dead woman kept on life support against her family’s wishes because she was 16 weeks pregnant.

    3. How did you manage to shift public opinion towards repeal?

    In early 2016 Amnesty International commissioned a poll that showed overwhelming support for change, with a breakdown of where people stood regarding different causes for legal abortion, including incest, rape, risk to the woman’s health and foetal abnormality. A little under 40 per cent were in favour of allowing women to access abortion as they choose, while about 40 per cent were in favour of allowing it only under very restrictive circumstances. Going in, we estimated we were looking at a maximum of 45 per cent of support.

    So we started with a strong, solid base of 40-plus per cent, and we knew the other side had a solid 10 to 20 per cent. There were lots of people, another 40 per cent, who were in doubt, unsure of where they stood. These were the people who could tip the scale, so we had to go talk to them. The common thinking is that people who are unsure will stick to the status quo because that’s what they know. But we knew that when people get the facts, when they get to listen to the evidence, they tend to come to a more pro-choice position. We knew this because that is exactly what happened to each of us, personally: we heard about the issue, thought about it, said ‘well, actually that’s really unfair, let’s work on it’. That’s also what we saw happen at the Citizen’s Assembly and again at the Joint Parliamentary Committee. We saw this time and again and knew it was just a matter of letting people have these conversations. We knew there was a big swathe of people that needed to be persuaded one way or the other, so this was a big part of our strategy: to encourage conversation and bring the tools so they could take place.

    As activism grew and marches got bigger, we figured out a couple of things. One was that there was an increasing sentiment for change: no matter how you felt about abortion, there was a growing sense that the status quo was not helping women. Our abortion policies had drawn criticism from international human rights bodies. This just couldn’t go on – so at some point we needed to start talking to politicians to make sure they understood that they couldn’t brush the issue under the carpet anymore.

    So we decided to make abortion a red-line issue in the 2016 general elections – that is, a key issue that politicians would be asked about daily as they knocked on our doors to ask for our votes. And we gave people the language to talk to their politicians about the issue. We knew that if they encountered the issue once and again when they were canvassing, they would pay attention. We did this in a number of ways: we had civic engagement training sessions where we would give people information about how referendums work, how the law works, what it says about the issue, what we can do and what our position regarding free, safe and legal abortion is. And it worked! We succeeded in forcing the issue into the agenda.

    The other thing we realised is that, if and when this came to a referendum, it couldn’t just be a Dublin-based campaign – we had to go national. So we worked very hard to set up regional groups in every county around Ireland. By the time the referendum came, there was a pro-choice group in every county. And those groups went on to form canvassing groups that would hold their own events and talk to their politicians.

    4. What role did the media play in the process? How did you work with both traditional and social media?

    From my perspective, a key takeaway from the process is that it is vital to use social media to create a space so people can have a nuanced discussion about these issues.

    With traditional media, our hands were tied, because when it comes to controversial issues, they are required to provide ‘balanced coverage’. According to a 1995 Supreme Court ruling, it is unconstitutional for the government to spend taxpayers’ money to provide arguments for only one side in a referendum. As a result, any broadcaster that receives state funding must allocate equal airtime to both sides. So, if you talk on TV about how you had an abortion, or you say you are pro-choice, the opposite view has to be given space as well. Even if someone was telling their actual story of needing an abortion and having to travel to the UK, saying exactly what had happened to them, rather than preaching about right or wrong, there would be someone who would be called in to ‘balance’ that. And the rule was interpreted very broadly, so it applied not just during the referendum campaign but also for years before that. It was very stifling.

    In other words, traditional media were a massive block to people’s education. You normally look to the media to educate yourself on an issue, but it is not educational to constantly pitch ideas against each other, especially on an issue as complex and nuanced as abortion can be. So we had to bypass the mainstream media to get to the people. Fortunately, we exist in the time of social media, and we put a lot of effort into it and gave people the language and the nuance to talk about these things. We were used to hearing discussions about the morality of abortion where it was either right or wrong: there was no middle ground for people who were not that comfortable with it but thought the status quo was bad, and there was no room to talk about it.

    We advocate for free, safe and legal abortion for anyone who wants or needs one, no questions asked, because we know it’s the gold standard and believe that women having choice and control over their own lives is a good thing. But we didn’t want to impose this on people. Rather we wanted to give people the language to talk about it, allowing them to ask more questions, to find out what they were ready to accept and how far they were ready to go. This really worked. There has been so much discussion about the dark web, bots, trolls and possible interference with the campaign – but there were hundreds of pro-choice Twitter accounts and Facebook profiles set by hundreds of pro-choice individuals, and we had tools to protect the space we had created where these discussions were taking place. For instance, a group of volunteers created Repeal Shield, which was basically a public list of bots and troll accounts. When a user flagged an account by messaging @repeal_shield, a volunteer would investigate, and if the account met the criteria of being a bot or troll, it would be added to the list. As a result, people could keep having a conversation without interference.

    One big takeaway from this is that people have power. They usually don’t feel like they do, but what they do matters. Someone clicking ‘like’ on your page because they really like it means so much more than paid advertising. People don’t realise that, but when it comes to something that needs to be shared by many people or otherwise won’t be visible at all, this gives everyone a bit of power. Of course, there’s a lot more to activism than clicking ‘like’ on a Facebook post, but every little thing adds up.

    We are always told that there we are an echo chamber, that we only talk with people who already think alike, but it turned out that we weren’t doing this at all. We got 66 per cent of the vote. That was not an echo chamber. That was reality.

    Traditional media and politicians were slower to catch up to this, so we carved our own way. I am not saying this is the way to go for every activist group around the world. For one, Ireland has very good internet coverage, most people have access to it, and we have high user rates of Twitter and Instagram. This is not the case everywhere. But we used the tools we had, and it worked for us.

    5. What other tactics did you use?

    We gave people the language and an understanding of the political process, and that didn’t happen on social media; it happened on the ground. We would talk to people and they would bring the issue to their doorsteps. The Abortion Rights Campaign is a grassroots organisation, and what we did best was give people those tools so that they could then use them themselves. For years we had stalls every second week so people would come, have a chat, get information, take a leaflet. We had monthly meetings so people would learn about the organisation and how they could join, and sometimes we had somebody bring in a different perspective, such as a migrant or somebody from Direct Provision, a terrible institution for asylum seekers. We also developed training activities for marginalised groups about abortion in a wider reproductive context.

    Other groups would lobby politicians. We are now probably going to do so, but at the time the grassroots campaign was our main concern. We also did advocacy at both the national and international levels, including submissions to various United Nations bodies. And we maintained links with Irish groups in other countries, because the Irish diaspora is very focused on this issue. We also had connections with other organisations that didn’t have a direct pro-choice mandate but might support a repeal stance, such as migrants’ rights groups, disability groups and others.

    Beyond women’s rights organisations, we got the support of international human rights organisations, including Amnesty International, which meant a lot because everyone knows who they are, as well as some migrants’ rights organisations. An awful lot of the charity organisations in Ireland would have a nun or a priest on their board, so they would not take a stand on this issue. But a lot did, and we got a lot of support. More than a hundred organisations eventually signed up.

    And of course, we sold t-shirts, repeal jumpers, so we gave people visibility. People became visibly pro-choice. You knew somebody was on your side when you saw them. You felt supported on a decision that maybe once you took and never told anybody about. Now you knew there was a visible crowd of people who supported you.

    6. What was the tone of the debate?

    A lot of it was about the moralities of abortion. Many people would say ‘I believe that life begins at conception; I believe you are taking a human life’ – and that’s okay, it’s people’s beliefs. But there were also lots of arguments that were brought in that were disprovable, greatly exaggerated, or not responding to the reality of what people were going through. Abortion is a contentious issue and there are indeed conversations to be had around disabilities and the like. But people were saying things like: ‘99 per cent of the people who get a diagnosis of Down’s Syndrome will abort’. And may be true in certain contexts, but not necessarily here. And in any case, that says more about our attitudes towards people with disabilities than it does about abortion.

    While some of it was about people’s deeply held beliefs, there were also lies, exaggerations and a deliberate misuse of stats. Some really nasty stuff happened: a huge amount of graphic images were used and are still out there. I absolutely do not think that every ‘no’ voter is a terrible person - people have their beliefs and their struggles - but I do think the anti-choice campaign made it quite nasty. It never got as bad as we had expected, but it was still hard.

    7. For things to happen, changing the Constitution seems to be just a first - big - step. What work remains to be done, and what will be the role of the Abortion Rights Campaign?

    When the eighth amendment was repealed, legislation about abortion had already been put on the table. It wasn’t fully spelled out, but it provided broad strokes of legislation coming from the recommendations of the Citizens’ Assembly and the Joint Parliamentary Committee. As a result, people knew going in what they were voting for: 12-week access with no restrictions as to reason, and longer if a woman’s life or health is in danger or in case of severe foetal abnormalities. There are discussions about mandatory wait periods and this kind of thing, and we are not that happy about those, but part of our work is to have discussions about that.

    The legislation will be debated in the autumn and we expect it to be brought forward at the beginning of 2019. In the meantime, our job is to keep the pressure on to make sure that the legislation includes the right language and that people who continue to travel or take pills are taken care of. The Abortion Rights Campaign has a broader mandate. We have a mandate to seek the establishment of free, safe and legal abortion, but we also have a longer-term mandate aimed at de-stigmatising abortion. We’ve taken huge steps towards that because we’ve had this national conversation and it’s not possible to avoid the issue any more, but we still have a long way to go.

    It’s been more than a month since the referendum, and we are already strategising about what we want and how we see our role moving forward, in forcing legislation through and making sure people don’t fall through the cracks. Are people still having to travel to the UK? What improvements can be made? We need to make sure our legislation is good enough, that it allows people to get access. All along, part of the ban on abortion was also a ban on information about abortion, and most of all about how to get one. You were basically left to your own devices to go sort yourself out in the UK, and there were rogue pregnancy agencies giving terrible advice and purposefully delaying women seeking abortions. So a big part of what will come in the future will be making sure that doctors can actually take care of their patients. We take it that conscientious objection is going to come into play and need to make sure that it does not undo any of the good that we have achieved.

    Civic space in Ireland is rated as ‘open’ by theCIVICUS Monitor.

    Get in touch with the Abortion Rights Campaign through itswebsite orFacebook page, or follow@freesafelegal on Twitter.

     

  • ‘Threats to women’s and LGBTI rights are threats to democracy; any retrogression is unacceptable’

    Recent years have seen an apparently growing tendency for anti-rights groups to seek to claim the space for civil society, including at the intergovernmental level. CIVICUS speaks about it with Gillian Kane,asenior policy advisor for Ipas, a global women’s reproductive health and rights organisation.Founded in 1973, Ipas is dedicated to ending preventable deaths and disabilities from unsafe abortion. Through local, national and international partnerships, Ipas works to ensure that women can obtain safe, respectful and comprehensive abortion care, including counselling and contraception to prevent future unintended pregnancies.

    1. Do you observe any progress on sexual and reproductive rights in the Americas? What are the main challenges looking ahead?

    Ipas has robust programmes in Latin America, and we have definitely seen progress on legislation that increases women’s and girls’ access to safe and legal abortions, including in Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Uruguay and Mexico City. Still, according to the Guttmacher Institute, a research and policy organisation, more than 97 per cent of women of childbearing age in the region live in countries where abortion is restricted or completely banned. A woman who lives in restrictive settings and wants an abortion will have to do so under illegal conditions and at great risk to not just her health, but also her security. Women who have abortions are vulnerable to harassment, intimidation, arrest, prosecution and even jail time.

    We also see that restrictive abortion laws are damaging the provider-patient confidentiality relationship. A study by Ipas and the Georgetown Law School’s O’Neill Institute found that an alarming number of medical staff across Latin America are reporting women and girls to the police for having abortions. Many countries now require, protect or encourage medical providers to breach their confidentiality duties when they treat women seeking post-abortion care.

    1. Are we facing a democratic regression at the global level? Do you think women are being targeted?

    We are indeed facing a democratic regression, and I do think women are being targeted, both which are incredibly alarming. With the United States leading, we’re seeing the rapid degradation of the political and legal infrastructure that is designed to promote and protect the interests of citizens. For example, you see this in attacks against the Istanbul Convention, which is intended combat violence against women. You would think this would be uncontroversial. Yet, there are right-wing groups like the Alliance Defending Freedom (ADF) objecting to the Convention, claiming that it takes away parental rights and that it promotes gender as social construct, and not as a binary biological truth, as they see it. This is also happening in international spaces. This year at the United Nations’ Commission on the Status of Women, the US State Departmentappointed two extremists to represent it. One was an executive leader of a known LGBTI-hate group, and the other was from an organisation that has advocated for the repeal of legislation that prevents violence against women. And at the country level, for example in Brazil, conservative leaders are downgrading the power of ministries that promote equal rights for women and black communities.

    But it’s not all doom and gloom. Women are responding forcefully. Poland provides an amazing example of women organising and effecting change. In late 2016 thousands of women and men crowded the major cities of Warsaw and Gdansk to join the ‘Black Monday’ march, to protest against a proposed law banning abortions. The full ban wasn’t enacted, which was a huge victory. And of course, the women’s marches and the #MeToo movement are incredible, and global.

    1. Not many people in Latin America have ever heard of the Alliance Defending Freedom. How is this organisation surreptitiously changing the political conversation in the region?

    ADF is a legal organisation. It was founded in 1994 by a group of white, male, hard-right conservative evangelical Christians. It was designed to be the conservative counterpoint to the American Civil Liberties Union (ACLU), which they saw as out to squash their religious liberties. They are huge, and have a global reach, which they say is dedicated to transforming the legal system through Christian witness. To that end they litigate and legislate on issues linked to the freedoms of expression and religion.

    I wouldn’t say that their actions are surreptitious; they’re not deliberately trying to fly under the radar. They are intervening in spaces that don’t necessarily get a lot of news coverage, such as the Organization of American States (OAS). But in recent years they have definitely increased their activism both at the regional and country level in Latin America. In terms of the conversation, what they are doing is reframing rights issues to use religion as a sword, rather than a shield. Right now they are litigating, in the United States Supreme Court, the case of a baker who refused to make a wedding cake for a gay couple. As my colleague Cole Parke has explained, they are corrupting religious freedom. They are claiming it is legal to discriminate against a gay couple because of religious beliefs: that religion trumps all other rights. They are doing the same with conscientious objection: they have supported a midwife in Sweden who has refused to provide abortion as required by law. The list goes on.

    1. What strategies have anti-rights groups used, and what accounts for their success in international forums?

    As I have explained in a recent op-ed, in international forums these groups express concern for the wellbeing of children, who they claim are being indoctrinated by permissive governments in the immoral principles of ‘gender ideology’. Of course there is no such thing as a gender ideology, and much less governments forcing children to learn inappropriate material. The wellbeing of children is being used as a cover to disable efforts to enforce rights and protections for girls, women and LGBTI people.

    The 2013 General Assembly of the OAS, held in Guatemala, witnessed the first coordinated movement agitating against reproductive and LGBTI rights. This was, not coincidentally, also the year when the OAS approved the Inter-American Convention against all forms of discrimination and intolerance, which included protections for LGBTI people.

    At the 2014 OAS General Assembly in Paraguay, these groups advanced further and instead of only being reactive, began proposing human rights resolutions in an attempt to create new policies that they claimed were rights-based, but were in fact an attempt to take rights away from specific groups. For instance, they proposed a ‘family policy’ that would protect life from conception, in order to prevent access to abortion.

    From then on, their profile increased with each subsequent assembly, in the same measure that their civility declined. At the 2016 General Assembly in the Dominican Republic, they even harassed and intimidated trans women attending the event as they entered women’s restrooms. As a result, the annual assembly of the OAS, the regional body responsible for promoting and protecting human rights and democracy in the western hemisphere, turned into a vulgar display of transphobic hate.

    1. Should progressive civil society be concerned with the advances made by these groups in global and regional forums? What should we be doing about it?

    Progressive civil society should definitely be concerned. Constant vigilance is needed. There are many ways to respond, but being informed, sharing information and building coalitions is key. I would also recommend that progressive movements think broadly about their issues. Consider how groups like ADF have managed to attack several rights, including abortion, LGBTI and youth rights, using one frame, religion. We need to be equally broad, but anchored, I would argue, in secularism, science and human rights. We started the conversation talking about democracy, and this is where we should end. We need to show how threats to specific rights for women and LGBTI people are threats to democracy. Any retrogression is unacceptable.

    Get in touch with Ipas through theirwebsite or theirFacebook page, or follow @IpasLatina and @IpasOrg on Twitter.

     

  • #BEIJING25: ‘Nos indignamos ante la discriminación y transformamos nuestros reclamos en acciones’

    En vísperas del 25º aniversario de laPlataforma de Acción de Beijing, que se cumple en septiembre de 2020, CIVICUS está entrevistando a activistas, líderes y expertas de la sociedad civil para evaluar los progresos conseguidos y los desafíos que aún debemos sortear. Adoptada en 1995 en laCuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer de las Naciones Unidas (ONU), la Plataforma de Acción de Beijing persigue los objetivos de eliminar la violencia contra las mujeres (VCM), garantizar el acceso a la planificación familiar y la salud reproductiva, eliminar las barreras para la participación de las mujeres en la toma de decisiones, y proporcionar empleo decente e igual remuneración por igual trabajo. Veinticinco años más tarde, se han producido progresos significativos pero desparejos, en gran medida como resultado de los esfuerzos incesantes de la sociedad civil, pero ningún país ha logrado todavía la igualdad de género.

    CIVICUS conversa con Viviana Krsticevic, Directora Ejecutiva del Centro por la Justicia y el Derecho Internacional (CEJIL) e integrante del Secretariado de la campaña Gqual, una iniciativa global que busca promover la paridad de género en la composición de los organismos internacionales.

    viviana Krsticevic

    ¿Cuánto de la promesa contenida en la Plataforma de Acción de Beijing se ha traducido en mejoras concretas?

    Todavía nos falta mucho para garantizar que las mujeres podamos vivir con autonomía sin el lastre de la discriminación. Claramente, hay disparidades y afectaciones entre las mujeres por la edad, la situación económica, el color de la piel, la etnicidad, la calidad de migrantes o campesinas y muchas otras situaciones que definen parte de nuestra experiencia. Las cifras a nivel global de disparidades en la educación, el acceso a la salud, a la propiedad y los puestos de poder evidencian la enorme desventaja en la que estamos las mujeres en la mayor parte de las sociedades y los pesos diferenciados de la desigualdad. Por ejemplo, según datos de ONU Mujeres actualizados al primer semestre de 2020, a nivel mundial solo el 6,6% de las jefaturas de gobierno son ocupadas por mujeres, así como el 20,7% de los cargos ministeriales; asimismo, las mujeres ocupan el 24,9% de las bancas parlamentarias. La subrepresentación de mujeres también se ve reflejada en otros ámbitos, tales como el acceso a la educación: a nivel global, el 48,1% de las niñas no se encuentran escolarizadas. También se observa en el terreno laboral, ya que las mujeres perciben un 23% menos de ingresos económicos que los hombres. Lo mismo puede decirse de la prevalencia de la violencia de género: la Oficina de la ONU contra la Droga y el Delito estima que 87.000 mujeres fueron víctimas de femicidios en todo el mundo en 2017, y que más de la mitad –50.000, es decir el 58%- fueron asesinadas por sus parejas o miembros de sus familias.

    Es decir, falta mucho por andar, pero hemos avanzado significativamente en los 25 años transcurridos desde la Conferencia de Beijing. Algunos ejemplos importantes son las conquistas, en las leyes y en la calle, en rechazo de la violencia machista y al feminicidio, el reconocimiento de las afectaciones diferenciadas de la violencia que afecta a las mujeres afrodescendientes, las modificaciones en las políticas para enfrentar la mortalidad materna, los avances en el acceso a los puestos de gobierno o legislativos, la revisión del valor de las tareas de cuidado y el desarrollo de marcos legales para el hostigamiento laboral, entre otras.

    En parte, estos avances fueron posibles gracias a las sinergias entre los procesos nacionales de cambio y los procesos internacionales de elaboración de metas y reconocimiento de derechos. En este sentido, el objetivo de desarrollo sustentable (ODS5) sobre la igualdad de las mujeres, pactado a nivel mundial en el ámbito de la ONU, es una de las herramientas clave para lograr el respeto de la autonomía individual y del desarrollo colectivo de la comunidad. Acompañando esta meta consensuada por los gobiernos, hay una serie de espacios institucionales que promueven su avance en los niveles internacional y regional.

    A ello se suma el hecho de que muchas mujeres de diversos sectores, en América Latina y en el mundo, nos indignamos ante la discriminación y la violencia estructural y transformamos nuestros reclamos en acciones. Ejemplos de ello han sido las iniciativas de #NiUnaMenos, #SayHerName y #LasTesis, entre muchas otras. El análisis, la protesta y la propuesta son claves para asegurar la superación de las estructuras discriminatorias.

    ¿Por qué es importante la paridad de género en la representación, y cuál es la situación en las instituciones internacionales? 

    Uno de los argumentos más significativos de las mujeres y otros movimientos en búsqueda de representación es el de la igualdad, ya que muchas veces la ausencia de las mujeres de los sitios de toma de decisiones no es el resultado de una decisión propia sino el efecto de los techos de cristal, las discriminaciones implícitas y la segmentación de los mercados de trabajo, entre otros factores. A ello se suma el argumento del impacto de la participación igualitaria en la riqueza de los debates, la innovación y la debida diligencia en la toma de decisiones, la legitimidad y la sostenibilidad de ciertos procesos, entre otros posibles efectos benéficos de la inclusión de las mujeres en los espacios de toma de decisiones. En este mismo espíritu, varias convenciones internacionales innovadoras han incluido cláusulas para promover la representación y la igualdad de género. La Resolución 1325 de la Asamblea General de la ONU sobre paz y seguridad también incluye lenguaje sobre la necesidad de la participación de las mujeres en los procesos de paz.

    Este reconocimiento contrasta con la limitada participación de las mujeres en espacios de tomas de decisiones, tanto a nivel nacional como internacional. De hecho, las normas y los mecanismos instaurados en la mayor parte de dichos espacios no aseguran la participación de las mujeres en condiciones de igualdad ni la representación paritaria.

    En el ámbito internacional, en los espacios que deciden sobre la guerra y la paz, el curso del derecho penal internacional, el alcance de los derechos humanos, el derecho económico, el derecho ambiental y muchas otras cuestiones clave, las mujeres están subrepresentadas a niveles insólitos. Por ejemplo, la Corte Internacional de Justicia actualmente cuenta con apenas tres juezas mujeres (19%) e históricamente ha habido solamente cuatro mujeres sobre un total de 108 magistrados (3,7%). En la Corte Interamericana de Derechos Humanos, solo una de los siete integrantes actuales es mujer (14,3%), y en la Corte Penal Internacional las mujeres son apenas seis sobre un total de 18 miembros (33%). Finalmente, 10 de los 56 mecanismos especiales de la ONU hasta el día de hoy nunca han sido ocupados por una mujer.

    En otras palabras, las mujeres están al margen de las decisiones que se toman en la mayor parte de los temas más significativos para el futuro de la humanidad en lo político, lo judicial y los procesos de paz. Esta realidad contrasta con el reconocimiento del derecho a la participación en el ámbito internacional en condiciones de igualdad consagrado en el artículo 8 de la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer, ampliamente ratificada a nivel mundial, y con las aspiraciones de participación balanceada o igualitaria propuestas en diferentes espacios de la ONU y otras instituciones.

    ¿Cuál fue el origen de la campaña Gqual, cuáles son sus objetivos, y qué han logrado hasta la fecha?

    Teniendo en cuenta la realidad de los techos de cristal y las involuciones drásticas que se han producido recientemente en la composición de algunos órganos, un grupo de mujeres y hombres convencidos del valor de los espacios paritarios y diversos nos unimos en una iniciativa para impulsar la paridad de género en los espacios de justicia y monitoreo a nivel internacional. Con ese objetivo lanzamos la campaña Gqual en septiembre de 2015. Desde allí impulsamos compromisos individuales e institucionales con la paridad de género en la representación internacional, el desarrollo de investigaciones, estándares y mecanismos que promueven la igualdad de género en los espacios de monitoreo y de justicia a nivel internacional, el debate vibrante y oportuno sobre el tema para hacer avanzar la agenda de igualdad, y la generación de una comunidad de discusión y acción sobre el tema.

    Entre las acciones de la campaña se encuentran el seguimiento y distribución de la información sobre los puestos disponibles en la esfera de la justicia internacional. Enviamos cartas y publicamos información en redes llamando la atención acerca de las oportunidades y las disparidades, promovemos investigaciones académicas, y hacemos propuestas para la modificación de los procedimientos de nominación y selección de quienes ocupan los puestos de justicia y monitoreo a nivel nacional e internacional. Entre las iniciativas más interesantes se cuenta el ranking donde incluimos el número de hombres y mujeres en puestos por país. También hacemos reuniones de personas expertas para contribuir al desarrollo de documentos especializados. Adicionalmente, hacemos sinergia con los procesos de selección en los espacios de la justicia a nivel nacional y participamos de debates sobre representación a nivel nacional e internacional, de modo de avanzar en la agenda más amplia de cambio político y social en favor de la igualdad.

    Quiero invitar a todas y todos a sumarse a la campaña en línea y a seguirla e interactuar con ella en redes sociales. Desde el lanzamiento de la campaña hemos avanzado en el debate del tema y hemos tenido varios logros significativos, entre los que se cuentan resoluciones de la ONU y la Organización de los Estados Americanos sobre equilibrio de género en la composición de órganos internacionales, la sistematización de información sobre la composición de puestos en el ámbito de la ONU desagregados por género e investigaciones excelentes que permiten fundamentar las obligaciones internacionales de los estados y los organismos internacionales, entre muchos otros. Al trabajar por el acceso de las mujeres a los espacios internacionales en condiciones de paridad, la campaña Gqual impulsa varios de los compromisos expresados en los ODS: el de igualdad, el de acceso a la justicia, el de lucha contra la pobreza y el de compromiso con la paz.

    ¿Qué apoyo de la sociedad civil internacional se necesita para seguir impulsando la campaña?

    El mayor apoyo que la sociedad civil internacional podría dar a la campaña es sumarse al debate sobre la importancia de asegurar la participación paritaria de las mujeres en los espacios de monitoreo y justicia a nivel internacional. Dependiendo de las posibilidades de cada persona, organización o institución, quizás puedan avanzar en agendas más específicas a nivel local o internacional en sinergia con los objetivos de la campaña. Por ejemplo, impulsando que el gobierno de su país haga seguimiento de sus nacionales en puestos de elección, haciendo investigaciones de campo sobre los procesos de selección, escribiendo sobre las obligaciones constitucionales o derivadas del derecho internacional para garantizar la igualdad en el acceso a la representación internacional, haciendo campañas de sensibilización pública, o escribiendo para el blog de la campaña o en periódicos locales. Dada la desigualdad estructural y la inercia de algunos gobiernos que los vuelve reacios a actuar, la sociedad civil y la ciudadanía deben exigir que las autoridades aseguren que las mujeres sean nominadas y consideradas para puestos de toma de decisiones a nivel internacional y nacional. La sociedad civil también puede ayudar a impulsar el debate recopilando datos y publicando análisis y estudios.

    Quiero resaltar que por la naturaleza de la campaña -que surge de la iniciativa de mujeres que abogan por la igualdad y que en su mayoría donan su tiempo para conseguir avanzar- les agradecemos cualquier aporte de tiempo o donaciones para apoyar el trabajo y las iniciativas. Queremos un mundo más justo, igualitario y en paz, y para eso precisamos que las mujeres intervengan en pie de igualdad en la toma de las decisiones que nos atañen a todos y todas.

    Contáctese con la campaña Gqual a través de supágina web o su perfil deFacebook, y siga a@GqualCampaign, a@cejil y a @mundopenelope en Twitter.

     

  • #BEIJING25: “Más mujeres en cargos públicos se traduce en un mejor gobierno y una democracia más sólida”

    En ocasión del 25º aniversario de laPlataforma de Acción de Beijing, CIVICUS está entrevistando a activistas, líderes y expertas de la sociedad civil para evaluar los progresos conseguidos y los desafíos que aún debemos sortear. Adoptada en 1995 en laCuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer de las Naciones Unidas (ONU), la Plataforma de Acción de Beijing persigue los objetivos de eliminar la violencia contra las mujeres, garantizar el acceso a la planificación familiar y la salud reproductiva, eliminar las barreras para la participación de las mujeres en la toma de decisiones, y proporcionar empleo decente e igual remuneración por igual trabajo. Veinticinco años más tarde, se han producido progresos significativos pero desparejos, en gran medida como resultado de los esfuerzos incesantes de la sociedad civil, pero ningún país ha logrado todavía la igualdad de género.

    CIVICUS conversa con Pakou Hang, Directora de Programas de Vote Run Lead (Vota Compite Lidera), una organización dedicada a capacitar a mujeres para que se postulen para cargos políticos y ganen la elección, aumentando la representación de las mujeres en todos los niveles de gobierno. Fundada en 2014, ya ha alcanzado a más de 36.000 mujeres en los Estados Unidos, casi el 60% de las cuales son mujeres de color y el 20% procede de las zonas rurales. Numerosas graduadas de Vote Run Lead ahora ocupan puestos en ayuntamientos, juntas de condado, cámaras estatales, cortes supremas y en el Congreso de los Estados Unidos.

    Pakou Hang

    Un cuarto de siglo más tarde, ¿cuánto de la promesa contenida en la Plataforma de Acción de Beijing se ha traducido en cambios reales?

    Se ha avanzado mucho desde 1995, pero todavía queda mucho por hacer y todavía estamos lejos de la equidad. En términos de representación política ha habido algunos avances, pero estos también han sido lentos: a nivel global, a principios de 2019 el 24,3% de los integrantes de los parlamentos nacionales eran mujeres, en comparación con apenas 11,3% en 1995. Solo tres países en todo el mundo alcanzaron o superaron la paridad en sus cámaras bajas o legislativos unicamerales, pero han sido muchos más los que alcanzaron o superaron el umbral del 30%. Hasta el año pasado había también 11 mujeres jefas Estado y 12 jefas de gobierno; y las mujeres ocupaban casi el 21% de los puestos ministeriales, a menudo en las áreas más asociadas a las temáticas de la mujer, tales como acción social y carteras relacionadas con la familia, la niñez, la juventud, la tercera edad y la discapacidad. Así que el resultado final es mixto: se ha avanzado mucho, pero el progreso ha sido lento y está lejos de ser suficiente.

    También ha habido una gran variación entre regiones y países, desde alrededor de 16% de mujeres parlamentarias en la región del Pacífico hasta más del 40% en los países nórdicos. El promedio para las Américas es 30%, pero Estados Unidos se encuentra por debajo del promedio. El Congreso sigue siendo desproporcionadamente dominado por hombres. A pesar de que las mujeres representan más de la mitad de la población, ocupan solamente el 24% de las bancas. El Congreso también es menos racialmente diverso que el conjunto de la población, ya que el 78% de sus miembros se identifican como blancos, una proporción sustancialmente superior al 60% de la población estadounidense compuesta de personas blancas.

    Según el Centro para las Mujeres y la Política Estadounidense (Center for American Women and Politics), la situación no es muy diferente a nivel estadual: el 29,2% de los escaños legislativos estaduales y el 18% de las gobernaciones son ocupados por mujeres. Hay menos datos sobre los ejecutivos locales y el grueso de la información disponible refiere a las ciudades más grandes, el 60% de cuyos alcaldes son hombres blancos, a pesar de que estos dan cuenta de apenas el 20% de la población de esas ciudades. Aunque en 2018 más mujeres accedieron a cargos públicos locales, siguió siendo frecuente que los ayuntamientos y las comisiones de los condados incluyesen a una sola o a ninguna mujer.

    Por otro lado, a pesar del relativamente pequeño número de mujeres legisladoras, y especialmente de mujeres de color, el Congreso actual es el más diverso en la historia. Y el grupo de candidatos que se postularon para cargos legislativos en 2020 también fue el más diverso jamás visto. Por supuesto, estos candidatos recibieron fuertes ataques de los medios y de la oposición política. Pero creo que necesitamos cambiar nuestra perspectiva para entender la magnitud del cambio ocurrido. Sin duda que me decepcionó que termináramos con dos hombres blancos y mayores a la cabeza de las dos principales fórmulas presidenciales, pero lo cierto es que ahora también tenemos a una mujer negra y de ascendencia india como vicepresidenta electa, y eso es un avance.

    Recuerdo que cuando se anunció el triunfo de Joe Biden y Kamala Harris en las elecciones presidenciales de 2020 llamé con la noticia a mi sobrina de nueve años. Ella estaba extasiada. Lo cual me recordó que ella pertenece a una nueva generación de estadounidenses nacidos durante la presidencia de Barack Hussein Obama. Cuando crezca sabrá que Donald Trump fue presidente, pero también sabrá que Trump fue vencido por una mujer negra de ascendencia india. Mientras hablábamos, mi sobrina me dijo: “Ya casi lo logramos, tía”. Y caí en la cuenta de que tenía razón: sí, ya casi estamos.

    ¿Por qué es importante alcanzar la paridad de género en la representación política? ¿Es solo una cuestión de derechos de las mujeres e igualdad de oportunidades, o también tendrá efectos positivos en las instituciones democráticas y en las políticas públicas?

    Una de las principales razones por las cuales necesitamos más mujeres en puestos gubernamentales es que ellas gobiernan en forma diferente de los hombres. Las mujeres en el gobierno son más colaborativas, más civiles, más comunicativas. Son más proclives a trabajar con miembros de otros partidos para solucionar los problemas. Consiguen más dinero para sus localidades, aprueban más leyes, y sus proyectos están más enfocados en las poblaciones más vulnerables como la niñez, la ancianidad y las personas enfermas. Las mujeres amplían la agenda política, más allá de los asuntos tradicionalmente concernientes a las mujeres. Y el resultado son mejores políticas para todas las personas, es decir no solo para las mujeres y las niñas, sino también para los hombres y los niños. Por último, dado que ellas traen a los procesos de formulación de políticas un nuevo conjunto de perspectivas y experiencias de vida, su presencia asegura que las perspectivas de las mujeres no sean dejadas de lado, y que asuntos tales como la violencia de género o el cuidado infantil no sean ignorados. En resumen, las mujeres en puestos gubernamentales tienden a ser más efectivas que los hombres. Y dada la actual situación de estancamiento político e hiperpartidismo, necesitamos hacer las cosas de un modo diferente. Más mujeres en cargos públicos se traduce en un mejor gobierno y una democracia más sólida.

    Además, la necesidad de mujeres en el poder y en la política se ha vuelto aún más crítica en el contexto de la pandemia de COVID-19. En el último ciclo electoral los donantes quisieron contribuir a las campañas de las candidatas mujeres más que nunca antes, porque la pandemia los hizo tomar conciencia no solo las numerosas inequidades que atraviesan a nuestra sociedad y al sistema de salud, sino también de la labor sobresaliente que las mujeres, y en particular las mujeres de color, están llevando a cabo en sus comunidades para responder a las necesidades urgentes, cubrir las lagunas de políticas gubernamentales inadecuadas, y abordar los problemas de las comunidades excluidas que han sido desproporcionalmente afectadas por el COVID-19 y la crisis económica. Durante esta crisis, las mujeres han desempeñado roles fundamentales a la hora de mantener conectadas a las comunidades, recolectar y distribuir alimentos y otros bienes básicos para las familias necesitadas, encontrar maneras para apoyar a la actividad económica local y proveer servicios comunitarios ad hoc, entre otras cosas.

    Las investigaciones que analizan las formas en que diversos países han respondido a la pandemia parece mostrar que los países con líderes mujeres tienden a tener menos casos y menos muertes por COVID-19. Parece que las mujeres en el poder han adoptado un estilo de liderazgo transformador que puede resultar más apropiado para el manejo de crisis. Este tipo de liderazgo se centra en las relaciones humanas profundas, la inversión en el equipo de trabajo y el intercambio de conocimientos, la acción ejemplificadora y la motivación de los demás. Estas cualidades son muy útiles en nuestro contexto actual.

    ¿Por qué crees que la representación política de las mujeres en los Estados Unidos sigue siendo tan baja?

    Hay muchas razones por las cuales no tenemos paridad de género en la representación política. En primer lugar, todavía hay demasiadas razones estructurales por las cuales las mujeres no se postulan y no son elegidas. Las mujeres siguen realizando una cantidad desproporcionada de las tareas domésticas y de crianza y la cobertura mediática sigue siendo sexista, ya que se enfoca en las apariencias y en la personalidad de las mujeres más que en sus políticas. Además, las personas que ocupan las estructuras partidarias y cuentan con conocimiento político, redes de contactos y dinero siguen siendo hombres, y a menudo son ellos quienes determinan quién es políticamente viable. Por ejemplo, un hombre joven que estudió desarrollo comunitario en Harvard es considerado más viable que una mujer de mediana edad que ha desarrollado labores de organización comunitaria durante 20 años.

    Paradójicamente, las candidatas mujeres ganan elecciones en aproximadamente las mismas proporciones que sus homólogos masculinos y, según las encuestas, a los votantes les entusiasma la posibilidad de elegir mujeres. Pero la segunda razón por la cuales las mujeres no son electas es simplemente que no se postulan en las mismas cantidades que los hombres, y desde ya que si no compites no puedes ganar.

    ¿Por qué las mujeres no se postulan para cargos públicos? Quizás la razón más generalizada es que las mujeres dudan de sí mismas. No se consideran calificadas. No ven a otras mujeres que se parecen a ellas o que piensan como ellas en esas posiciones de poder y, por lo tanto, es un círculo vicioso. Y no solamente las mujeres dudan de sí mismas, sino que también lo hacen los observadores externos. De hecho, si una determinada posición de poder nunca ha sido ocupada por una mujer, entonces la pregunta que se plantea una y otra vez en los medios, en tono de duda, es: ¿podría una mujer ser elegida? Es una pregunta que escuchamos mucho durante las primarias presidenciales demócratas de 2020.

    También está el hecho de que ciertas cualidades que se consideran positivas en los hombres, como la asertividad o la ambición, adquieren una connotación negativa cuando se aplican a las mujeres. Mientras que sin duda ha habido hombres furiosos y vengativos que fueron elegidos presidente, las mujeres que son percibidas como “enojadas” o “vengativas” son consideradas desagradables y, por lo tanto, descalificadas. Las mujeres candidatas son sometidas a estándares de calificación mucho más altos, a veces por sí mismas, pero más a menudo por otras personas, y como resultado de ello carecemos de paridad de género en nuestra representación política.

    ¿Cuándo se dio cuenta de que, a diferencia de los hombres, las mujeres necesitaban entrenamiento para postularse a un cargo público?

    A pesar de haber estudiado Ciencia Política en la universidad, sentía que la política estadounidense era sucia y corrupta y nunca estuve me involucré en la política electoral. Pero en 2001 mi prima mayor, Mee Moua, decidió postularse para un escaño en el Senado estadual por el distrito Este de Saint Paul en una elección especial. El distrito Este de Saint Paul se estaba convirtiendo rápidamente en un distrito donde las minorías eran mayoría, pero aun así todos sus funcionarios electos, desde el nivel estadual al condado y la ciudad, eran hombres blancos y conservadores. Mi prima se había graduado en una universidad prestigiosa, había ejercido como abogada y había sido presidenta de la Cámara de Comercio Hmong, y decidió postularse después de ser voluntaria por años en numerosas campañas políticas. Sin embargo, como sucede a menudo con las candidatas mujeres, le dijeron que tenía que esperar su turno. Bueno, decidió no hacerlo, y como ningún actor político relevante la ayudó, reunió a nuestros 71 primos hermanos para convertirlos en su ejército de voluntarios y me reclutó a mí como jefa de campaña, porque yo era la única que había estudiado Ciencia Política. Contra todo pronóstico, sin ninguna experiencia política y en medio del invierno de Minnesota, golpeamos puertas, hicimos llamadas telefónicas, movilizamos a los votantes usando estaciones a través de las radios de la colectividad, llevamos a la gente a las urnas y ganamos. Hicimos historia al elegir al primer legislador estadual hmong en la historia de los Estados Unidos y en la historia hmong.

    En un examen retrospectivo, me doy cuenta de que dirigí la campaña basándome puramente en el instinto, alimentado a partir de mi experiencia infantil de ayudar a mis padres, que no hablaban inglés, a moverse en el mundo exterior. Y aunque ganamos, bien podría haber sucedido que enfrentáramos a un adversario mejor organizado y perdiéramos. Recién años más tarde, tras hacer una capacitación política en Camp Wellstone, me di cuenta de que las candidatas mujeres necesitábamos algo diseñado especialmente para nosotras, algo que nos interpelara directamente y nos preparara para los problemas reales que enfrentaríamos en tanto que candidatas mujeres.

    ¿Qué tipo de capacitación ofrece Vote Run Lead, y cómo ayuda a derribar las barreras que mantienen a las mujeres alejadas del poder?

    Vote Run Lead es el programa de liderazgo de mujeres más grande y diverso de los Estados Unidos. Hemos capacitado a más de 38.000 mujeres para postularse a cargos públicos, incluidas mujeres rurales, mujeres trans, mujeres jóvenes y mujeres negras, indígenas y de color. Más del 55% de nuestras graduadas que compitieron en la elección general de 2020 ganaron, y el 71% de nuestras graduadas que son mujeres de color también fueron electas.

    Las mujeres que entrenamos usualmente deciden postularse a cargos públicos porque identifican algo negativo en sus comunidades y quieren arreglarlo. Pero no ven a mucha gente parecida a ellas en posiciones de poder. Vote Run Lead ofrece varios módulos de capacitación que enseñan a las mujeres todo lo que necesitan saber sobre las campañas, desde dar un discurso, armar un equipo de campaña o elaborar un mensaje, hasta recaudar fondos y motivar a la gente a votar. Pero lo que diferencia a nuestro programa de capacitación es que entrenamos a las mujeres para que se postulen tal como son. Las mujeres a menudo necesitan apoyo para verse a sí mismas como candidatas calificadas, capaces y merecedoras. Les mostramos que no necesitan buscar otra promoción u obtener otro título ya que, de hecho, su historia personal es su mayor activo. Nuestro currículo de capacitación, Run As You Are (Compite Tal Como Eres), les recuerda a las mujeres que ellas son suficiente y que son el tipo de líderes que necesitamos elegir para construir la democracia justa que merecemos.

    ¿Cuál es el perfil “típico” de la mujer que ustedes ayudan a postular? ¿Apoyan a cualquier mujer que quiera competir independientemente de su orientación política?

    No hay una graduada típica de Vote Run Lead. Somos una organización no partidaria, por lo que capacitamos a mujeres de las procedencias más diversas, de todas las profesiones, de todos los partidos políticos, y cualquiera sea nivel su desarrollo político. Nuestros valores están profundamente vinculados con la promoción de mujeres interseccionales y antirracistas comprometidas con la construcción de una democracia más justa y equitativa.

    Dado el fenómeno generalizado de la supresión de votantes en los Estados Unidos, ¿el programa también se orienta a motivar la participación electoral?

    Tradicionalmente, Vote Run Lead no utiliza un programa propio para motivar la participación electoral (GOTV, por sus siglas en inglés) ya que la mayoría de nuestras graduadas están ya sea compitiendo en una elección o trabajando en una campaña. Pero en 2020, cuando los ya elevados niveles de supresión de votantes fueron alimentados por campañas de desinformación y preocupaciones por la seguridad de la salud, Vote Run Lead lanzó un sólido programa GOTV que involucró a nuestras graduadas. Este programa GOTV incluyó ocho módulos de capacitación específicos para motivar la participación electoral, que abarcaron desde cómo responder a la apatía y el cinismo en torno a la elección, hasta cuáles plataformas digitales y herramientas de comunicación usar para promover la participación. También contactamos a más de 200 voluntarias, tuvimos 3.000 conversaciones, hicimos 30.000 llamadas telefónicas y enviamos más de 33.000 mensajes de texto para que nuestras graduadas y sus redes fueran a votar.

    Antes del verano también lanzamos una serie llamada “Tu gabinete de cocina”, con la cual capacitamos a las mujeres sobre cómo recaudar dinero, hacer contacto directo con los votantes e incluso lanzar un plan digital manteniendo la distancia social. Esas guías y seminarios virtuales se pueden encontrar en nuestro sitio web y en nuestro canal de YouTube y ofrecen consejos en tiempo real e información basada en evidencia.

    El espacio cívico en los Estados Unidos es calificado como “obstruido” por elCIVICUS Monitor.
    Contáctese con Vote Run Lead a través de susitio web o su página deFacebook, y siga a@VoteRunLead en Twitter.

     

     

  • #BEIJING25: “Todos los esfuerzos hacia la igualdad de género deben basarse en la interseccionalidad y el empoderamiento”

    En ocasión del 25º aniversario de laPlataforma de Acción de Beijing, CIVICUS está entrevistando a activistas, líderes y expertas de la sociedad civil para evaluar los progresos conseguidos y los desafíos que aún debemos sortear. Adoptada en 1995 en laCuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer de las Naciones Unidas (ONU), la Plataforma de Acción de Beijing persigue los objetivos de eliminar la violencia contra las mujeres, garantizar el acceso a la planificación familiar y la salud reproductiva, eliminar las barreras para la participación de las mujeres en la toma de decisiones, y proporcionar empleo decente e igual remuneración por igual trabajo. Veinticinco años más tarde, se han producido progresos significativos pero desparejos, en gran medida como resultado de los esfuerzos incesantes de la sociedad civil, pero ningún país ha logrado todavía la igualdad de género.

     

  • 16 Días de Activismo - Mujeres en Solidaridad durante la COVID-19

    16 Días de Activismo que comienzan anualmente el 25 de noviembre y se extienden hasta el 10 de diciembre, este año completan un año caracterizado por una pandemia global que afectó a las familias, las economías y todos los aspectos de la sociedad mundial. En todo el mundo las mujeres dieron un paso al frente cuando los gobiernos y las empresas no lograban actuar. Luego de un año extremadamente duro, en el evento 16 Días de Activismo la Alianza Global de la Sociedad Civil CIVICUS celebra historias inspiradoras de mujeres: activistas involucradas en la protesta, defensoras de los derechos humanos de las mujeres detrás las rejas y organizaciones de mujeres en todo el mundo que trabajan para mitigar los niveles de violencia de género que crecieron durante la pandemia.

     

  • Advocating for women’s sexual and reproductive rights in Peru, a risky fight against powerful enemies

    Spanish

    CIVICUS speaks to María Ysabel Cedano, Director of DEMUS –Study for the Defense of Women’s Rights, a Peruvian feminist organisation that since 1987 defends human rights, and particularly women’s sexual and reproductive rights, by promoting their free exercise and questioning the hegemonic cultural paradigm on women and their sexuality. DEMUS carries out public opinion campaigns and advocacy work with the three branches of government; it conducts strategic litigation and promotes mobilisation on issues related to the promotion of equality and non-discrimination, a life free from gender-based violence, access to justice, and sexual and reproductive rights.

    1. How would you describe the context for the exercise of feminist activism in Peru?
    Generally speaking, conditions for activism greatly depend on the ideology, programme and nature of the organisation and movement in question - on its stance regarding the state and the incumbent government, and on its relationship with political forces and the powers that be.

    Due to our agenda, we feminists are antagonists of Fujimorism, the political movement founded by Alberto Fujimori, who ruled Peru between 1990 and 2000. Our organisation has criticised and opposed them since the 1990s, as we have fought for justice and reparations for the thousands of victims of the Fujimori administration’s policy of systematic forced sterilisation. Its victims were mostly peasant, indigenous and poor women who underwent irreversible surgical contraception without being able to give their free and informed consent, in a context of widespread violence.

    On this issue, in 2003 we reached a Friendly Settlement Agreement (FSA) in the Mamérita Mestanza case. As a result, the Peruvian state acknowledged its responsibility for human rights violations in the context of the forced sterilisation policy and committed to providing justice and reparation to victims. We also obtained favourable statements by the Inter-American Commission on Human Rights that have boosted our work to defend the right to access justice and to promote a policy of integral reparations. That made us a target of Fujimorist attacks, in the form of defamation in the national media as well as in social media. We have in fact sued former congressman Alejandro Aguinaga, under investigation in the preliminary examination of forced sterilisations as a crime against humanity and other serious violations of human rights, which the Public Ministry opened in 2004 in compliance with the already mentioned FSA. The case still remains in its preliminary stages due to political interference, which we have publically denounced. For more than fourteen years, the Public Ministry has failed to accuse former President Fujimori and his former Health Ministers, including Aguinaga, and no prosecution has taken place. In the meantime, Fujimorism has not undergone any renovation whatsoever: it still does not believe in human rights and cannot fathom the right of women to decide on their own. In fact they all remain very convinced that it is the state that has to decide for them.

    The other antagonists we have as a result of our feminist agenda are the Catholic and Evangelical ecclesial hierarchies, as well as other conservative and fundamentalist religious groups such as Opus Dei, Sodalitium and Bethel. These are the leaders of an anti- sexual and reproductive rights agenda and seek to legislate and implement public policies to strengthen the institutions that guarantee their political, economic, social and cultural dominance, thereby ignoring the secular character of the state that the authorities in turn fail to enforce. For decades they have run a strong campaign against what they call “gender ideology”, not just in Peru but throughout Latin America and the Caribbean, and beyond. These are multimillion-dollar campaigns that maintain that “gender ideology” attacks life, marriage and family. The funding they poured into the fear campaign against the peace accords in Colombia is a good example of this. They have also promoted a campaign called "Don't mess with my children" in several countries in the region.

    While these actors have questioned the scientific and legal validity of the gender perspective, the concept of gender has been adopted in the Beijing Platform for Action (1995) and in standards such as CEDAW, the Rome Statute of the International Criminal Court and the Convention of Belém do Pará. In Peru it was included into several laws, public policies and institutions, as a result of which conservative sectors are currently trying, for instance, to eliminate the gender perspective from the school curriculum, including all allusions to sexual orientation and gender identity. They have done so by means of both street actions and lawsuits. These however have not yielded the desired results: the overwhelming response from the Ministry of Justice’s Attorney General even covered them in ridicule. As a result, they had no alternative left other than using their power in Congress, where there are currently two bills that have been submitted by Fujimorism towards that aim.

    Lastly, in addition to harassing us through their press, as they have always done, these sectors now also attack us for our funding sources. They say we are the instruments of great powers seeking to impose Western models of family and sexuality in our country.

    Thanks to a journalistic investigation that then became a criminal investigation, we currently know of child sexual abuse perpetrated by members of the Sodalitium, one of the most conservative and powerful groups within the Catholic Church. The scandal contributed to weakening the attacks coming from the ecclesial hierarchy. We are also beginning to know about the unholy business the Church does with education, health and even cemeteries within the framework of the Concordat between the Peruvian state and the Vatican. The very same priests who have spent years fighting us on the decriminalisation of abortion for rape cases, and who have said the worst things about us because they consider themselves to be the “defenders of life”, have allegedly covered for rapists of children and adolescents in their congregations and communities. This has helped people overcome their fear of denouncing the Catholic Church’s hypocrisy and double standards, and has limited the church’s ability to demand the government implement specific policies. For instance, the government has recently obeyed a court order to resume the distribution of emergency oral contraception despite pressures from Cardinal Cipriani.

    Given that our struggles for transitional justice have led us to seek justice and integral reparations for the victims of sexual violence during the internal armed conflict (1980-2000), we face not only Fujimorism but also APRA, a traditional party that ruled during a part of this period. They both seek to divide Peruvians between terrorists and non-terrorists and associate the left and human rights with terrorism. They never get tired of asserting that those who attack the military are terrorists - or ungrateful to say the least, for persecuting those who freed us from terrorism. If we strive for the legalisation of abortion we are abortionists, and if we defend human rights we are terrorists.

    2. How does DEMUS work to overcome these obstacles?
    We combine organisational and mobilisation strategies to strengthen the feminist and women’s diversity movement, public and political advocacy for legislation, public policies and access to justice measures, and strategic litigation. Among the latter were for instance the Manta y Vilca trial on rape during the internal armed conflict, which established that this was a crime against humanity; the case of forced sterilisations during the Fujimori administration; and other cases that have allowed us to move forward in terms of the recognition and guarantee of the human right to therapeutic abortion, among other sexual and reproductive rights.

    Ours is not just a lawyers’ struggle: we work in multidisciplinary teams and in alliances and within networks including other feminist, women’s, LGBTIQ and human rights NGOs, groups and platforms. Experience has taught us that it is not enough to obtain jurisprudence, standards, laws and public policies if there are no social movements and citizens defending them, that is, if there is no social base accompanying and empathising with the victims. Strategic litigation, legal defence and psycho-legal and therapeutic help are therefore always to be accompanied with mobilisation and campaigning.

    3. Is the Peruvian women’s movement integrated into regional or global networks, so as to face an adversary that is?
    There are indeed very important global and regional networks. In Latin America, the level of articulation reached by indigenous, peasant and environmental women human rights defenders is astonishing in contrast with the weakening of some feminist networks. New technologies have revolutionised communications, and we now have various alternative means to organise ourselves in networks.

    We must think about how to strengthen our thematic networks, for instance in the field of sexual and reproductive rights, in order to resist together. This is facilitated by a number of conceptual convergences, but complicated by the scarcity of resources reaching Latin America, competition around which affects alliances and articulations. Neoliberalism has also had an impact on inter-subjective relations: conflicts and rivalries arise due to scarce funding. It is impossible to understand the degree of difficulties we face without analysing the changes in and the new rules of international cooperation and funding mechanisms.
    On the other hand, we must not forget that Peru’s is a post-conflict society, with open wounds and an abundance of distrust, which has not yet learned to resolve differences without violence. We need to be aware of these limitations, so as not to reproduce what we criticise. But we are certainly still very strong: with much greater organisation and resources than we have, Catholics and evangelicals have not yet managed to create enough pressure in the streets and on public opinion to remove sex education from the school curriculum. Their only hope is now placed on authoritarian conservative forces in Congress.

    4. What progress or setbacks do you perceive in the struggle for women’s rights in Peru?
    Taking stock of the forty years of contemporary feminism in Peru, there has been net progress in terms of the legal-institutional framework. Advances have been the result of constant struggle and permanent dispute, and are neither ideal nor stable: they need to be continuously defended and perfected.

    For instance, in late 2015 a substantial amendment to Law No. 26260 (1993) on domestic violence was finally passed. The new legislation, Law No. 30394, is a law against gender-based violence. Shortly after, in July 2016, the Third National Plan against Gender Violence (2016-2021) was passed. In both cases there was a dispute over the diversity of the women to be protected. There was much resistance against the possibility that legislation would also protect lesbian, bisexual and transgender women. In fact, recognition of the variety of forms that gender violence can take was not as resisted as the extension and recognition of the objects of protection. The women’s movement succeeded in getting some previously unacknowledged forms of gender violence recognised as such, including gender-based violence in the context of social conflicts. We wanted the new law to protect women human rights defenders of land, the environment, and natural resources, that is, indigenous and peasant women who are currently criminalised and on whom conflicts have a differential impact on the basis of gender. This we achieved. We had also proposed that the violation of sexual and reproductive rights be recognised as gender violence. And while we achieved recognition of forced sterilisation, rape in the context of internal armed conflict, violence due to sexual orientation, and obstetric violence as forms of gender-based violence, such recognition was not expressed in the language of sexual and reproductive rights. In additional, sexual orientation-based violence was recognised but gender identity-based violence was not.

    Fifteen years after the First National Plan was launched, and more than twenty after the first law against then-called “domestic” or “intra-family” violence was passed, tension between women’s rights and family protection persists. Although Law No. 30364 has in many respects aligned legislation with the Belém do Pará Convention, violence based on gender identity discrimination has not yet been recognised. Public debate continues to focus on nature as a determinant of sexuality, reproduction and family.

    Why is it that feminists and LGBT people perceive “family protection” as contrary to our rights? First, because not all families are protected. Family rights of the LGBT population are not recognised. Secondly, because why protect the existing family – a traditional, hierarchical, violent family based on sexual division of labour and the exclusive recognition of heterosexual sexuality? A family organisation free of discrimination and gender-based violence should be promoted instead. In other words, measures should be taken to dismantle the patriarchal family, which functions as the very first place of normalisation and control, particularly for women and LGBT persons. The family has become a space in which physical, psychological and sexual violence remain unpunished: in fact, Peru has the second highest rate of denunciation of sexual offences against girls and adolescents in the region, and these are in many cases perpetrated by family members. Finally, a person’s (and in this case a woman’s) rights can never be subordinated, conditioned or reduced to a by-product of family welfare, in the same way as the rights of an actual person cannot be subordinated to the rights of being yet to be born.

    In sum, in historical perspective there has been progress in the recognition and guarantee of rights, but these have been the product of constant struggle. We face strong resistance, and if we had not permanently defended our conquests, we would certainly have seen them retreat long ago.

    5. In this context, how has DEMUS’ agenda changed since its beginnings in 1987?
    DEMUS is an organisation well known for its work for the right to a life free of gender-based violence. We specialise in prevention, care, denunciation, therapeutic and psycho-legal accompaniment, litigation, advocacy with legislative, policymaking and justice administration bodies, and campaigning and mobilisation on gender-based violence. For instance, we developed the “Not one more death” campaign, which placed femicide on the public agenda, and the “A man doesn't rape” campaign, which contributed to call attention on the problem of sexual violence, impunity and the culture of rape.

    In the beginning we had to dispute about the very concept of what was then called “intra-family violence”, which we designated as “violence against women” and today we call “gender-based violence”. We saw violence against women as a problem of power inequality, sexual discrimination and impunity, so we advocated for equality and access to justice. However, as years passed and the first laws and policies on the issue were passed, we realised that we were not obtaining the results we expected.

    The fight against violence against women had gained consensus as part of the state agenda and had occupied a space in the institutional structure of the state (commissions, ministries, etc.), and even ultraconservatives had begun to accept equal opportunities between men and women (which was enshrined in Law No. 28983 of 2007) all the while resisting the recognition of other sexual orientations and gender identities. So we began a conceptual revision and concluded that if we wanted to combat gender-based violence, our central strategic battle had to revolve around women’s autonomy and self-determination in the field of sexuality and reproduction, the recognition of and the provision of guarantees for sexual and reproductive rights understood as fundamental human rights, and access to justice in cases where these were violated. The perspective of sexual and reproductive rights came to enrich the equality and non-discrimination approach in addressing the problems of gender-based violence and impunity.

    Thus, although the defence of LGBT rights and the legalisation of abortion were already in DEMUS’ agenda, they have since become more central to it. And our strategies became richer in the process, because besides strategic litigation and therapeutic and psycho-legal accompaniment we started to focus as well on organisation and mobilisation, public advocacy and communication. We have used the whole toolbox in our search for justice and reparations for the victims of forced sterilisations, and also in our campaigns for emergency oral contraception and the legalisation of abortion (first of all for reasons of rape, foetal malformations incompatible with extra-uterine life, and unconsented artificial insemination and egg transfers, and eventually on the basis of women’s dignity and right to decide).

    Most recently, in our work to defend victims of sexual violence and impunity, we have learned from the indigenous and peasant women defenders of land and water that women human rights defenders are being differently affected by the extractivist economy due to their gender, and are being specifically criminalised by corporations such as the Yanacocha mining company and by the state itself. In their struggle to defend lakes and resist mining projects such as Conga, women are having a hard time, since gender-based violence is being used against them. In the actions of the police and the Armed Forces we are currently seeing a criminalisation of social protest, threats and violations of women’s rights echoing those that took place during armed conflict. In order to avoid the repetition of serious violations of human rights and crimes against humanity, we are using the new legislation, which now enables it, to denounce Yanacocha and make it clear that there is gender-based violence behind situations of harassment like that suffered by women human rights defenders such as Máxima Acuña.

    The other agenda that we increasingly adopted as central is the defence against discrimination based on sexual orientation and gender identity, in order to achieve recognition of and guarantees for the right to gender identity and lesbians’ right to maternity. We choose the issues we fight for on the basis of several criteria. One of them is that of revolutionising whatever the system resists the most, so that if we win, we will not only have obtained a law, public policy or jurisprudence, but we will also have conquered people’s common sense. And what the system most resists today is transgender identity and the right of LGBT persons to love and family. The system condemns us to civil death, poverty, marginalisation, murder, harassment and rape.

    6. In Peru, there have recently been major mobilisations with the motto #NiUnaMenos. How was the issue placed on the public agenda in such a way that mobilisation turned out to be so massive? What roles did regional networks play in the process?

    The marches in Argentina, Mexico and other countries inspired many of us: we wanted to do something similarly massive in our own country. But mobilisation did not occur in Peru as a response to a regional call, or as a result of prior coordination within a regional network.

    A year prior to this mobilisation there was a high profile case in Peru, in which a woman was savagely attacked in a hotel in Ayacucho, dragged by the hair and almost raped and murdered. The episode had been recorded on video, and everyone followed the case in the media and expected the attacker to be convicted. The ruling came out a few months before the demonstration, and it acquitted the accused. It denied that an attempted rape and femicide had taken place, and it even ruled that the injuries on the victim had been minor. This generated a social phenomenon of indignation that spread throughout the national territory and in social media. Women who were in the ideological and social antipodes from one another agreed that something had to be done, and feminists started talking about a mobilisation meant to make it clear that “if they touch one of us, they are touching us all”. The #NiUnaMenos (#NotOneLess) slogan was adopted out of the belief that the time had finally come and that this would be a mobilisation of a magnitude similar to those that had taken place in other countries.

    In Peru, the idea persists that if you do not obtain justice it is because you cannot prove what has happened to you. You only have your word and that is not enough for justice administrators. Now, if even in a case where there is a video like that, the aggressor is eventually absolved, what kind of security and justice is left for the rest of us? This created an unprecedented feeling of helplessness. Fear quickly turned into indignation, and this in turn into mobilisation. I was invited to join a Facebook chat a few hours after the video was made public. There were ten of us to start with, and a little while later we were over sixty, and the next day we were meeting at a comrade’s place. Within a few hours, the closed group formed in Facebook went from a few women testifying to the various forms of violence in their daily lives to 20 thousand, 40 thousand women reporting on their own stories of violence: at home, in the streets, at work, in school. Terrible stories, and everybody was telling them and keeping each other company.

    Thus, in Peru citizens went out into the streets to reject impunity and defend the right to justice. People began to wonder why violence against women persists despite all the laws and policies to combat it. The media started talking about patriarchy and machismo as its causes. There was some recognition of the importance of the feminist struggle, at least in that particular context. Much of the leadership and organisational work towards mobilisation was done by various organised and unorganised female citizens, leaders of feminist groups in neighbourhoods, universities, trade unions, NGOs. Women of a wide diversity of movements, colours, desires, education, professions and talents, in alliance and dialogue with the survivors whose emblematic cases united diverse sectors of society. Conservative sectors have still not managed to obtain similar success in defence of their agenda.

    7. Did the mobilisation have any positive effect in terms of public policy?
    The mobilisation resulted in some concrete measures, although these were too narrowly focused and involved little public investment. A Circle of Protection program was created, thereby extending attention to 24/7 in five out of over 200 Emergency Women’s Centres (EWC). Coverage of the emergency line Línea 600 was extended to all days of the week. This contributed to an increase in addressed complaints. Also, cases of femicide and rape were subsequently included into the rewards programme to stop offenders.

    Additionally, there were announcements regarding the expansion of temporary shelters, the provision of gender training to justice operators, and in particular to the National Police, and the creation of at least 50 new EWCs in various police stations across the country. The Public Ministry adapted its guidelines to Law No. 30364 and announced the creation of prosecution offices specialised in femicide. The Judiciary established a National Gender Commission.

    Nonetheless, femicidal violence persists as a savage daily occurrence; there is in fact a patriarchal and male chauvinist counteroffensive underway. They continue to kill us and rape us, and the femicide and rape culture keeps blaming us for it. And the measures adopted by the state in defence of the gender approach and gender equality fall short: they are basically reactions and responses to public pressure. We women do the reporting and monitoring job that the state should be doing. The state and the government always give in when it comes to the sexual and reproductive rights of women and LGBTIQ people. Which makes it clear that unless it becomes feminist, public policy will yield no results. If public policy priorities do not change, women will continue to die.

    The most important changes have occurred in the realms of common sense. #NiUnaMenos has shown that there is widespread rejection of violence against women, and that women have become empowered to talk about sexual violence in the same way that we first learned to talk about partner and domestic violence. There is no longer shame in having been a victim: it is clear that the other party is the one at fault. Women now know that there are things that are not right, and that if they happen to them it is not their fault, or God’s will, or the work of nature: it is a violation of rights and a matter of justice, and those responsible have to be punished.

    Civic space in Peru is rated as ‘obstructed’ in the CIVICUS Monitor.
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    Image ©Peru21

     

  • ANTI-RIGHTS GROUPS: ‘They don’t think human rights are universal, or they don’t view all people as equally human’

    gordan bosanac

    As part of our 2019thematic report, we are interviewing civil society activists, leaders and experts about their experience of facing backlash by anti-rights groups. CIVICUS speaks about the rise of far-right extremism and religious fundamentalism in Eastern Europe with Gordan Bosanac, co-author of a case study on Eastern Europe for the Global Philanthropy Project’sreport ‘Religious Conservatism on the Global Stage: Threats and Challenges for LGBTI rights.’

      

    You have worked on a variety of issues, from racism and xenophobia to religious conservatism and LGBTQI rights. Do you think the rise of nationalism and attacks against migrants’ rights and sexual and reproductive rights are all part of the same trend?

    These are all definitely part of the same phenomenon. The vast majority of the organisations that mobilise against women’s rights also reject LGBTQI people and migrants and refugees. They are all part of the same global movement that rejects liberal-democratic ideas, and they all mobilise against minorities or vulnerable groups.

    They are a very heterogeneous set of groups and organisations. Their common denominator is what they fight against: liberal democracy. Neo-Nazi, anti-women, anti-LGBTQI and anti-migrant rights groups have different targets, but they share an agenda and collaborate towards that agenda. Many of these groups come together at the World Congress of Families, where you will find lots of hate speech against the LGBTQI community, against women and against migrants. They share the same philosophy.

    To me, these groups are the exact reverse of the human rights movement, where some organisations focus on women’s rights, others on LGBTQI rights, still others on migrants or indigenous peoples, or social, cultural, or environmental rights, but we all have a philosophy founded on a positive view of human rights. We are all part of the human rights movement. It is the exact opposite for them: they all share a negative view of human rights, they don’t think they are universal, or they don’t view all people as equally human. Either way, they mobilise against human rights.

    When and why did Christian fundamentalist groups emerge in Eastern Europe?

    A colleague of mine says that these groups have been around for a long time. She’s currently investigating the third generation of such groups and says they originated in the 1970s, when they first mobilised around neo-Nazi ideas and against women’s rights. The most recent turning point in Eastern Europe happened in the early 2010s. In many cases it has been a reaction against national policy debates on LGBTQI and reproductive rights. Croatia, where I come from, was one of the exceptions in the sense that these groups did not mobilise in reaction to policy gains by women’s and LGBTQI rights groups, but rather in anticipation and as a preventive measure against processes that were advancing internationally, specifically against same-sex marriage.

    The Croatian experience has played out in three phases. Beginning in the 1990s, an anti-abortion movement developed, led by charismatic Catholic priests. Following the fall of Communism, abortion was presented as being against religious faith, family values and national identity. The Catholic Church set up so-called ‘family centres’ that provided support services to families. Since the early 2000s, independent civil society organisations (CSOs) formed by ‘concerned’ religious citizens emerged. What triggered them was the introduction of sexuality education in the public-school curriculum. A third phase started around 2010, with the rise in nationally and internationally-connected fundamentalist CSOs, independent from the Church structure. For instance, the new groups had links with ultraconservative Polish movements – Tradition, Family, Property and Ordo Iuris. The Catholic Church remained in the background and the role of anti-rights spokespersons was relegated to ‘concerned’ religious citizens.

    Fundamentalists in Croatia made good use of citizen-initiated national referenda. In 2013, they voted down marriage equality, in large part thanks to voting laws that do not require a minimum voter turnout in national referendums, as a result of which a low turnout of roughly 38 per cent sufficed to enable constitutional change. In contrast, similar referendums in Romania and Slovakia failed thanks to the requirement of a minimum 50 per cent turnout.

    Anti-rights groups seem to have made a lot of progress in Eastern Europe since the early 2010s. Why is that?

    We started closely monitoring these groups in Croatia around the time of the referendum, and what we saw is that their rise was linked to the redefinition of their strategies. They used to be old fashioned, not very attractive to their potential audiences and not very savvy in the use of the instruments of direct democracy. From 2010 onwards they changed their strategies. The anti-rights movement underwent a rapid renewal, and its new leaders were very young, eloquent and aware of the potential of democratic instruments. In their public appearances, they started downplaying religion, moving from religious symbolism to contemporary, colourful and joyous visuals. They started organising mass mobilisations such as the anti-abortion Walk for Life marches, as well as small-scale street actions, such as praying against abortion outside hospitals or staging performances. Ironically, they learned by watching closely what progressive human rights CSOs had been doing: whatever they were doing successfully, they would just copy. They also revived and upgraded traditional petition methods, going online with platforms such as CitizenGo.

    Internationally, anti-rights groups started taking shape in the mid-1990s in reaction to the United Nations’ Fourth World Conference on Women, held in 1995 in Beijing. It was then that a consensus formed around women’s rights as human rights, and when gender first came on the agenda. Religious groups felt defeated in Beijing. Many academics who studied this process concluded that it was then that the Catholic Church got angry because they lost a big battle. They underwent several defeats in the years that followed, which enraged them further. In 2004, the candidacy of Rocco Buttiglione, an Italian nominee for the European Commission, was withdrawn under pressure from the European Parliament because of his anti-gender and homophobic positions. Christian fundamentalists were also enraged when heated discussions took place regarding the possibility of Europe’s ‘Christian roots’ being mentioned in the European Constitution. All of this made the Vatican very angry. There were quite a few symbolic moments that made them angry and pushed them to fight more strongly against liberal ideas.

    In reaction against this, they modernised, and it helped them to have increasingly tight connections to US-based fundamentalist evangelical groups, which had a long experience in shaping policies both within and outside the USA.

    Do you think this is mostly a top-down process, or have these groups reached deeply at the grassroots level?

    In Eastern Europe it is mostly a top-down process, possibly related to the fact that for the most part these groups are Christian Catholic, not evangelical. These ideas come from very high up. They have been produced and disseminated by the Vatican for decades. They are not spontaneous and are very well organised. Their strategies have not spread by imitation but rather because they are all dictated from the top.

    This does not mean that they have not been able to appeal to citizens; on the contrary, they have done so very successfully, even more so than human rights groups. That is because they use very simple language and play on people’s fears and insecurities. They build their popularity upon prejudice and fears of others who are different. Fear seems to be an easy way to mobilise people, but people on the left don’t want to use it because they feel that it is not fair to manipulate people. Anti-rights groups, on the other hand, don’t have any problem with scaring people. When they first appeared in Croatia, these groups gained huge support because they stirred fear and then presented themselves as the protectors and saviours of people against the fictional monster that they had created.

    What are the main strategies that these groups have used in order to grow?

    First, they share a unified discourse that is built around the rejection of what they call ‘gender ideology’, which is nothing but an empty signifier to designate whatever threat they perceive in any particular context. They declare themselves the protectors of the family and the natural order and use defamation strategies and a pseudo-scientific discourse against women’s and LGBTQI people’s rights. A nationalistic rhetoric is also omnipresent in Eastern European countries.

    Second, they have co-opted human rights discourse and adopted the practices of civic organising of the human rights movement. They not only profit from direct access to church-going citizens, but they also mobilise the grassroots through lectures, training, youth camps and social networks. They also benefit from sufficient funding to bus people to central rallies such as the Walk for Life marches, pay the expenses of numerous volunteers and cover the cost of expensive advertising.

    Third, they have successfully used citizen-initiated referendum mechanisms. In Croatia and Slovenia, they collected the required number of signatures to initiate national referenda against same-sex marriage, which they won. In Romania and Slovakia, in turn, they succeeded in collecting the signatures but failed to meet the minimum participation requirement. Voter turnout in all these referenda ranged from 20 per cent in Romania to 38 per cent in Croatia, which shows that fundamentalists do not enjoy majority support anywhere, but they are still cleverly using democratic mechanisms to advance their agenda.

    Fourth, they use litigation both to influence and change legislation and to stop human rights activists and journalists who are critical of their work. In order to silence them, they sue them for libel and ‘hate speech against Christians’. Although these cases are generally dismissed, they help them position themselves as victims due to their religious beliefs.

    Fifth, they not only get good coverage of their events on mainstream media but they also have their own media, mostly online news portals, in which they publish fake news that defames their opponents, which they then disseminate on social media. They also host and cover conservative events that feature ‘international experts’ who are presented as the highest authorities on issues such as sexuality and children’s rights.

    Sixth, they rely on transnational collaboration across Europe and with US-based groups.

    Seventh, they target the school system, for instance with after-school programmes intended to influence children between the ages of four and 14, when they are most susceptible and easily converted.

    Last but not least, they work not only through CSOs but also political parties. In this way, they are also present in elections, and in some cases, they gain significant power. Such is the case of the far-right Polish Law and Justice Party, which fully integrated these groups into its activities. In other cases, they establish their own political parties. This happened in Croatia, where the main fundamentalist CSO, In the Name of the Family, established a political party called Project Homeland. The case of Romania is most concerning in this regard, as it shows how Christian fundamentalist positions on LGBTQI rights can be mainstreamed across the political and religious spectrum.

    In other words, these groups are present in various spaces, not just within civil society. And they are targeting mainstream conservative parties, and notably those that are members of the European People’s Party, the European Parliament’s centre-right grouping. They are trying to move centre-right and conservative parties towards the far right. This is their crucial fight because it can take them to power. It’s the responsibility of conservative parties around the world to resist these attacks, and it is in the interest of progressive groups to protect them as well because if they lose, we all lose.

    Do you think there is anything that progressive civil society can do to stop anti-rights groups?

    I’m not very optimistic because we have been fighting them for several years and it’s really difficult, especially because the global tide is also changing: there is a general rightwards trend that seems very difficult to counter.

    However, there are several things that can still be done. The first thing would be to expose these groups, to tell people who they really are. We need to expose them for what they are – religious fundamentalists, neo-Nazis and so on – because they are hiding their true faces. Depending on the local context, sometimes they are not even proud to admit that they are connected to the Church. Once these connections are exposed, many people become suspicious towards them. We would also have to hope for some common sense and disclose all the dirty tracks of the money and hope that people will react, which sometimes happens, sometimes doesn’t.

    The main role should be played by believers who refuse to accept the misuse of religion for extremist purposes. Believers are the most authentic spokespeople against fundamentalism and their voices can be much stronger than the voices of mobilised secular people or political opposition. However, the lack of such groups at the local level, due to pressure from local religious authorities, can be a problem. Pope Francis has seriously weakened fundamentalist groups and he is a great example of how religious leaders can combat religious extremism and fundamentalism.

    It is also productive to use humour against them. They don’t really know how to joke; sarcastic, humorous situations make them feel at a loss. This has the potential to raise suspicions among many people. But we need to be careful not to make victims out of them because they are experts in self-victimisation and would know how to use this against us.

    Finally, let me say this again because it’s key. It may seem counter-intuitive, but it’s very important to empower conservative parties across the globe so they stand their ground and resist far-right hijacking attempts. Progressives need to protect conservative parties from extremist attacks, or they will become vehicles for the far-right to get to power, and then it will be too late.

    Civic space in Croatia is rated as ‘narrowed’ by theCIVICUS Monitor.

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  • ARGENTINA: ‘El cambio es inevitable, es solo una cuestión de tiempo’

     

    Twitter: Edurne Cárdenas

    En 2018, tras años de esfuerzos de la sociedad civil, el Congreso argentino por primera vez debatió un proyecto de legalización del aborto. Aunque la prohibición, excepto en algunas circunstancias específicas, sigue en pie, los actores pro-legalización consideran que el debate ha progresado.CIVICUSconversa sobre la campaña con Edurne Cárdenas, abogada del equipo internacional del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS),una organización de derechos humanos de Argentina. El CELS fue fundado en 1979, durante la dictadura militar, para promover los derechos humanos, la justicia y la inclusión social. En sus primeros años, el CELS luchó por la verdad y la justicia ante los crímenes del terrorismo de estado, para luego ampliar su agenda para incluir las violaciones de derechos humanos cometidas bajo la democracia, sus causas estructurales y su relación con la desigualdad social. CELS promueve su agenda a través de investigaciones, campañas, alianzas con otros actores de la sociedad civil, incidencia y políticas públicas y litigio estratégico en foros nacionales e internacionales.

    ¿Cuándo comenzó el CELS, una organización clásica de derechos humanos, a trabajar sobre derechos sexuales y reproductivos, y por qué?

    El CELS ha tenido una gran capacidad para trabajar en la época que le ha tocado y, en consecuencia, para enriquecer su agenda, siempre actúa en alianza con movimientos sociales y otras organizaciones. En la Conferencia de Viena sobre Derechos Humanos, en 1993, se articuló explícitamente la idea los derechos de las mujeres como derechos humanos. A mediados de los ’90, creo que más precisamente en 1996, el informe anual del CELS incluyó contribuciones de activistas del movimiento de mujeres acerca de los derechos reproductivos. En los años siguientes, muchas veces en alianza con otras organizaciones, el CELS participó en presentaciones ante órganos internacionales de protección: por ejemplo, en 2004 contribuyó a un informe sombra ante el Comité de las Naciones Unidas para la eliminación de la discriminación contra la mujer (CEDAW). La Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito se formó en 2005 y el CELS pasó a integrarla en 2012. Poco después de esos primeros artículos en el informe anual, se incorporó de forma paulatina a nuestras preocupaciones sobre las violaciones de derechos humanos el acceso a los abortos no punibles, como los denomina el Código Penal, es decir, abortos que son legales si peligra la vida o la salud de la mujer o si el embarazo es producto de una violación. La temática también se instaló a partir del gran trabajo militante de activistas feministas al interior de la organización.

    En suma, si el CELS trabaja sobre este tema es porque entiende que la penalización del aborto impacta de forma negativa en el goce de las mujeres de sus derechos humanos. El aporte central del CELS fue inscribir el debate del aborto dentro del paradigma de los derechos humanos y poner en circulación argumentos de derechos humanos para alimentar el cuerpo argumental de la cuestión. El CELS no se especializa en salud, pero trabaja en alianza con otras que examinan el problema desde ese ángulo. Desde nuestro punto de vista, se trata de un tema en el que está en juego la libertad y la igualdad, cruzado por otras cuestiones que históricamente han sido centrales en nuestro trabajo: la violencia institucional.

     

    El debate por la legalización del aborto avanzó más que nunca en Argentina durante 2018, pero no alcanzó para que la ley se aprobara. ¿Qué lecciones extraes de esta experiencia?

    En 2018 por primera vez se trató en el Congreso una iniciativa para legalizar el aborto. Fue la séptima vez que se presentó una iniciativa de estas características y se trató de un proyecto promovido y redactado por la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito, que nuclea a más de 500 organizaciones del movimiento de mujeres, articulada, horizontal y con 13 años en esta lucha. Antes de 2018, los proyectos no habían avanzado ni siquiera en las comisiones que deben dar dictamen para que se trate en el recinto. La Argentina tiene ya una tradición de feminismo muy movilizado y, desde 2015, con mucha presencia en las calles y una demanda clara de aborto legal. Este año empezó con una novedad: en su discurso de apertura de las sesiones legislativas, el presidente de la Nación hizo mención al tema, con lo cual, gracias a la presión de la agenda feminista, habilitó el debate parlamentario. Fue algo absolutamente inédito. Lamentablemente, luego de recibir media sanción en Diputados en junio de 2018, la iniciativa fue rechazada por el Senado en agosto.

    El proceso estuvo liderado por el movimiento de mujeres. Todos los otros movimientos y organizaciones nos integramos detrás de ese liderazgo. En Diputados la estrategia fue exitosa porque fue multipartidaria y diversa, la participación de los movimientos fue fuerte y la influencia de la calle se hizo sentir. En el Senado, la cámara más conservadora, hizo falta más trabajo. Allí nos fallaron las alianzas, que no lograron replicar la transversalidad que hubo en Diputados. Una pregunta que quedó planteada, entonces, fue cómo llegar a la cámara más conservadora con un reclamo que necesariamente debe pasar por allí.

    Además, lo que la derrota en el Senado dejó en evidencia fue que tenemos que trabajar más para entender y contrarrestar el discurso de posverdad nuestros adversarios. Estamos viendo una avanzada conservadora que pone en riesgo la calidad institucional y, en última instancia, la institucionalidad democrática. Lo que fue interesante es que toda la ciudadanía pudo enterarse y tomar nota de qué piensan y cómo votan sus representantes.

    Podría decirse que los resultados de esta batalla han sido agridulces. ¿Cuánto hubo en ellos de derrota y cuánto de victoria, y por qué?

    La postal de desilusión del 9 de agosto, cuando el Senado votó en contra, es una imagen muy parcial del proceso. En nuestro balance, la lista de lo que ganamos es mucho más larga que la lista de lo que perdimos. Entre lo perdido está por supuesto esta oportunidad -pero solo esta, la de 2018, porque realmente creo que el cambio es inevitable y es solo una cuestión de tiempo. No sé si el año en 2019, pero en algún momento va a ocurrir. Y lo que sí creo que tiene que pasar en 2019 es que, tratándose de un año electoral, todos los temas que se pusieron sobre la mesa durante este proceso deben ser parte de la agenda de la campaña presidencial.

    Lo que ganamos, sin duda, fue masividad y presencia en el espacio público –tanto en la calle como en la opinión. Este año se discutió sobre el aborto como nunca antes, se quebraron silencios y tabúes. Pero el proceso tuvo un subproducto negativo: al poner en la agenda un tema divisivo, al volverse la movilización tan masiva y adquirir tal centralidad en la escena política, generó una fuerte reacción de los sectores más conservadores. Estos sectores se organizaron y también ganaron una visibilidad que antes no tenían.

    Con la emergencia de estos actores, el debate por el derecho al aborto puso en discusión algunas cosas que creíamos que eran consensos básicos intocables. Pero algunos sectores comenzaron a decir en voz alta cosas que hace pocos años no estaban bien vistas. Así, por ejemplo, la campaña “Con mis hijos no te metas”, contra la ley de educación sexual integral, puso en cuestión el rol del Estado en la educación.

    ¿Qué rol desempeñó el CELS en la campaña por la legalización del aborto?

    El liderazgo indiscutido en todo el proceso fue del movimiento de mujeres, y específicamente de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito. El CELS es parte de la Campaña, pero junto a otras organizaciones de derechos humanos hicimos específicamente un aporte importante de organización, articulación y argumentación.

    Por su trayectoria, el CELS es una organización con mucha legitimidad. Que el CELS hable de aborto puede marcar la diferencia a la hora de llegar a audiencias más amplias. Ya desde 2014, cuando pareció que el proyecto de legalización podía tratarse en comisión, el CELS comenzó a elaborar insumos para el debate legislativo, con una revisión de la jurisprudencia y los estándares vigentes y, en suma, la justificación de por qué el debate sobre el aborto tenía que darse en clave de derechos humanos.

    Al mismo tiempo, el CELS ha participado en distintas causas judiciales en calidad de amigo del tribunal. Aunque consideramos que el objetivo último, y el único compatible con el reconocimiento de la autonomía de las mujeres como sujetos plenos de derecho, es la legalización del aborto, hemos considerado necesario entretanto asegurar que puedan realizarse los abortos que ya son legales, según las causales para abortos no punibles. En 2012, en su fallo en el caso F.A.L., la Corte Suprema clarificó sin lugar a dudas las causas permitidas para acceder a un aborto de forma legal y las obligaciones del Estado en consecuencia. Este hecho reflejó el gran trabajo realizado por los movimientos de mujeres y de derechos humanos en las calles, en los hospitales, en la academia, en los tribunales. Pero el acceso es muy desigual, y aún en provincias “de avanzada” sigue habiendo barreras para el acceso a abortos legales. En gran medida eso refleja la limitación estructural del sistema de causales, que fracasa porque depende de que alguien certifique esas causales. Además de que el sistema de causales descarta de entre las posibles causales a la más importante: la voluntad de la persona embarazada. Esto es lo que puso en primer plano el proyecto de ley que aprobó la Cámara de Diputados.

    Durante el debate de 2018, el CELS hizo varias presentaciones en las audiencias públicas en ambas cámaras del Congreso, en apoyo del proyecto. El director ejecutivo y yo expusimos en Diputados – significativamente, tanto en la apertura como en el cierre del debate – y nuestro director de litigio expuso en el Senado. Editamos al momento del comienzo del debate una publicación que suscribió gran parte del arco del movimiento de mujeres, feminista y organizaciones con argumentos, legislación y jurisprudencia, para acercar información clara a los y las representantes de ambas cámaras.

    También estuvimos presentes en las calles, no solamente en las vigilias durante las sesiones de votación, sino también en la organización, dando apoyo y coordinando con el movimiento de mujeres, las otras organizaciones de la Campaña por el Aborto Legal, las estudiantes secundarias, profesionales de la salud y otros actores movilizados. Esta articulación y la presencia sostenida del movimiento en las calles fueron lo que marcó la diferencia durante 2018. Finalmente, nos manifestamos enérgicamente por la libertad de expresión y el derecho de manifestación, ya que a lo largo de este proceso se produjeron diversos actos de violencia contra activistas por la legalización por parte de grupos movilizados en contra.

     

    Has mencionado varias veces la oposición de los grupos anti-derechos ¿Crees que estos grupos están en ascenso? De ser así, ¿qué debería hacer la sociedad civil progresista para proteger los derechos ganados y seguir avanzando?

    Los grupos anti-derechos efectivamente han crecido y se organizan bajo un paraguas en común contra lo que llaman “ideología de género”. Este debate fue para ellos una oportunidad para organizarse como nunca antes. Ahora son más: antes eran solamente grupos vinculados con la Iglesia católica, y ahora hay también numerosos grupos de iglesias evangélicas, bien organizados y bien financiados, así como otros grupos no necesariamente religiosos. Su presencia nos demanda atención porque sus objetivos van contra los derechos de buena parte de la población, ya que buscan limitar el acceso a derechos de la infancia, de mujeres, lesbianas, gays, travestis, personas trans. Están aterrizando en toda América Latina y su presencia nos plantea interrogantes sobre sus alianzas y fines. ¿Cómo y cuándo llegaron a la Argentina? ¿Cuáles son sus demandas, hasta dónde están dispuestos a llegar? Hemos visto que detrás del “no al aborto” traen una agenda más amplia, relacionada con el rechazo de lo que llaman “ideología de género”, de la educación sexual en las escuelas, hasta de las vacunas, y quién sabe de qué más.

    El movimiento progresista necesita pensar una estrategia para enfrentarlos. La fortaleza del movimiento de derechos humanos es el uso de la creatividad y de la estrategia de la razón. En cambio, lo que hacen los movimientos anti-derechos es copiar en espejo las estrategias del movimiento de derechos humanos. Ahora bien, aunque corremos con la ventaja de la creatividad y la innovación, el movimiento anti-derechos nos está haciendo perder el tiempo discutiendo cosas que creíamos que estaban saldadas. Para colmo no es ni siquiera una discusión honesta, ya que las afirmaciones que hacen e incluso los datos que utilizan no resisten el menor chequeo. Lo que resulta de esto no es un debate, es decir, un auténtico intercambio de argumentos y razones. Pero así y todo no tenemos otra alternativa que responder. De modo que cuando “debatimos”, en realidad no debatimos con ellos ni para tratar de convencerlos a ellos, sino que lo hacemos ante una audiencia, para convencer a esa audiencia. Usamos ese simulacro de debate para levantar nuestros principios ante la opinión pública. En esto, las redes sociales han sido clave, aunque también han sido un arma de doble filo. De hecho, fue en este debate donde pudimos ver de primera mano el funcionamiento de las “fake news” (noticias falsas), sobre todo cuando las recogen actores de peso fuera de las redes y las llevan a otros terrenos. Pasó, por ejemplo, que datos totalmente falsos tomados de las redes fueron citados por legisladores en el debate parlamentario. En ese terreno tenemos mucho por hacer.

    Un desafío para nuestros movimientos es liderar la agenda de los debates. Esto nos plantea la necesidad de estar un paso adelante en la discusión. Nosotros no debemos “debatir” con los grupos anti-derechos, sino hablar para las grandes audiencias y debatir con los representantes elegidos por el pueblo, que son quienes tienen la obligación de sancionar leyes en nuestro beneficio y de cumplir con la obligación del Estado de garantizar al goce de los derechos humanos. El debate por la legalización del aborto fue una punta de lanza para pensar otras cuestiones. El sistema de causales para el aborto legal, similar al que se acaba de aprobar en Chile, existe en Argentina desde 1921. El paso de un sistema de causales a un sistema de plazos requiere de una simple decisión legislativa de modificación del Código Penal. ¿Por qué tanto revuelo entonces? Porque este debate pone en primer plano otras discusiones: cuál creemos que deba ser el rol de las mujeres y las personas gestantes, cuál debe ser el rol del Estado, hasta dónde y en qué cosas se mete… y ahí es donde saltan las contradicciones de los sectores conservadores, que quieren que el Estado se meta hasta en tu cama para penalizar, pero que a la hora de educar o de vacunar mejor no se meta.

    No podemos quedarnos a la defensiva, tenemos que ir a la ofensiva e instalar la cuestión de la laicidad y plantear el rol del Estado. Y debemos hacerlo en un contexto subregional regresivo. Brasil, nuestro gran vecino y principal socio, acaba de elegir un presidente que está alineado con la agenda de su poderosa bancada evangélica y que acaba de designar como Ministra de Derechos Humanos a una pastora evangélica que dice que la mujer nace para ser madre.

    El espacio cívico en Argentina es clasificado como ‘estrecho’ por elCIVICUS Monitor.

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  • COVID-19: ‘Necesitamos políticas públicas que reduzcan y redistribuyan el trabajo de cuidado no remunerado’

    CIVICUS conversa acerca de los impactos de la pandemia del COVID-19 sobre las desigualdades de género y las respuestas formuladas por la sociedad civil con Gala Díaz Langou, directora del Programa de Protección Social del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (CIPPEC). CIPPEC es una organización de la sociedad civil argentina dedicada a la producción de conocimiento y recomendaciones para la elaboración de políticas públicas orientadas al desarrollo, la equidad, la inclusión, la igualdad de oportunidades y la eficacia y solidez de las instituciones.

     

  • DERECHOS DE LAS MUJERES: ‘A este ritmo, nos tomará casi un siglo alcanzar la igualdad’

    En vísperas del 25º aniversario de laPlataforma de Acción de Beijing, que se cumple en septiembre de 2020, CIVICUS está entrevistando a activistas, líderes y expertas de la sociedad civil para evaluar los progresos conseguidos y los desafíos que aún debemos sortear. Adoptada en 1995 en la CuartaConferencia Mundial sobre la Mujer de las Naciones Unidas (ONU), la Plataforma de Acción de Beijing persigue los objetivos de eliminar la violencia contra las mujeres, garantizar el acceso a la planificación familiar y la salud reproductiva, eliminar las barreras para la participación de las mujeres en la toma de decisiones, y proporcionar empleo decente e igual remuneración por igual trabajo. Veinticinco años más tarde, se han producido progresos significativos pero desparejos, en gran medida como resultado de los esfuerzos incesantes de la sociedad civil, pero ningún país ha logrado todavía la igualdad de género.

    CIVICUS conversa con Serap Altinisik, directora de la oficina de Plan International para la Unión Europea (UE) y representante en la UE. Anteriormente, como Directora de Programas de la organización Lobby Europeo de Mujeres (European Women’s Lobby), Serap dirigió la Campaña 50/50, "No hay democracia moderna sin igualdad de género", en toda Europa. Recientemente también ha pasado a integrar la Junta Directiva de CIVICUS.

    Serap Altinisik

    Un cuarto de siglo después, ¿cuánto de la promesa contenida en la Plataforma de Acción de Beijing se ha traducido en cambios reales? ¿Qué se debe hacer ahora para que para 2030 se alcance el Objetivo 5 sobre igualdad de género de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS)?

    2020 marca el 25º aniversario de la Declaración y la Plataforma de Acción de Beijing, la agenda más visionaria para los derechos de las niñas y las mujeres. 2020 también inicia la cuenta regresiva de una década para alcanzar los ODS.

    En las últimas décadas se ha producido un progreso claro y medible hacia la igualdad de género. Por ejemplo, 131 países han promulgado 274 reformas legales y regulatorias en apoyo de la igualdad de género, la mortalidad materna ha disminuido en por lo menos 45%, la matriculación de niñas y niños en la escuela primaria casi se ha igualado, y aproximadamente el 25% de los escaños en los cuerpos legislativos nacionales están ocupados por mujeres, un número que se ha duplicado en las últimas décadas.

    Sin embargo, 25 años después de que los estados miembros de la ONU se comprometieran a lograr la igualdad de género y cinco años después de la formulación de los ODS, ningún país ha cumplido plenamente la promesa de la igualdad de género. Si los gobiernos continúan a este ritmo, nos tomará casi un siglo alcanzar esa meta.

    Para lograr el ODS 5, estoy de acuerdo con el Secretario General de las Naciones Unidas, António Guterres, que ha reclamado una década de acción para cumplir con los ODS y quiere que este sea el siglo de la igualdad de género. Retrospectivamente, la desigualdad de género es una de las cosas que más nos avergonzarán del siglo XXI.

    Los gobiernos tienen que invertir consistentemente en la igualdad de género, lo cual significa no solo promulgar leyes y reglamentos, sino también implementar presupuestos sensibles en materia de género de manera consistente. Las investigaciones disponibles muestran que allí donde las inversiones son consistentes, los derechos de las niñas y las mujeres aumentan. Sin embargo, no existe un enfoque único que funcione para todos. Al adoptar reglamentos y leyes, los gobiernos deben utilizar un enfoque del ciclo de vida para abordar las necesidades específicas de las mujeres en cada etapa de sus vidas. Si deseamos medir e incrementar los avances y aprender de los datos, entonces debemos desglosar los datos por edad, género, discapacidad y origen étnico, entre otras variables.

    Sin embargo, los factores más persistentes que impiden que niñas y mujeres tengan roles de liderazgo, decidan y prosperen a la par de los niños y los hombres son las normas sociales, los estereotipos y el sexismo. Los estudios disponibles y las experiencias de niñas y mujeres muestran que en muchos países las prácticas a nivel del hogar subordinan a las mujeres incluso cuando están educadas, aun cuando están dentro del mercado laboral e incluso cuando desempeñan roles en el gobierno. Dado que lo personal es político, como dice el eslogan del movimiento feminista de la década del ‘60, la igualdad de género y los derechos de niñas y mujeres deben ser una prioridad para la política, la economía, las prácticas y las normas sociales, y esto comienza en casa. Si el objetivo es cumplir por completo la promesa de la igualdad de género para 2030, no puede ser un mero adorno.

    En un análisis retrospectivo de 2019, ¿cuáles dirías que han sido los principales éxitos y desafíos en la lucha por la igualdad de género y los derechos de las mujeres?

    El ascenso de líderes autoritarios y el establecimiento de gobiernos de derecha están preparando un terreno fértil para la violencia y la discriminación contra niñas y mujeres. En los últimos años hemos observado retrocesos y ataques contra las victorias obtenidas con tanto esfuerzo para garantizar los derechos de las niñas y las mujeres tanto en el norte global como en el sur global. Últimamente los conflictos y las crisis humanitarias se han vuelto más complejos y prolongados, y en esos contextos las mujeres y niñas enfrentan los mayores riesgos. Desafortunadamente, la discriminación, la pobreza y la violencia todavía están presentes en las vidas de niñas y mujeres de todo el mundo. Da la impresión de que la misoginia, acompañada de racismo, está en aumento, mientras que el espacio para la sociedad civil se está contrayendo cada vez más.

    Sin embargo, en todo el mundo, las niñas y las mujeres están alzando la voz, colaborando y mostrando solidaridad, y no están dispuestas a esperar más por el cambio y la justicia de género. En esto, las organizaciones de derechos de las mujeres y las líderes feministas, ¡juegan un papel vital! Desafían el statu quo y están en la primera línea insistiendo en que otro mundo es posible.

    Soy consciente de que cuando menciono solamente algunos éxitos, es posible que no esté haciendo justicia a tantas otras victorias obtenidas. Sin embargo, considero que los principales éxitos han sido diversos e inspiradores: incluyen, por ejemplo, el nombramiento de la primera mujer para dirigir la Comisión Europea en toda su historia; el rol de las manifestantes de sudanesas en el liderazgo del movimiento prodemocracia; la cantidad de mujeres jóvenes que lideran el movimiento ambientalista; la resistencia encarnada por niñas y mujeres en todos los continentes. Están desafiando el statu quo y se ponen a la vanguardia para insistir en que otro mundo es posible.

    Sus acciones no solo están cambiando las leyes y las regulaciones y trayendo a la mesa nuevos acuerdos, como el Acuerdo Verde Europeo de la UE y la ambición de tener representación paritaria en todas las instituciones de la UE, sino que también están cambiando las normas sociales y están contribuyendo a una “nueva normalidad” en cuyo marco las niñas y las mujeres también pueden dar forma a nuestro mundo.

    Has estado personalmente involucrada en la iniciativaFair Share. ¿Cuál sería una “porción justa” de representación y liderazgo femeninos, y por qué es importante alcanzarla?

    Fair Share of Women Leaders es una OSC que busca probar y mostrar nuevas formas de gobernanza que reflejen los valores y principios feministas y superar algunas de las consecuencias del desequilibrio de poder, la jerarquía y la burocracia que caracterizan a los mecanismos tradicionales de gobernanza. Presionamos por una representación proporcional de las mujeres en roles de liderazgo en el sector social, un objetivo que queremos alcanzar como mucho hacia 2030.

    Aunque representan casi el 70% de la fuerza laboral mundial de impacto social, las mujeres ocupan menos del 30% de los principales puestos de liderazgo en sus organizaciones. Esta falta de voces diversas en los puestos clave de toma de decisiones socava el impacto de las organizaciones para lograr el ODS 5. A raíz de #MeToo y una serie de escándalos de abuso sexual en la sociedad civil, muchas organizaciones han tenido que repensar sus estrategias. Nuestra esfera necesita comenzar a promover sistemáticamente el liderazgo de las mujeres como motor del cambio.

    Por supuesto, hay que reconocer que muchas cosas están cambiando para mejor dentro de la sociedad civil. Algunas OSC se han comprometido a desarrollar una cultura organizacional y de liderazgo que valore la representación igualitaria de género, la diversidad y la toma de decisiones participativa, pero todavía nos queda un largo camino por recorrer para lograr la igualdad de género. Tenemos que estar a la altura de nuestros valores si queremos reclamar legítimamente un cambio positivo en el mundo. Tenemos que ser el cambio si deseamos verlo.

    Para impulsar este cambio, Fair Share monitorea el número de mujeres en posiciones de liderazgo para forzar a la sociedad civil a rendir cuentas; promueve el liderazgo feminista y moviliza a mujeres y hombres para crear organizaciones feministas; y busca crear oportunidades para mujeres de diversos orígenes económicos y sociales, nacionalidades y etnias que actualmente tienen menos probabilidades de llegar a posiciones de liderazgo.

    Get in touch withPlan International and itsEuropean Office through its websites, and follow@PlanEU and@SeeRap on Twitter.

     

  • DERECHOS DE LAS MUJERES: ‘Los grupos anti-derechos buscan arrebatarnos derechos adquiridos’

    Teresa Fernandez ParedesEn el marco de nuestro informe temático 2019, estamos entrevistando a activistas, líderes y expertos de la sociedad civil acerca de su experiencia frente al avance de los grupos anti-derechos y sus estrategias para fortalecer las narrativas progresistas y la capacidad de respuesta de la sociedad civil. En esta oportunidad, CIVICUS conversa conTeresa Fernández Paredes, abogada especializada en Derecho Público Internacional e integrante de la Dirección Legal de Women’s Link. Con oficinas en Colombia, España y Kenia, Women’s Link defiende y promueve los derechos de las mujeres y aspira a generar cambios estructurales a través del litigio estratégico.

    ¿A qué se dedica Women’s Link y cuáles son sus áreas de trabajo?

    Women’s Link es una organización internacional que utiliza el derecho – en su mayoría somos abogadas – para promover cambios sociales estructurales que avancen los derechos de las mujeres y niñas, y sobre todo de las que se encuentran en mayor estado de vulnerabilidad, tales como mujeres migrantes o mujeres que ven limitado el ejercicio de sus derechos en razón de su etnia, edad o condición socioeconómica, entre otros factores.

    Trabajamos desde Madrid, en España; Bogotá, en Colombia y Nairobi, en Kenia. Aplicamos al derecho un análisis de género y un análisis interseccional para ampliar y mejorar los derechos de las mujeres y las niñas. Trabajamos en algunas áreas específicas, como los derechos sexuales y reproductivos, donde combatimos a los grupos anti-derechos. También nos enfocamos en la trata de seres humanos, y sobre todo en la trata de mujeres con funciones de explotación sexual o servidumbre doméstica y en las vulneraciones de derechos que sufren las mujeres en contextos de migración o de justicia transicional. Y finalmente nos concentramos en la discriminación, como un tema transversal a todos los demás. Usamos varias estrategias: además de litigios estratégicos, hacemos capacitaciones judiciales y publicaciones, entre otras cosas.

    ¿Cuáles son actualmente sus principales ejes de trabajo en América Latina?

    Una de nuestras principales líneas de trabajo en América Latina es el acceso a los derechos sexuales y reproductivos en sentido amplio. En este momento, en el contexto de la ola migratoria venezolana, estamos trabajando en el vínculo entre migración y falta de acceso a estos derechos. Concretamente, examinamos cuestiones tales como los efectos que tiene sobre el goce de estos derechos el estatus migratorio irregular, o la situación de las fronteras como espacios de no-derecho.

    El trabajo en Venezuela ha sido un gran desafío, dada la situación que atraviesa el país. Lo que hacemos, en este y en todos los casos, es aplicar los estándares del derecho internacional al contexto local. Pero es importante tener en cuenta que generalmente el derecho – y no solamente el derecho interno de los países, sino también el derecho internacional de los derechos humanos - es muy androcéntrico. La normativa se ha ido desarrollando a lo largo de los años alrededor de la imagen del hombre blanco como sujeto universal.

    Nuestra aproximación al derecho es estirarlo para que dé cabida a las experiencias de las mujeres, porque en el marco de los derechos humanos los temas de las mujeres suelen quedar de lado. En el contexto de Venezuela, trabajamos mucho con el sistema interamericano de derechos humanos. Por ejemplo, recientemente pedimos una medida cautelar para una maternidad en la que morían muchas madres y niños. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos emitió la cautelar, pero en el contexto actual parece es difícil que se cumpla. Sin embargo, sirve para llamar la atención sobre la situación específica que viven mujeres y niñas. Y todo este trabajo sirve también para entender porqué las mujeres se van de Venezuela - qué las impulsa a ellas, en tanto que mujeres, a iniciar los tránsitos migratorios; y qué necesidades tienen cuando llegan a países de tránsito y de destino.

    Además de trabajar en Venezuela, varios de nuestros proyectos se centran en garantizar que las experiencias concretas de las mujeres y sus voces se escuchen en el proceso de paz en Colombia. Lo hacemos sobre todo desde nuestra oficina en Bogotá, y siempre en conjunto con organizaciones comunitarias, para intentar que las voces de las personas que están en las fronteras lleguen a los tomadores de decisiones.

    En los últimos años se ha observado avances de los grupos anti-derechos, en América Latina y más allá. ¿Han enfrentado reacciones o ataques de estos grupos en el curso de su trabajo?

    El contexto en que trabajamos está fuertemente marcado por el auge de grupos anti-derechos que se dicen movilizados contra lo que ellos llaman “ideología de género”. Pero no es un fenómeno nuevo: los grupos anti-derechos se han venido articulando con gran efectividad desde los años ’90. Tienen mucho dinero y una cosa que hacen mejor que los grupos de izquierda es articularse de manera muy efectiva entre ellos; aunque aborden distintos temas encuentran el punto en común. Por ejemplo, se han articulado muy bien para poner sobre la mesa el tema de la ideología de género, presentándolo en todos los espacios y consiguiendo que, algo que ni siquiera era un concepto, se convirtiera en un tema global. Han conseguido posicionarlo en la agenda, cosas que es más difícil de hacer desde la izquierda, donde hay más discusión en torno de los temas y cuesta más articularse y hablar con una sola voz. De ahí que todavía no tengamos una respuesta única y contundente para los embates en nombre de la “ideología de género”.

    Los grupos anti-derechos buscan arrebatarnos derechos adquiridos. Y lo hacen utilizando el mismo discurso que han empleado con éxito los grupos de derechos humanos. Hablan de derechos humanos y se presentan como víctimas. Incluso presentan a las feministas como agentes diabólicos, dándole al feminismo más poder del que se podría creer que tiene en determinados espacios. Por nuestra ubicación en tres regiones, desde Women’s Link vemos claramente que las mismas estrategias se repiten en distintos lugares. Están utilizando estrategias coordinadas, alimentadas con muchísimo dinero y con apoyo global. Como utilizan el lenguaje de los derechos humanos, cada vez tienen más representación legal, y han comenzado a ocupar sitios en lugares estratégicos, donde están los tomadores de decisión, como en las Naciones Unidas y en la Organización de Estados Americanos.

    ¿Cómo puede actuar la sociedad civil progresista para poner freno a estos avances?

    Frente a estos ataques es importante actuar rápido a través del derecho. Hay que seguir trabajando para fortalecer el marco de derechos, blindándolo frente a estos ataques. Debemos pensar no solo estrategias de defensa, sino también estrategias proactivas para ampliar el marco de derechos, o cuanto menos para quitarles a los grupos anti-derechos espacio para moverse.

    Hay discusiones aún no saldadas sobre las que hay mucho que trabajar, como el tema de la libertad de expresión versus los discursos de odio. Paradójicamente, para difundir su mensaje los grupos anti-derechos se están apoyando en uno de los temas-estandarte de la izquierda, la libertad de expresión.

    Con todo, para que se generen cambios sociales duraderos, no podemos quedarnos en el derecho y los tribunales. Lo que necesitamos son casos que movilicen, generen debate público e instalen un verdadero cambio en la sociedad. En ese sentido hay movimientos esperanzadores, como el #MeToo y la Marea Verde en Argentina. Es decir, estamos viendo dos procesos contrapuestos: por un lado, crecen los grupos anti-derechos; por el otro, se genera una fuerte movilización desde las bases y desde la juventud en torno de estos temas. Tal fue el caso de la Marea Verde, que generó una movilización sin precedentes mientras se tramitaba en el congreso argentino un proyecto de legalización del aborto. Sin duda, es muy posible que los procesos estén interconectados y uno sea consecuencia del otro.

    Estos movimientos sociales generan un panorama esperanzador. Ante el intento de retroceder en derechos adquiridos, hay una masa muy activa que dice “mira, esto ya es un derecho adquirido, ya no lo puedes quitar”. Ya no se puede ir para atrás: en adelante puedes ampliar el marco, pero no lo puedes reducir.

    Además de los ataques de los grupos anti-derechos, ¿qué otros desafíos enfrenta la sociedad civil que promueve derechos de las mujeres?

    Para las organizaciones de base, la falta de recursos puede ser una gran limitación. Y a nosotras se nos presenta el desafío de cómo articularnos con estas organizaciones, sobre todo en contextos de gran urgencia como puede ser el de los movimientos masivos de movilidad humana.

    Women’s Link se dedica a identificar situaciones estructurales donde se vulneran derechos de las mujeres y a diseñar estrategias jurídicas para generar un cambio estructural transformador. Mientras tanto, las organizaciones de base – por ejemplo, en la frontera entre Colombia y Venezuela – están asumiendo cada vez más, y en condiciones de urgencia, funciones que deberían ser desempeñadas por el Estado. En estos contextos, la mayor parte de la respuesta a los problemas está proviniendo de organizaciones de la sociedad civil.

    Estas organizaciones de base están respondiendo a una situación muy urgente y las necesidades que tienen las mujeres con que ellas trabajan son muy inmediatas, y sin embargo lo que podemos hacer desde Women’s Link es apoyarlas desde el litigio estratégico, que suele llevar mucho tiempo.

    Pero más allá de las dificultades de trabajar con recursos escasos, es vital articular esas relaciones, porque el aporte que Women’s Link tiene para hacer no serviría de nada sin el trabajo que hacen las organizaciones de base y sin, por supuesto, la voz y el apoyo de las mujeres.

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  • El Salvador es uno de los pocos países que aún no han decidido que la vida de las mujeres importa

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    CIVICUS conversa con Sara García Gross, Coordinadora Ejecutiva de la Agrupación Ciudadana por la Despenalización del Aborto Terapéutico, Ético y Eugenésico de El Salvador e integrante de la Red Salvadoreña de Defensoras de Derechos Humanos. Fundada en 2009, Agrupación Ciudadana es una organización de la sociedad civil multidisciplinaria que busca generar conciencia para cambiar la legislación sobre la interrupción del embarazo en el país; defender legalmente a las mujeres que han sido acusadas o condenadas o por abortos o delitos relacionados; y promover la educación en materia de salud sexual y reproductiva.

     

  • GRUPOS ANTI-DERECHOS: ‘Su verdadero objetivo es eliminar todas las políticas de género del Estado’

    Diana CariboniEn el marco de nuestroinforme temático 2019, estamos entrevistando a activistas, líderes y expertos de la sociedad civil acerca de sus experiencias y acciones ante el avance de los grupos anti-derechos y sus estrategias para fortalecer las narrativas progresistas y la capacidad de respuesta de la sociedad civil. En esta oportunidad, CIVICUS conversa con Diana Cariboni, periodista y escritora argentina radicada en Uruguay, ganadora del Premio Nacional de Prensa Escrita 2018 y autora de varias notas de periodismo de investigación sobre los grupos anti-derechos en América Latina.

     ¿Podrías contarnos acerca de tu experiencia en el Congreso Iberoamericano por la Vida y la Familia?

    En el año 2018 cubrí la conferencia de este grupo regional – en realidad iberoamericano, ya que tiene miembros en toda América Latina y también en España. Es un grupo grande que quiere ser un movimiento. Es uno de los tantos, porque hay muchos otros, que además se entrecruzan, ya que miembros del Congreso Iberoamericano también forman parte de otros movimientos e interactúan dentro de ellos, al tiempo que están en los consejos de distintas organizaciones.

    Yo empecé investigando a este grupo porque se reunió aquí en Punta del Este, Uruguay, a fines de 2018, y venía precedido de algunos incidentes que me llamaron la atención. Los sectores más importantes que yo logré identificar dentro de este movimiento son, en primer lugar, una enorme cantidad de representantes de iglesias evangélicas y, dentro del evangelismo, del neopentecostalismo, aunque también incluye a iglesias bautistas e iglesias evangélicas no pentecostales.

    Además de estas iglesias está representada la plataforma Con Mis Hijos No Te Metas, que surgió en Perú en el año 2016, integrada por una serie de personajes que son cristianos evangélicos. Algunos de ellos son pastores de iglesias y algunos son también actores políticos; por ejemplo, hay una gran cantidad de diputados del Congreso de Perú. Justamente, los legisladores son otro sector importante del Congreso Iberoamericano. En muchos países hay legisladores que son pastores o miembros de iglesias: ocurre en Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Costa Rica, Guatemala, Paraguay, Perú y Uruguay. Estos actores están tratando de articular un movimiento legislativo regional. El Congreso Iberoamericano lleva cierto tiempo trabajando en el área legislativa y coordinándose y haciendo declaraciones sobre determinados temas.

    México también es un foco importante porque el fundador del Congreso Iberoamericano es un mexicano, Aaron Lara Sánchez. El movimiento ha articulado espacios de comunicación como Evangélico Digital, que integra un grupo de medios digitales originado en España. También ha creado o quiere crear una especie de grupo de estudios, porque a todo esto le quieren dar un barniz científico, y en sus conferencias participan médicos, abogados, expertos en biología y en genética; todos ellos argumentan la concepción religiosa de que la familia solo puede estar integrada por un hombre y una mujer, que los únicos sexos posibles son el masculino y el femenino y que la persona humana se genera en el momento de la concepción; de ahí su oposición frontal al aborto. Están articulando un discurso pseudo científico para fundamentar estos argumentos a pesar de que la investigación científica indica otras cosas. Su objetivo es construir un discurso que no sea visto tan como de la Edad Media; por eso buscan converger con el sentido común del siglo XXI y hablan de ciencia y de Estado laico, aunque no sea más que un barniz superficial. Por su parte, el discurso de Con Mis Hijos No Te Metas cuaja bien con el sentido común, porque es una apelación muy fuerte a la familia y les dice a las madres y a los padres que tienen derecho a decidir qué educación reciben sus hijos en las escuelas.

    ¿Caracterizarías a estos grupos como anti-derechos?

    Efectivamente, porque su verdadero objetivo es eliminar todas las políticas de género del Estado. De hecho, yo entrevisté al fundador de Con Mis Hijos No Te Metas, Cristian Rosas, quien me decía: ‘Nosotros empezamos por la educación sexual porque era lo que más movilizaba a la gente, porque se refiere a sus hijos, pero lo que en realidad nosotros queremos es eliminar el género, la palabra género, en Perú y en el mundo entero’. El tema es que detrás de esa palabra, género, está el asunto crucial del reconocimiento de las identidades y la búsqueda de equidad: las luchas de las mujeres por terminar con su discriminación y subordinación y las luchas de las comunidades LGBTQI por gozar de los mismos derechos y garantías que tiene el resto de la población. Ellos dicen que estas luchas son innecesarias porque nuestras constituciones ya dicen que todos somos iguales ante la ley, entonces para qué establecer leyes o estatutos especiales para las personas LGBTQI. Lo que pasan por alto es que las personas LGBTQI, y en particular algunas de ellas como las personas trans, no acceden efectivamente a esos derechos ni a las condiciones de una existencia digna. Ellos se empeñan en ignorar esto, y en cambio sostienen que lo que las personas LGBTQI están buscando es que el Estado les financie sus estilos de vida.

    En Uruguay vimos recientemente un ejemplo de política anti-derechos promovida por estos sectores. Un diputado católico suplente del Partido Nacional, un diputado evangélico neopentecostal, también del Partido Nacional, y el líder de la iglesia evangélica más numerosa del Uruguay, que también es neopentecostal – todos ellos miembros del Congreso Iberoamericano por la vida y la Familia - llevaron adelante una campaña para derogar la Ley Integral para Personas Trans. De hecho, la campaña de recolección de firmas se anunció durante aquel congreso de Punta del Este.

    ¿Quiénes eran las personas que participaban en ese congreso? Por tu descripción, parecería un encuentro más de cúpulas que de masas.

    No es la feligresía la que se reúne en este caso, sino que son pastores, dirigentes, políticos, líderes de opinión, influencers que buscan aprovechar el lenguaje y los códigos con que se comunica una buena parte de la población, y sobre todo los jóvenes. Pero aún así, era un encuentro de unas 400 personas.

    Este evento era cerrado, no podía entrar la prensa; yo me inscribí como una participante más, pagué la inscripción de 150 dólares y entré sin que los organizadores supieran que yo estaba cubriendo el evento como periodista. Además de pagar tuve que mudarme a Punta del Este por tres días, quedarme en un hotel y convivir con esta gente de la mañana a la noche. Por momentos se volvía un poco asfixiante porque la forma en que ellos desarrollan sus actividades no es la misma que en un congreso o una conferencia comunes, donde vos escuchás las presentaciones en los paneles, tomás nota y estás sentada en un auditorio junto con otras personas que hacen más o menos lo mismo. En este caso todas las instancias, incluso los paneles, se mezclaban con oraciones religiosas y plegarias en estilo evangélico. Este no es como la misa católica, que está muy coreografiada, con el sacerdote en el rol protagónico, donde ya se sabe más o menos lo que va a decir y la feligresía responde con determinadas frases en momentos pautados, se sienta, se para y nada más. La experiencia evangélica es muy diferente: la gente habla, grita, levanta los brazos, se mueve, se toca. El pastor les da instrucciones, pero aún así todo es mucho más participativo. Se me hizo difícil pasar desapercibida, pero lo conseguí.

    Además logré obtener un buen registro de lo que ocurría, lo cual no estaba permitido. Había muchísima vigilancia, me hubieran echado si se hubieran dado cuenta. Lo supieron cerca del final: a último momento decidieron organizar una conferencia de prensa y prácticamente no había ningún medio que no fuera de ellos. Yo no sabía si ir o no, pero al final decidí hacerlo, porque al fin y al cabo ya había asistido a todas las sesiones. Estuvo también un periodista del semanario Búsqueda. Allí me permitieron hacer entrevistas y me dijeron que solo podía publicar lo de la rueda de prensa, pero no lo que había escuchado dentro del congreso. Por supuesto, no había nada que pudieran hacer para impedirlo y mi artículo ‘El género es el nuevo demonio’ salió publicado en Noticias poco después.

    Estar allí adentro me permitió entender algunas cosas. Ciertamente, hay intereses muy poderosos, religiosos y políticos, detrás de las campañas anti-derechos. Pero también hay expresiones religiosas genuinas, distintas formas de abordar la vida, sectores ultraconservadores que experimentan un auténtico rechazo hacia la vida del siglo XXI. Lo que observé en este congreso es el tremendo extrañamiento que alguna gente siente respecto del mundo actual, una realidad que difícilmente pueda volver atrás, pero que ellos sienten completamente ajena: la realidad del matrimonia igualitario, de las relaciones interpersonales y sexuales diversas, la de la educación sexual, el placer y las drogas, la libertad de elegir y el aborto. Esto hay que reconocerlo: hay sectores de nuestras sociedades que no se sienten parte de este mundo del siglo XXI y así reaccionan ante estos avances, que ellos interpretan como degradación y corrupción.

    Estos grupos tienen un discurso nacionalista que percibe a los Estados nacionales y a los pueblos como sometidos a dictados foráneos que se consideran malignos, incluso como mensajes del diablo o del demonio. El mal se encarna en una serie de instituciones descriptas como imperialistas: las Naciones Unidas, la Organización de Estados Americanos, el sistema interamericano de derechos humanos, los organismos internacionales de crédito, la Organización Mundial de la Salud.

    ¿No es por lo menos curioso que apelen al nacionalismo cuando ellos mismos se organizan en redes transnacionales y están activos en el terreno internacional?

    En el marco de esta batalla cultural que se está librando a nivel internacional, lo que estos grupos no ven es que ellos también son actores en el terreno internacional, aunque más no sea con el objeto de debilitar el alcance del derecho internacional. Apuntan contra los órganos que supervisan los tratados y convenciones, por ejemplo la Convención Americana de Derechos Humanos o la Convención sobre la Eliminación de todas formas de Discriminación contra la Mujer; dicen que se trata de comités de expertos cuyas sus recomendaciones no necesitan ser tenidas en cuenta por los Estados cuando contravienen su derecho interno.

    Una discusión reciente en este terreno se generó en torno de la opinión de la Corte Interamericana de Derechos Humanos ante una consulta de Costa Rica acerca de la identidad de género y el matrimonio igualitario. Costa Rica le preguntó a la Corte si en virtud de la Convención Americana de Derechos Humanos estaba obligado a reconocer la identidad de género de las personas y los derechos patrimoniales de las parejas del mismo sexo. En respuesta, la Corte IDH le dijo a Costa Rica, y por lo tanto a todo el continente, que se trata de derechos protegidos por la Convención. A partir de allí se dio una discusión muy fuerte, porque para los sectores anti-derechos se trató de un caso de un órgano internacional que actúa por encima de los Estados, las constituciones y las leyes nacionales.

    Mencionabas que en el Congreso Iberoamericano por la Vida y la Familia había muchos políticos de diferentes países. ¿Te parece que estos grupos quieren gobernar y se están preparando para llegar al poder? De ser así, ¿Cuál es su estrategia para lograrlo?

    Ante todo, sí creo que hay una voluntad de gobernar, que tiene que ver con la evolución del movimiento neopentecostal surgido en los Estados Unidos y luego expandido por todo el continente. El argumento es simple: Si nosotros somos la luz del mundo y la sal de la tierra, estamos llamados a tener un impacto, tenemos que gobernar porque somos los elegidos para ello.

    Ahora bien, las estrategias son diversas. Predomina el pragmatismo, de modo que la estrategia depende mucho del contexto. En algunos casos crean partidos propios - religiosos, evangélicos o ultraconservadores - en los que se sientan representados; en otros casos optan por presentar candidaturas a través de distintos partidos. Actualmente en Argentina, por ejemplo, hay candidaturas de este tipo prácticamente en todos los partidos, excepto la izquierda más radical; están tanto en el oficialismo como en la principal coalición opositora. Además hay un pequeño partido formado recientemente, el Frente NOS, fundado sobre la base del rechazo de la ideología de género en el contexto del debate legislativo sobre la legalización del aborto, pero que en las primarias no sacó casi votos. No creo que logre demasiado en las elecciones; en cambio tendrán éxito muchas candidaturas que están en distintas listas, tanto a nivel federal como las provincias.

    Otra estrategia complementaria es la de insertarse en los gobiernos desde los niveles más bajos, sobre todo en los países con estructura federal, donde pueden acceder a cargos de dirección en las áreas de salud, educación o justicia; de ahí la estrategia de formar expertos - abogados, juristas, expertos en bioética – que puedan integrarse en distintos espacios de la administración pública. Eso lo veo mucho en Argentina.

    En el caso de Uruguay estos sectores están bastante concentrados en un sector del Partido Nacional, que ya tiene algunos diputados evangélicos y neopentecostales y es muy probable que en las próximas elecciones sean algunos más. Creo que es muy probable que de las elecciones de octubre de 2019 en Uruguay emerja una bancada evangélica. También hay algunas figuras similares en los otros partidos, aunque son mucho menos visibles.

    También en Uruguay ha surgido un fenómeno nuevo, bajo la forma del partido Cabildo Abierto, encabezado por un ex jefe del Ejército, el primero en declararse como partido anti-ideología de género. Es un fenómeno nuevo porque los líderes y principales figuras del Partido Nacional, que es el que hasta ahora cobijaba a la mayoría de estos personajes, no apoyan estas posturas. Aunque es un partido nuevo y pequeño, las encuestas le dan a Cabildo Abierto entre 7 y 10% de intención de voto, o sea que posiblemente elegirá a algunos diputados, y tendremos un partido que tiene una posición de bloque.

    ¿Te parecen especialmente preocupantes estos avances en un país como Uruguay, descripto a menudo como el más laico de América Latina?

    Sucede que el voto confesional no es automático. En argentina la feligresía evangélica es un porcentaje importante de la población y está creciendo, pero en este momento hay apenas diputado evangélico en el Congreso Nacional. Más o menos lo mismo podría decirse sobre la mayoría de los países: la población que se declara de determinada religión no necesariamente vota a candidatos de esa religión. En otras palabras, el voto confesional, que es lo que estos sectores pretenden instalar, no está teniendo éxito de manera automática en todos los países. En Brasil el voto confesional ha avanzado sustancialmente, pero este avance llevó décadas, además de que se relaciona con características propias del sistema electoral brasileño de listas abiertas que permitió que este tipo de candidaturas se fuera desparramando por muchos partidos, incluido el Partido de los Trabajadores cuando era gobierno. Este crecimiento cuajó en el importante apoyo que prestaron los sectores evangélicos a la candidatura del presidente Jair Bolsonaro, cuyo triunfo también alimentó a la bancada evangélica.

    En suma, una cantidad de factores inciden en cómo se vota en determinado momento y las personas no necesariamente se guían por el credo religioso del candidato a la hora de votar. Pero esto es algo que se podría poner en cuestión en estas elecciones. En Argentina y en Uruguay hay elecciones en octubre, el mismo día; en Bolivia una semana antes; y también en octubre hay elecciones regionales en Colombia, con muchos candidatos de este tipo en distintas formaciones. Pronto tendremos un panorama de cómo evoluciona el voto confesional en cada país. Es un tema que hay que observar de cerca para saber si se trata de un fenómeno lineal en acenso, de un proceso con avances y retrocesos, o de un fenómeno que está tocando un techo.

    Contáctese con Diana Cariboni a través de su página deFacebook y siga a@diana_cariboni en Twitter. 

     

  • Líbano: ‘El cambio comienza cuando se les pasa el micrófono a las organizaciones feministas de base’

    En vísperas del 25º aniversario de laPlataforma de Acción de Beijing, que se cumple en septiembre de 2020, CIVICUS está entrevistando a activistas, líderes y expertas de la sociedad civil para evaluar los progresos conseguidos y los desafíos que aún debemos sortear. Adoptada en 1995 en la CuartaConferencia Mundial sobre la Mujer de las Naciones Unidas (ONU), la Plataforma de Acción de Beijing persigue los objetivos de eliminar la violencia contra las mujeres, garantizar el acceso a la planificación familiar y la salud reproductiva, eliminar las barreras para la participación de las mujeres en la toma de decisiones, y proporcionar empleo decente e igual remuneración por igual trabajo. Veinticinco años más tarde, se han producido progresos significativos pero desparejos, en gran medida como resultado de los esfuerzos incesantes de la sociedad civil, pero ningún país ha logrado todavía la igualdad de género.

    CIVICUS y laRed Árabe de ONG para el Desarrollo (Arab NGO Network for Development, ANND) conversan con Hayat Mirshad, periodista y activista feminista y jefa de comunicaciones y campañas del Encuentro Democrático de Mujeres Libanesas (RDFL), una organización de la sociedad civil (OSC) feminista y secular que defiende los derechos de las mujeres. Fundada en 1976 y basada en el voluntariado, RDFL es una de las organizaciones feministas más antiguas del Líbano. Lucha por la eliminación de la violencia de género y de todas las formas de discriminación y busca lograr el reconocimiento de la ciudadanía plena de las mujeres. Ha lanzado varias campañas exitosas, entre ellas la campaña #NoAntesdelos18 (#NotBefore18) de 2017, que resultó en la presentación de un proyecto de ley, actualmente bajo consideración parlamentaria, para establecer en 18 años la edad mínima para contraer matrimonio.

     

  • LÍBANO: ‘Esta crisis debe manejarse con una visión feminista’

    CIVICUS conversa con Lina Abou Habib, una activista feminista basada en Beirut, Líbano, acerca de la respuesta de la sociedad civil a la emergencia causada por la explosión del 4 de agosto de 2020. Lina enseña Feminismos Globales en la Universidad Americana de Beirut, donde integra el Instituto Asfari, y preside el Colectivo de Investigación y Capacitación en Acción para el Desarrollo, una organización feminista regional que trabaja en Medio Oriente y África del Norte. También se desempeña en la junta de Gender at Work y como asesora estratégica del Fondo Mundial para la Mujer en Medio Oriente y África del Norte.

    Lina Abou Habib

    ¿Podría contarnos acerca del momento en que ocurrió la explosión?

    La explosión de Beirut ocurrió el 4 de agosto de 2020, alrededor de las 18:10 hora de Beirut. Yo estaba en mi casa y desde hacía una hora que sabía que se había producido un gran incendio en el puerto de Beirut. Cuando el fuego empezó a extenderse, el cielo se oscureció a causa del humo. Yo estaba mirando hacia afuera, y lo primero que sentí fue una sensación aterradora, similar a un terremoto, y apenas una fracción de segundo más tarde ocurrió una gran explosión. Los vidrios a mi alrededor se hicieron añicos. Me tomó un par de minutos comprender lo que acababa de suceder. Lo primero que todos hicimos fue llamar a nuestras familias y amigos cercanos para asegurarnos de que estaban bien. Todo el mundo estaba en un estado de completa incredulidad. La explosión fue tan poderosa que cada uno de nosotros sintió que había sucedido justo a nuestro lado.

    ¿Cuál fue la respuesta inmediata de la sociedad civil?

    Es importante subrayar que junto con la respuesta de la sociedad civil también hubo una respuesta individual. La gente salió a las calles para intentar ayudar a los demás. Nadie confiaba en que el Estado fuera ayudar de ninguna manera; de hecho, el Estado era el responsable de lo sucedido. Las personas asumieron la responsabilidad de ayudarse unas a otras, lo cual supuso abordar problemas inmediatos, tales como despejar las calles de escombros y hablar con otras personas para averiguar qué necesitaban, por ejemplo refugio y comida. Cerca de 300.000 personas se habían quedado sin hogar y lo habían perdido todo en una fracción de segundo. Hubo una reacción extraordinaria por parte de gente común que se dispuso a ayudar: personas con escobas y palas comenzaron a quitar los escombros y a distribuir alimentos y agua. La indignación se convirtió en solidaridad.

    Se trató de un momento de gran empoderamiento, que aún continúa. En este mismo momento hay personas voluntarias y organizaciones de la sociedad civil (OSC) que básicamente están haciéndose cargo de la situación y no solo brindan ayuda inmediata, sino que también ofrecen toda clase de apoyos a la gente en dificultades.

    Sin embargo, estos actos de solidaridad y cuidado también han sido criticados. La principal crítica ha sido que son contraproducentes porque eximen al Estado de cumplir con sus obligaciones y hacer sus deberes. Entiendo esta crítica, pero no estoy de acuerdo con ella. Para mí, los actos de solidaridad realizados por la sociedad civil y la gente común constituyeron nuestras principales historias de éxito, historias de poder y resistencia de las que es bueno hablar. Es necesario resaltar la respuesta inmediata brindada individualmente por las mismas personas que habían experimentado daños o habían perdido mucho. Las propias comunidades de trabajadores migrantes, que viven en condiciones extremas de explotación, racismo y abuso, salieron a limpiar los escombros y ayudar a otras personas. No creo que debamos ignorar el significado de estos actos de solidaridad.

    El Líbano ya estaba atravesando una profunda crisis económica, que se vio agravada aún más por la pandemia de COVID-19 y la explosión. ¿Cuáles fueron los grupos más afectados?

    Los peores efectos los sintieron quienes ya se encontraban en las situaciones más vulnerables. Un claro ejemplo de múltiples formas de discriminación que se superponen y se refuerzan entre sí es la situación de las trabajadoras migrantes en el Líbano. No es una situación nueva, sino que ya lleva décadas. Primero, las mujeres migrantes trabajan en el ámbito privado, lo cual las torna aún más invisibles y vulnerables. En segundo lugar, no hay absolutamente ninguna regla que sea obligatorio seguir para contratarlas, por lo que básicamente están a merced de sus empleadores. Se les mantiene en condiciones de cuasi esclavitud sobre la base de los denominados “contratos de patrocinio”. El aire mismo que respiran depende de la voluntad de sus empleadores y están completamente atadas a ellos. En resumen, se trata de una población de mujeres procedentes de países pobres del sur global que se desempeñan como trabajadoras domésticas y cuidadoras, posiciones que las vuelven increíblemente vulnerables al abuso. No hay leyes que las protejan, y siempre ha sido así. Por tanto, son quienes acaben siendo dejadas atrás cuando ocurre una crisis de seguridad o una crisis política.

    Tres hechos consecutivos afectaron su situación. El primero fue la revolución que se inició el 17 de octubre de 2019, un momento increíblemente importante que fue la culminación de años de activismo, y en el que también participaron las trabajadoras migrantes, que fueron apoyadas, sostenidas y orientadas por jóvenes feministas libanesas. Como resultado de ello, hubo en el seno de la revolución trabajadoras migrantes que se rebelaron contra el sistema de patrocinio, que las priva de su humanidad y las expone a condiciones de trabajo equivalentes a la esclavitud, y exigieron trabajo decente y una vida digna.

    A ello se sumaron el colapso económico y la pandemia de COVID-19, los cuales sobrevinieron cuando aún continuaban las protestas. Como resultado de la crisis económica, algunas personas optaron por no pagar los salarios de trabajadores domésticos y migrantes o, lo que es peor, simplemente se deshicieron de ellos dejándoles en la calle durante la pandemia.

    Y luego ocurrió la explosión del puerto de Beirut, que nuevamente afectó particularmente a los trabajadores migrantes. Fue una sucesión de crisis que afectaron ante todo a los trabajadores migrantes, y en particular a las mujeres, porque ya se encontraban en condiciones precarias en las que sufrían abusos, su trabajo se daba por descontado y eran luego descartados en las calles, olvidados por sus embajadas e ignorados por el gobierno libanés.

    Como activista y feminista, ¿cómo evalúa la respuesta del gobierno ante la explosión?

    No ha habido una respuesta responsable de parte del gobierno. Ni siquiera llamaría “gobierno” a esto que tenemos, sino “régimen”. Es una dictadura corrupta, un régimen autoritario que sigue simulando ser democrático e incluso progresista. El régimen dice ser la encarnación de la reforma, pero nunca la lleva a cabo. Por ejemplo, diez días después de la revolución, en octubre de 2019, el presidente se dirigió a la nación y nos prometió una ley civil de familia igualitaria, algo que las activistas feministas hemos exigido durante décadas. Fue toda una sorpresa, pero resultó que no era en serio, ya que no se ha hecho nada al respecto. Las autoridades simplemente dicen lo que creen que la gente quiere escuchar, y parecen estar convencidas de que la ciudadanía es demasiado ignorante para darse cuenta.

    De modo que debemos situar la respuesta a la explosión en el contexto del reciente levantamiento. La respuesta del gobierno a la revolución ha sido no reconocer los problemas que la gente señalaba: que había vaciado las arcas públicas, que seguía ejerciendo el nepotismo y la corrupción y, lo peor de todo, que estaba desmantelando las instituciones públicas. La única respuesta del gobierno ha sido cerrar el espacio de la sociedad civil y atacar las libertades de asociación y expresión y el derecho de protesta. He vivido en este país la mayor parte de mi vida y he pasado por una guerra civil, y creo que no hemos experimentado una represión de las libertades de la magnitud que estamos viendo ahora mismo bajo este régimen. Nunca habíamos visto que las personas fueran citadas por la policía o las instituciones de seguridad por algo que dijeron o publicaron en las redes sociales. Esto es exactamente lo que este régimen hace, y lo continúa haciendo. El presidente actúa como si tuviéramos una ley de lesa majestad y no acepta crítica alguna; quienes lo critican pagan por ello con su libertad. Es la primera vez que vemos a activistas detenidos por esta causa.

    En resumen, el régimen no ha hecho nada significativo en respuesta a la explosión. El hecho de que haya enviado al ejército a distribuir paquetes de ayuda alimentaria no tiene gran importancia. De hecho, se han negado a entregar artículos de ayuda alimentaria a personas no libanesas que fueron afectadas. Esto pone en evidencia la forma en que interactúan en este proceso sucesivas capas de corrupción, intolerancia y mala gestión.

    Tras la explosión, la gente volvió a salir a las calles a protestar. ¿Cree que las protestas han tenido algún impacto?

    El sábado siguiente a la explosión hubo gente protestando en las calles. Yo estaba allí y me asustó el despliegue de violencia de las fuerzas de seguridad.

    Ante tantas calamidades, la única razón por la que la gente no se ha volcado masivamente a las calles es la pandemia de COVID-19. En ese sentido, la pandemia ha sido para el régimen un regalo del cielo. Ha impuesto toques de queda, ha destruido las carpas que los revolucionarios habían armado en la Plaza de los Mártires y ha hecho arrestos y detenciones, todo ello con el pretexto de proteger a la gente del virus. Pero, por supuesto, no logra engañar a nadie. Los niveles de contagio aumentan en lugar de disminuir. El hecho de que el régimen sea tan corrupto que básicamente no tengamos un servicio de salud en funcionamiento, realmente no ayuda.

    Las limitaciones creadas por la pandemia y los temores de la gente por su propia salud están limitando seriamente las acciones contra el régimen; sin embargo, no creo que esto vaya a detener la revolución. La gente ya ha tenido suficiente. Mucha gente lo ha perdido todo. Y cuando te ponen contra la pared, no te queda otro lugar a donde ir como no sea hacia adelante. El régimen seguirá usando la fuerza bruta, seguirá mintiendo y administrando mal los fondos y los recursos, pero esto se está volviendo totalmente inaceptable para una porción cada vez mayor de la población.

    Creo que la movilización callejera ha tenido éxito en varios niveles. Uno puede estar en desacuerdo y señalar que el régimen todavía está en el poder, y es verdad que todavía tomará mucho tiempo para que caiga. Pero el éxito inmediato de las protestas fue que quebraron un tabú. Había una especie de halo o santidad en torno de ciertos líderes que eran considerados intocables. Ahora es obvio que ya no disfrutan de esa protección. Aunque el régimen no esté dispuesto a ceder, apenas está ganando tiempo.

    A mi modo de ver, un logro importante ha sido el rol de liderazgo desempeñado por los grupos feministas a la hora de pensar el país que queremos, los derechos y prerrogativas que reivindicamos y la forma de gobierno que deseamos. Junto a 40 organizaciones feministas publicamos una lista de demandas. Pensamos juntas y establecimos cómo debe ser una reconstrucción humanitaria desde una perspectiva feminista y estamos utilizando esto como una herramienta de incidencia ante la comunidad internacional. La forma en que estamos interviniendo indica que esta crisis debe manejarse con una visión feminista.

    Además, por primera vez la comunidad LGBTQI+ ha sido parte integral en la configuración del proceso de reforma, el proceso de transición y la configuración del país que queremos, tanto en lo que se refiere a la forma de estado como en lo que concierne a las relaciones humanas. También se ha amplificado la voz de la comunidad migrante. Para mí, estos logros son irreversibles.

    ¿Qué apoyo de la comunidad internacional necesitaría la sociedad civil de Beirut y el Líbano?

    Hay varias cosas que podrían hacer. En primer lugar, necesitamos formas tangibles de solidaridad en el campo de las comunicaciones, para amplificar nuestra voz. En segundo lugar, debemos presionar a la comunidad internacional en nombre del movimiento feminista libanés para que el régimen libanés rinda cuentas por cada centavo que recibe. Para dar un ejemplo: recibimos unos 1.700 kilos de té de Sri Lanka, pero el té ha desaparecido; parece que el presidente lo distribuyó entre los guardias presidenciales. Necesitamos la influencia y la presión de la comunidad internacional para que este régimen rinda cuentas. En tercer lugar, debemos que los principales medios de comunicación internacionales amplifiquen estas voces.

    Quiero enfatizar el hecho de que la ayuda internacional no debe estar exenta de condiciones, ya que el régimen gobernante no opera con transparencia y no rinde cuentas. Por supuesto que no le corresponde a la sociedad civil reconstruir lo dañado o poner en pie la infraestructura. Pero cada centavo que vaya dirigido al régimen para estos menesteres debe entregarse bajo condiciones de transparencia, rendición de cuentas y debida diligencia. Debe empoderarse a la sociedad civil para que desempeñe funciones de control. Esto significa que las OSC deben tener la voz y las herramientas para monitorear. De lo contrario, nada va a cambiar. La ayuda internacional se desvanecerá; sólo ayudará al régimen a prolongar su dominio mientras la ciudad permanece en ruinas.

    El espacio cívico en el Líbano es calificado de “obstruido” por elCIVICUS Monitor.
    Contáctese con el Colectivo de Investigación y Capacitación en Acción para el Desarrollo a través de supágina web, y siga a@LinaAH1 en Twitter.

     

     

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