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  • #UN75: ‘La pandemia de COVID-19 demostró que las instituciones multilaterales son esenciales’

    En conmemoración del 75º aniversario de la fundación de las Naciones Unidas (ONU), CIVICUS está teniendo conversaciones con activistas, personas defensoras y profesionales de la sociedad civil acerca de los roles que la ONU ha desempeñado hasta ahora, los éxitos que ha conseguido y los desafíos que enfrenta de cara al futuro. Bajo condición de anonimato, el encargado de incidencia ante la ONU de una organización internacional de la sociedad civil habla de las oportunidades y los desafíos que enfrentan las organizaciones de la sociedad civil (OSC) que se vinculan con diversos órganos de la ONU.

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    ¿Qué diferencia significativa considera que ha hecho la ONU?

    La ONU ha marcado muchas diferencias positivas a lo largo de sus 75 años, y lo sigue haciendo ahora. Desde mi perspectiva, una significativa reafirmación reciente de la importancia de la ONU, que es una especie de reflejo invertido de sus fracasos o deficiencias recientes, es que su Secretario General (SGNU) ha respondido rápidamente a los aspectos de seguridad humana de la pandemia de COVID-19.

    Una de mis críticas de larga data a la ONU ha sido su falta de liderazgo público de alto nivel. Este fue el enfoque adoptado por el actual SGNU, que privilegió la diplomacia entre bambalinas sobre la defensa abierta. No negaré que el SGNU se encuentra en una situación difícil, pero aun así no ha sido lo suficientemente asertivo a la hora de exigir a los principales estados rendición de cuentas por sus violaciones de derechos humanos.

    Creo que la pandemia cambió las cosas de una manera que no habíamos visto en mucho tiempo. El SGNU finalmente hizo lo que por regla general debería haber estado haciendo, es decir, dejó claro que no es cuestión de política o de tener que andar de puntillas para no herir la sensibilidad de ciertos estados miembros: hay que decirle al mundo que la única forma en que venceremos esta crisis es uniéndonos, y que ello requiere de una suspensión inmediata de las hostilidades a nivel mundial. Esto es aspiracional e idealista, pero también es técnicamente correcto.

    Por su parte, la Organización Mundial de la Salud (OMS), pese a sus evidentes desafíos, esencialmente mostró para qué sirve y reveló su relevancia para el público en general. Por supuesto, el Consejo de Seguridad de la ONU (CSNU) defraudó al SGNU como cuerpo político, pero aun así la pandemia demostró que las agencias de la ONU y las instituciones multilaterales en general son esenciales y que las necesitamos tanto en el contexto de una crisis de salud pública como para organizar una respuesta global a cualquier otra crisis global.

    En el largo plazo, el logro evidente de la ONU ha sido construir un sistema multilateral y establecer un marco internacional basado en reglas para los derechos humanos, el desarrollo sostenible y la protección de la población civil. Ese marco ya existe; el desafío es su implementación. Actualmente, no solo no estamos viendo que esa implementación tenga lugar, sino que además en los últimos años hemos venido presenciando una erosión permanente de dichas normas y estándares internacionales. China y Rusia están participando más activamente en conflictos en todo el mundo, en forma ya sea directa o indirecta, y se sienten envalentonados para desguazar a la ONU o reformar sus instituciones para ponerlas al servicio de sus objetivos, mientras que otros estados que tradicionalmente protegían e incluso defendían esas normas ahora están menos dispuestos o menos empoderados para hacerlo. La ONU avanzó mucho durante seis o siete décadas en la construcción de ese marco, pero ahora se encuentra bajo severas presiones.

    ¿De qué modo ha trabajado usted con la ONU y qué desafíos ha enfrentado?

    Nuestro trabajo se centra en proteger a la población civil en conflictos armados, por lo que nuestras relaciones con la ONU se concentran casi en su totalidad en el CSNU y en las agencias de las áreas de seguridad y consolidación de la paz. Tendemos a relacionarnos con el Consejo de Derechos Humanos (CDHNU) y la Asamblea General (AGNU) principalmente cuando identificamos que el CSNU está completamente paralizado, lo cual desafortunadamente ocurre cada vez con mayor frecuencia. Pero en otros puestos que ocupé anteriormente trabajé con un amplio abanico de órganos de la ONU, incluidos el CDHNU, la AGNU y otras agencias que trabajan sobre cambio climático y educación, por lo que estoy al tanto de las oportunidades comparativas disponibles para la participación de la sociedad civil.

    Las formas de participación de la sociedad civil en el CSNU son mucho más informales que las del CDHNU. Y creo que el hecho de que no haya procesos formales para la participación de la sociedad civil tiene bastantes ventajas, porque la ausencia de un proceso formal puede resultar en una participación más efectiva. En el CDHNU, hay un tema de agenda y 500 OSC hacen cola para dar una declaración de dos minutos, que ningún embajador escucha, y terminamos teniendo un proceso de participación artificial que no es demasiado productivo. Muchas OSC no logran identificar al CSNU como una oportunidad; piensan que no es un espacio para ellas. Esto significa que hay menos OSC buscando una vía de entrada, por lo que es un terreno menos concurrido.

    Trabajar en el CSNU requiere de la construcción de relaciones directas con los estados que lo integran. No mantienes un perfil público alto. Estableces relaciones con las misiones y, a través de este proceso, a menudo terminas teniendo una influencia más directa y significativa. Por tanto, la ausencia de un proceso formal a menudo puede resultar en una participación más eficaz de las OSC. Es cierto que también puede ser más difícil, aunque esto depende de la composición del CSNU en lo que respecta a sus miembros electos. Algunos de ellos no tienen una larga historia de trabajo con la sociedad civil, no están muy interesados en escuchar o tienen muy poca capacidad de acción. Pero siempre hay algunos estados que priorizan la participación de la sociedad civil y reconocen que la única forma en que el CSNU puede adquirir legitimidad es reflejando las experiencias y perspectivas de las personas directamente afectadas. Quisiera subrayar que uno de los éxitos del CSNU en los últimos 20 años ha sido abrir un espacio para presentaciones de la sociedad civil, particularmente sobre temas de mujeres, paz y seguridad. La presencia de menos oradores significa que cada uno de ellos tiende a tener más peso: los 15 miembros del CSNU escuchan a una persona, que cuenta con tiempo ilimitado y mantiene el foco en la protección de la población civil o en el tema de que se trate. En términos de participación pública, es un signo de progreso.

    Por supuesto, también está el hecho de que, nos guste o no, tenemos que interactuar con los cinco miembros permanentes del CSNU, porque están allí para quedarse y tienen poder de veto. Y en ese sentido, la situación actual es muy mala. Desde nuestra perspectiva, el actual gobierno de los Estados Unidos no está parado en el lugar correcto y no defiende consistentemente la rendición de cuentas por crímenes de guerra. Francia y el Reino Unido actúan en forma inconsistente según el país de que se trate, y China y Rusia sí tienen posiciones consistentes, pero basadas en razones equivocadas. China se está abriendo a la vinculación internacional con la sociedad civil, lo cual creo que es parte de una estrategia más amplia. Hace cinco o seis años, China no creía que necesitara tratar con la sociedad civil y parecía no reconocer la legitimidad de las OSC internacionales de derechos humanos, pero ahora sus embajadores han comenzado a aceptar reunirse colectivamente con grupos de la sociedad civil. Puede que sea apenas un ejercicio de relaciones públicas o que China haya ganado suficiente confianza como para confrontar directamente con las OSC internacionales. Es un cambio claro en su política exterior. Rusia, hay que reconocerlo, lleva mucho tiempo haciendo eso mismo, y hasta cierto punto reconoce que estas relaciones tienen algún valor, aunque la dinámica pueda ser difícil y contenciosa.

     

    ¿Cómo ha respondido a estos desafíos?

    Con el CSNU la incidencia colectiva suele ser lo que mejor funciona. Cuando la sociedad civil logra formar coaliciones rápidas de organizaciones humanitarias, organizaciones de derechos humanos, socios locales, líderes religiosos y representantes de la juventud y presentar algunas demandas centrales que todos estos grupos compartan, obtiene credibilidad entre los miembros del CSNU y aumenta las probabilidades de que éste actúe con prontitud. Hay alrededor de 30 OSC que trabajan en forma estable con el CSNU. Tienen diferentes prioridades y una variedad de mensajes, por lo que ciertamente también participan individualmente. Pero el mensaje es más poderoso cuando se expresa de manera colectiva. Por ejemplo, si algo sale mal en Yemen y el Reino Unido está a cargo de la preparación del borrador de un documento, tiene mucha más fuerza la demanda de 12 organizaciones que enfocan colectivamente su reclamo frente al Reino Unido en los mismos puntos que las quejas individuales de esas mismas 12 organizaciones por separado.

    ¿Qué cosas actualmente no estarían funcionando y deberían cambiar?

    Lo que debería reformarse a fondo es el veto, que es el núcleo mismo de la ONU y ha sido un problema desde el primer día. En este sentido, el CSNU claramente no es apto para cumplir sus objetivos; su composición y sus equilibrios de poder no reflejan el mundo en que vivimos hoy. No hay ninguna razón para que Francia o el Reino Unido tengan poder de veto, ni para que lo tenga ningún otro estado. El problema inherente de la ONU es que se construyó como parte de un acuerdo por el cual las potencias triunfantes de la Segunda Guerra Mundial tomarían las riendas del poder, y no hay forma de desmantelarlo en ausencia de un acuerdo unánime. En los casos de China, Estados Unidos, Rusia e incluso del Reino Unido, eso no ocurrirá. Francia, hay que reconocerlo, apoya - al menos públicamente – los procesos voluntarios para controlar el uso indebido del veto.

    No quiero parecer demasiado pesimista, y tal vez sonaría diferente si estuviera hablando de otros temas, como los progresos realizados en dirección de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Pero el CSNU encarna la política del poder en su forma más pura y no hay participación ciudadana que pueda cambiar eso. La única forma de eludir el veto sería desmantelar la ONU y comenzar desde cero, a menos que de alguna manera nos encontráramos en un mundo paralelo en el cual estos cinco países fueran dirigidos por líderes ilustrados que se dieran cuenta en simultáneo de que deben renunciar a ese poder por el bien de la humanidad. Pero eso no podría estar más lejos de nuestra realidad actual, en la cual China, Estados Unidos y Rusia abusan del poder de veto y lo usan como arma para desacreditar a la ONU.

    Al margen de este problema insuperable, otras cosas han ido cambiando para bien. Por ejemplo, los temas de cambio climático y seguridad ahora están en la agenda de CSNU. Al tiempo que China, Estados Unidos y Rusia se empeñan en impedir el uso de la expresión “cambio climático”, Alemania, Níger y varios estados más han establecido un grupo de trabajo informal sobre cambio climático, aunque para lograr colocar el tema en la agenda del CSNU debieran designarlo con una expresión alternativa, “degradación ambiental”. Obviamente, esto es algo que debería haber ocurrido hace décadas, pero al menos está sucediendo ahora y se trata de un progreso.

    ¿Qué lecciones para la cooperación internacional se pueden extraer de la pandemia de COVID-19? ¿Qué debería cambiar para que la próxima crisis nos encuentre mejor preparados?

    Durante la pandemia, la sociedad civil apoyó y coordinó el trabajo para que se hiciera un llamamiento sin precedentes a un alto el fuego global. La declaración inicial del SGNU fue muy ambiciosa, al punto de ser poco realista, pero tenía toda la razón tanto en términos de lo que debería suceder en el mundo como en la actitud de asumir el liderazgo sin antes consultar con Donald Trump, Xi Jinping ni nadie más. Fue valiente y correcto. Por un momento, revitalizó el papel del SGNU y de la ONU en su conjunto.

    Si bien la respuesta institucional de la ONU desde la cúspide fue buena, el CSNU fue un fracaso absoluto. China y Estados Unidos tuvieron conductas hostiles e inmaduras en momentos en que el futuro del mundo dependía de la efectividad de la ONU.

    Por otro lado, la AGNU respondió razonablemente bien, tomando la iniciativa a pesar de no poder reunirse físicamente. A principios de abril aprobó una resolución para reivindicar la cooperación internacional y el multilateralismo en la lucha contra el COVID-19. Estratégicamente, México impulsó una resolución para instar a la cooperación internacional a la hora de asegurar el acceso global a medicamentos, vacunas y equipamiento médico para enfrentar el COVID-19, la cual fue adoptada por consenso a fines de abril. Sin embargo, en vistas de los desafíos que experimentó la AGNU, creo que una lección aprendida en materia de procedimientos refiere a la necesidad de que la ONU esté mejor preparada para trabajar en forma virtual en caso de otra crisis.

    La evaluación del desempeño de otras instituciones multilaterales como la OMS cae fuera de mi área de especialización, pero todos hemos leído acusaciones de que en un comienzo no fue lo suficientemente agresiva con China. Esto se encuentra actualmente bajo revisión independiente, lo cual por lo menos sugiere que existen controles y contrapesos básicos.

     

  • UN75: “La sociedad civil debe ser la conciencia de la comunidad global”

    En conmemoración del 75º aniversario de la fundación de las Naciones Unidas (ONU), CIVICUS está teniendo conversaciones con activistas, personas defensoras y profesionales de la sociedad civil acerca de los roles que la ONU ha desempeñado hasta ahora, los éxitos que ha conseguido y los desafíos que enfrenta de cara al futuro. CIVICUS conversa con Keith Best, Director Ejecutivo interino del Movimiento Federalista Mundial-Instituto de Política Global (WFM/IGP), una organización no partidista sin fines de lucro comprometida con la realización de la paz y la justicia globales a través del desarrollo de instituciones democráticas y la aplicación del derecho internacional. Fundado en 1947, WFM/IGP trabaja para proteger a la población civil de las amenazas del genocidio, los crímenes de guerra y los crímenes contra la humanidad; facilitar la transparencia en la gobernanza; a aumentar el acceso a la justicia; y promover la vigencia del estado de derecho.

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    ¿Qué tipo de relación ha mantenido la sociedad civil con la ONU a lo largo de sus 75 años de historia?

    La relación de la sociedad civil con la ONU a lo largo de su historia ha sido principalmente la de un amigo crítico, y así lo refleja la experiencia de WFM/IGP. A menudo, este sentimiento ha sido mutuo. Recuerdo vívidamente que cuando era Secretario General de la ONU (SGNU), en una reunión con organizaciones de la sociedad civil (OSC) Boutros Boutros-Ghali nos pidió que le ayudáramos a lograr que Estados Unidos pagara sus cuotas atrasadas – ¡cosa que hizo en cuanto necesitó apoyo para la Guerra del Golfo! El exdirector ejecutivo de WFM/IGP, Bill Pace, también escribió que “Kofi Annan fue un secretario general muy importante, con quien tuve la suerte de desarrollar una relación tanto profesional como personal. Aunque su legado aún está siendo debatido, creo que tuvo el compromiso de hacer frente a las grandes potencias y plantarse frente a la corrupción de los principios establecidos en la carta”. Fue gracias a Kofi Annan que se adoptó por unanimidad la doctrina de la responsabilidad de proteger.

    ¿De qué maneras el trabajo de la ONU ha marcado una diferencia positiva?

    Hay una tendencia a pensar a la ONU solamente en su rol de mantenimiento de la paz y en sus esfuerzos más visibles para tratar de mantener la paz mundial, descuidando el trabajo, menos celebrado pero a veces más efectivo, que llevan a cabo sus agencias. Mencionaré a solo tres de ellas. A pesar de la reciente controversia en torno del COVID-19, donde los problemas principales parecen haber sido sus limitados poderes y la falta de coordinación, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha logrado un éxito duradero. Fue establecida oficialmente el 7 de abril de 1948 con el fin de “alcanzar para todos los pueblos el grado más alto posible de salud”, entendiendo a la salud no solo como ausencia de enfermedad o dolencia, sino como el bienestar físico, mental y social pleno de cada individuo. Su mayor triunfo fue la erradicación de la viruela en 1977; asimismo, los esfuerzos que ha llevado a cabo a nivel global para poner fin a la poliomielitis se encuentran ahora en sus etapas finales. En los últimos años, la OMS también ha coordinado batallas contra las epidemias virales de Ébola en la República Democrática del Congo y de Zika en Brasil. Será un desastre si Estados Unidos se retira de la organización en vez de ayudarla a implementar un mecanismo de alerta más eficaz y a coordinar la distribución de medicamentos tras una pandemia a la que, seguramente, habrán de seguir otras.

    Otro héroe olvidado es la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, que ha trabajado mucho para mejorar la situación de los pequeños agricultores, la conservación y el mejoramiento de los métodos agrícolas y el conocimiento sobre biotecnologías, entre otras cosas. Además, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, fundado en 1965, promueve la cooperación técnica y de inversión entre naciones y aboga por el cambio, conectando a los países con el conocimiento, la experiencia y los recursos necesarios para ayudar a las personas a construir una vida mejor para sí mismas; y proporciona asesoramiento especializado, capacitación y subvenciones a los países en desarrollo, con un énfasis cada vez mayor en la asistencia a los países menos desarrollados. Algunas de estas agencias han sido criticadas no tanto por el trabajo que realizan sino sobre todo por la conducta y las acciones de algunos de sus funcionarios. La forma en que algunos de ellos son seleccionados es un asunto pendiente para WFM/IGP.

    En gran medida gracias al trabajo de la ONU, se han producido avances importantes como son la Corte Penal Internacional (CPI) y la responsabilidad de proteger. Sobre la base de las recomendaciones de la Comisión de Derecho Internacional y los tribunales de Nuremberg, Tokio, Ruanda y Yugoslavia, la CPI ha consagrado por primera vez en la historia la responsabilidad individual de los jefes de estado y otras personas en posición de autoridad por la comisión de delitos de lesa humanidad, crímenes de guerra y genocidio y, más recientemente, el crimen de agresión. A la luz más calma de la mirada retrospectiva, esto será considerado un desarrollo importante en el concepto de responsabilidad global que, hasta ahora, solamente se atribuía a los estados, no a los individuos. El concepto de responsabilidad de proteger, respaldado abrumadoramente en 2005 en la Cumbre Mundial de la ONU, la mayor reunión de jefes y jefas de estado y de gobierno de la historia, dio la vuelta a siglos de obligaciones del ciudadano hacia el Estado- una obligación no solo de pagar impuestos, sino en última instancia de dar la propia vida – para enfatizar su reverso, la responsabilidad del Estado de proteger a sus ciudadanos. Encierra el potencial de poner fin a 400 años de inviolabilidad del Estado para responder a sus pares, consagrada en el Tratado de Westfalia, en tanto que el concepto de no intervención no ha sobrevivido al siglo pasado.

    ¿Qué cosas no están funcionando actualmente y deberían cambiar, y cómo está trabajando la sociedad civil para que ello ocurra?

    Lo decepcionante, por supuesto, ha sido la incapacidad de la ONU para reformarse a sí misma desde dentro de manera efectiva y, sobre todo por efecto del interés de las principales potencias en mantener el statu quo, el hecho de que se ha vuelto inadecuada para cumplir su propósito en el mundo moderno. El mejor ejemplo de ello es el uso o la amenaza de uso del veto en el Consejo de Seguridad de la ONU (CSNU). El P5, es decir sus cinco miembros permanentes, todavía representan a los vencedores de la Segunda Guerra Mundial, con la salvedad de que en 1971 la República Popular China sustituyó a Taiwán/República de China. Hasta el Brexit, dos escaños eran ocupados por estados parte de la Unión Europea. Ni la democracia más numerosa del mundo, India, ni su tercera economía, Japón, están representadas. En los últimos años, el uso o la amenaza de uso del veto tornaron a la ONU incapaz de prevenir conflictos en una cantidad de situaciones. En un libro reciente, Existing Legal Limits to Security Council Veto Power in the Face of Atrocity Crimes (Límites legales vigentes al poder de veto en el Consejo de Seguridad frente a crímenes atroces), Jennifer Trahan explica que este abuso de poder es, de hecho, contrario al espíritu y a la letra de la Carta de la ONU. Hay una presión cada vez mayor de otros estados para reducir ese abuso, y esperamos que las campañas de la sociedad civil en ese sentido logren que el cambio se materialice.

    Otra cosa que debe cambiar es la forma de nombrar al SGNU, que en el pasado ha sido entre bambalinas y posiblemente no lograra sondear a todos los candidatos adecuados. Pero gracias a la Campaña 1 para 7 mil millones, en la que WFM/IGP participó activamente junto con muchos otros actores, gobiernos incluidos, el proceso de selección del SGNU posiblemente haya cambiado para siempre, ya que el espacio donde ocurría, y que permitía la concreción de acuerdos entre las principales potencias, se desplazó desde el CSNU hacia la Asamblea General de la ONU (AGNU). El actual SGNU, António Guterres, ha elogiado y apoyado con frecuencia el nuevo proceso a través del cual fue seleccionado. Este proceso fue el resultado del trabajo conjunto de numerosas organizaciones lideradas por un comité directivo informal integrado por Avaaz, la Fundación Friedrich Ebert-Nueva York, United Nations Association-UK y WFM/IGP, y tuvo el apoyo de más de 750 OSC, con un alcance estimado en más de 170 millones de personas. Muchas de ellas esperan poder insuflar nueva vida a una campaña para consolidar y mejorar los logros obtenidos hasta ahora. Uno de los aspectos delicados es que la campaña original favorecía un mandato único más prolongado para el SGNU en lugar de dos potenciales mandatos; este objetivo seguirá vigente, y con suerte el actual titular del cargo no lo considerará una amenaza para su propia posición.

    Muchas organizaciones ahora están reclamando una conferencia de revisión en virtud del artículo 109 de la Carta de la ONU, pero debemos tener cuidado con lo que deseamos. En el clima actual, dominado por el nacionalismo y el populismo cortos de miras, bien podríamos terminar con una versión diluida de la Carta actual. Sería mucho mejor alentar un cambio evolutivo e incremental, que probablemente será más duradero.

    ¿Considera que es necesario y posible democratizar a la ONU?

    Efectivamente. Las principales debilidades del sistema de la ONU reclaman no solo la reforma del CSNU para que sus miembros permanentes - y muchos argumentan que no debería haber ninguno, o al menos que no debería incorporarse ninguno nuevo - reflejen con mayor precisión el poder económico y diplomático en el mundo actual, sino también el abordaje de su frecuente falta de transparencia y rendición de cuentas y la ausencia de un elemento democrático; de ahí la campaña 1 para 7 mil millones.

    En el futuro previsible, es probable que la ONU siga basándose en los estados nacionales, cuya igualdad en el seno de la AGNU es una de sus características más entrañables. Sin embargo, hay un reclamo cada vez más fuerte de mayor democracia para realizar el principio de “nosotros, los pueblos de las naciones unidas”, en contraposición con la mera representación de los gobiernos. De ahí el llamamiento al establecimiento de una asamblea parlamentaria de la ONU, quizás creada en virtud del artículo 22, que comenzaría no como un cuerpo legislativo sino como un órgano de monitoreo de la ONU y sus agencias, dado que cualquier atribución de poderes legislativos aseguraría su fracaso porque haría que los estados se opusieran desde el principio. Cuando tantas organizaciones y tratados internacionales incluyen asambleas parlamentarias - con diferentes poderes -, no debería haber ninguna razón, más allá de la mecánica electoral, para que ello no ocurra también a nivel mundial.

    ¿Qué lecciones para la cooperación internacional se pueden extraer de la pandemia de COVID-19? ¿Qué debería cambiar después de esta crisis?

    Sin duda, la pandemia de COVID-19 ha concentrado nuestra atención, pero queda por verse si acaba siendo lo suficientemente cataclísmica como para convertirse en un motor de la clase de cambio que en el pasado fue estimulado por las guerras mundiales. La pandemia ha enfatizado que estamos “todos juntos en esto”, que un cruce animal-humano o el desarrollo de un nuevo virus en una parte remota del planeta pronto puede tener efectos en todas partes y que no habrá frontera que lo detenga. Ha dejado en evidencia que las más afectadas son las sociedades que ya eran más vulnerables, más pobres, peor preparadas y peor equipadas desde el punto de vista sanitario. Resulta revelador que las empresas farmacéuticas estén enseñando ética a los políticos en relación con una distribución equitativa de los medicamentos que asegure que no sea la riqueza lo que determine el acceso. Esta es una lección que tiene una aplicabilidad más amplia. Ha resaltado la necesidad de decisiones globales ejecutables en interés de la humanidad en su conjunto. Se trata, nuevamente, de un mensaje con una relevancia más amplia en el contexto del cambio climático y ambiental.

    Gran parte del idealismo de los años sesenta y setenta, que fueron tiempos emocionantes para quienes los vivimos, se ha traducido en el realismo de la era actual. No hay nada de malo en ello, ya que estas cuestiones deben resistir el escrutinio severo. La tecnología ha puesto de manifiesto el hecho de que las guerras ahora se libran contra civiles y no contra soldados uniformados y que los ataques cibernéticos a los suministros de energía y agua tienen más probabilidades de incapacitar al enemigo que los armamentos, que ahora son tan caros que enfrentan limitaciones de sostenibilidad y solo son útiles para los estados que pueden permitírselos. El mundo se ha hecho más pequeño, al punto en que es más probable que sepamos lo que está sucediendo en el otro extremo del mundo que en la casa de nuestro vecino. A través de los medios digitales, las voces de la gente están cada vez más presentes y están mejor articuladas; la gente quiere que se escuche su voz. La tecnología satelital permite no solo la extracción precisa de individuos, sino también la observación de acciones hasta el nivel más elemental: ya no hay donde esconderse. Si se usa de manera responsable para fomentar la justicia internacional en función de normas universalmente aceptadas, esta tecnología moderna puede ser una fuerza para el bien, pero si se usa incorrectamente, también puede conducirnos a la destrucción.

    El desafío del multilateralismo en la actualidad es difundir estos mensajes de interdependencia y dejar en claro que, cada vez más, para lograr sus fines y las aspiraciones de sus ciudadanos, los estados deben trabajar juntos, en sociedad y a partir del entendimiento mutuo. Por sí misma, esta comprensión conducirá inevitablemente a la necesidad de mecanismos que puedan ser implementados para gestionar nuestro clima y nuestro comportamiento, sabiendo que la acción de cada cual provocará en otros lugares una reacción que probablemente nos afectará. Ya sea que se trate de la destrucción de la selva amazónica o del empobrecimiento de un pueblo a través de la rapiña y el autoritarismo, el resto de la humanidad resultará afectado. La pobreza destruye los mercados para las naciones industrializadas, lo cual luego produce inestabilidad, la cual a su vez resulta en un mayor gasto en prevención o resolución de conflictos. La respuesta a los flujos migratorios no es el cerco y el fortalecimiento de las fronteras, sino el abordaje de las causas últimas de la migración.

    Vivimos en la época más veloz de la historia, donde certezas aún recientes son cuestionadas y dejadas de lado. Eso es disruptivo, pero también puede abrirnos a nuevas oportunidades y formas de hacer las cosas. En semejante clima político, es más importante que nunca la capacidad de WFM/IGP y de la sociedad civil para ser la conciencia de la comunidad global y apuntar a una mejor forma de gobernanza, que sea federalista y permita que se escuche la voz de la gente.

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