
Narges Mohammadi, Irán
Mi nombre es Narges Mohammadi y soy una mujer de 51 años que ha dedicado su vida a la defensa de los derechos humanos. Durante muchos años fui subdirectora del Centro de Defensores de los Derechos Humanos (DHRC), trabajando incansablemente para proteger los derechos de las personas en mi país, Irán. A lo largo de este camino he enfrentado innumerables desafíos y sacrificios, pero mi determinación permanece inquebrantable.
En reconocimiento a mi compromiso con los derechos humanos, en 2011 recibí el prestigioso Premio Per Anger del gobierno sueco. Más tarde, en 2018, la Sociedad Estadounidense de Física me otorgó el Premio Andrei Sájarov, un honor que reafirmó mi labor. En 2022, tuve el privilegio de ser incluida en la lista BBC 100 Women, junto a mujeres inspiradoras de todo el mundo.
Sin embargo, mi vida personal ha estado marcada por la lucha y la separación. Mi esposo, Taghi Rahmani, activista político, se vio obligado a exiliarse en Francia tras haber pasado 14 años en prisión. Nuestros hijos gemelos, Kiana y Ali, hoy de 16 años, viven con él allí. Lamentablemente, debido a mi incansable búsqueda de justicia, he sido encarcelada en varias ocasiones a lo largo de las últimas tres décadas, incluyendo un periodo desgarrador en el que pasé cinco años sin poder abrazar a mis propios hijos.
Como muchas otras personas activistas iraníes, he sido detenida repetidamente por ejercer mi derecho a defender los derechos humanos de manera pacífica. En los últimos 13 años he pasado más tiempo en prisión que en libertad. Pero estos sacrificios no han apagado mi espíritu; por el contrario, han fortalecido mi determinación de impulsar un cambio real.
Hoy, en nuestro país ha surgido un movimiento progresista y profundamente igualitario: el movimiento “Mujer, Vida, Libertad”. Es un movimiento cimentado en la lucha por la verdad y la justicia, que recoge las lecciones de nuestra historia. Como sobrevivientes de décadas de violencia, muerte y devastación, debemos exigir con firmeza los derechos humanos y la dignidad para todas las personas, incluso para quienes han cometido atrocidades. Debemos tener el coraje de poner fin a la tortura y a las ejecuciones, asegurando que se haga justicia para todos.
Desde mi celda en la prisión de Evin, soy testigo de la existencia de la tortura y las agresiones. Hablar de esto pone en riesgo mi seguridad, pero me niego a guardar silencio. Las condiciones que enfrento son extremadamente duras: períodos prolongados de confinamiento solitario, tortura psicológica intensa y la negación de medicamentos esenciales, lo cual agrava mis ya delicados problemas de salud.
Irán, tristemente, ocupa el puesto 13 de 100 en cuanto al cierre del espacio cívico, según el Monitor de CIVICUS.
Es uno de los lugares más hostiles del mundo para la libertad de expresión. Y aun así, pese a todos los desafíos, mantengo firme mi compromiso con la defensa de los derechos humanos y la búsqueda de justicia para todas las personas.
A quienes escuchan mi llamado, les ruego que sean mis testigos en esta lucha por la justicia, la libertad y los derechos humanos. Hagamos posible un mundo donde las voces de quienes sufren sean escuchadas y donde ningún niño ni familia tenga que vivir el dolor que nosotros hemos soportado. Solo si permanecemos unidos lograremos el cambio que tanto necesitamos.
